Periodismo narrativo

Entradas etiquetadas como “terremoto

Así se sobrevive en el paisito

Aún no ha salido el sol en Managua, pero la pequeña Marcela ya está despierta. Los zancudos, esos grandes mosquitos de piernas largas, son implacables a esas horas. Ella ya está acostumbrada a zumbidos y picaduras, le preocupan más los ‘señores malos’. Se quita la modorra y desciende de la hamaca donde ha dormido, a plena intemperie. No ha podido pasar la noche en ninguna casa. No tiene casa.

Con suerte, la cuida algún mayor, su madre o abuela. La obligan a trabajar en el semáforo porque de otra forma no tendrían cómo comer. La mañana es fresca, pero sabe que conforme el sol ascienda el día se hará más caluroso. No es lo más agradable trabajar en esas condiciones pero, ‘ideay’, qué más puede hacer. Caería bien un caldito, pero hoy no hay desayuno. Habrá que trabajar para que mañana lo haya. Podría alistarse para ir a la escuela, pero no lo hace. No va a la escuela.

La mañana avanza y los carritos de los señores con reales, sus clientes, comienzan a poblar la carretera. Las niñas afortunadas que trabajan en la calle tienen pinturas para maquillarse la cara como la gente del circo. A ella se le gastaron, pero a veces le prestan. Tampoco tiene bolas para hacer malabares, tan sólo le quedan sus manos para pedir ‘un cordobita’.

-“¿Me da un cordobita señor?” será su trabajo durante toda la mañana.

Otros niños que piden en la calle esnifan pegamento. Ella todavía no lo ha probado, pero comienza a llamarle la atención. Si tiene suerte, sus mayores le disuadirán de ello. Si está sola, seguramente acabará cayendo. Puede que sean ‘tamales’, pero se pueden ayudar entre ellos.

En la otra punta de la ciudad, en la zona noble, despierta Fabián. Las sábanas se le han pegado más de lo normal, pero llegará a tiempo al trabajo. Hace un fugaz paso por la ducha y se embadurna de un perfume que le ha costado más de lo normal. No se lo rebajaron, pero tenía para comprarlo. Se mira al espejo y comprueba con cierto espanto que las entradas de su cabello no dejan de crecer. ‘Ideay’, es lo que tiene la edad.

El perfume no es regalado, pero la televisión que observa antes de bajar a apresurado hacia el garaje sí le salió gratis. Es el premio por mantener ciertas amistades. La camioneta en la que se sube la compró, pero no pagó impuestos. Eso sí, por muchos caballos que tenga, su percepción inicial cambia: va a ser dificil llegar a la hora. La carretera está atestada de vehículos, dicen que se ha roto una tubería.

En uno de los semáforos, una niña que no tiene la cara pintada llama a su ventana, pero decide no bajarla. No es que no quiera darle el ‘cordobita’ que sabe que le va a pedir, pero se va a escapar el fresco del aire acondicionado y, además, el semáforo ya se ha puesto en verde.

Ya en la alcaldía, ministerio o institución le esperan una montaña de papeles y tres reuniones. Una dura agenda del día. Eventualmente un cliente entrará en su despacho.

-“Ya sabés primo, esos papeles los tenés que meter en la caja B, descuida, vamos a iguales”, le dirá.

Sabe que es corrupto, sabe que es ilegal, le tiembla el pulso, pero en el futuro se calmará: “Así se sobrevive en el paisito”, piensa.

Es cierto, el paisito ha sufrido mucho. Desastres naturales y varios conflictos armados. Lo que no pasa por su cabeza es que la corrupción mata más que una guerra o un terremoto. Eso sí, es más elegante y menos escandalosa. No deja heridos de bala ni sepultados bajo escombros pero las tumbas son las mismas.

A los pobres se les caen los dientes por falta de uso mientras los corruptos utilizan sus colmillos para despedazar la caja pública. La pequeña Marcela volverá a dormir en su hamaquita esperando que no aparezcan los hombres malos mientras que Fabían lo hará, si la conciencia se lo permite, en la cama de su casa al otro lado de la capital, a mil kilómetros de distancia social.

Publicado en Elmundo.es

Anuncios

Managua zona cero

Por cielo y tierra, Managua es una de las capitales latinoamericanas más amenazadas por desastres naturales. Terremotos, huracanes, deslizamientos, volcanes… apenas hay fenómeno que no intimide a su millón largo de habitantes. La respuesta de sus distintas administraciones ha sido cuanto menos discutible. ¿Tiene sentido convertir la capital en el centro económico y social del país cuando la mayoría de sus habitantes están convencidos de que será destruida a medio plazo?

Este es un debate que se ha dado antes. La urbe ha sido devastada y reconstruida en tres ocasiones: tras una gran avalancha en el Siglo XIX y después de los terremotos de 1931 y 1972. En todas ellas se discutió cambiarla de sitio; nunca se tomó la decisión. Por el contrario, son aún mayoría los edificios que no aguantarían un terremoto. Todavía hoy se construyen de manera discrecional.  Algunos de ellos están a orillas del lago Xolotlán, con el consiguiente peligro de inundación.

El mayor riesgo se encuentra en el subsuelo. Managua está situada sobre 30 fallas geológicas en movimiento desde hace 50.000 años. Los devastadores terremotos que ha sufrido no fueron en realidad tan grandes: 5.8 grados Richter en el 31 y 6.2 en el 72. Sin embargo, la superficialidad de los mismos unida a la deficiente cimentación provocó la ruina total de la ciudad. Tras el desastre se intentaron imponer unas reglas de obra básicas. La verdad es que pocos las cumplen.

Un silencio sísmico preocupa ahora a los científicos: hace varios años que Managua no registra temblores regulares. Según los expertos podría estar produciéndose un acumulamiento de energía preludio de un evento mucho mayor. El llamado es a la calma, pero se repiten constantemente las normas básicas de actuación en caso de gran terremoto.

El peligro en Managua no sólo emana del suelo: también cae del cielo.Las lluvias son otro de sus grandes problemas. Hasta 4.000 personas perdieron sus hogares el pasado invierno por la crecida del lago Xolotlán. Se hundieron barrios enteros, como los populosos Manchester y Las Torres.

Las aguas del lago también tienen historia. Uno de los episodios más surrealistas fue la construcción del puerto Salvador Allende en 2007, a plena orilla. El proyecto fue encargado a dos arquitectos cubanos con más de 40 años de experiencia. Desde luego, no previeron bien una posible crecida.

Las consecuencias sólo tardaron doce meses en llegar: gran parte del lugar se hundió bajo el lago tras las lluvias de 2008. Es fácil observar el punto donde la carretera se hunde en lo profundo de las contaminadas aguas del Xolotlán. Ni siquiera el precedente de 1999, cuando tras el huracán Mitch el lago llegó hasta el teatro Ruben Darío, influyó en el diseño.

La presente época lluviosa preocupa también a los expertos. Sólo con que se dé una temporada normal las aguas podrían alcanzar niveles históricos, tras las espectaculares lluvias de 2010. Una catástrofe para los barrios que se asientan a sus orillas. Aunque la zona está calificada como no habitable, son miles quienes deciden construir allí. Por el camino desoyen todo consejo. Nadie se lo impide. En algún sitio tienen que vivir.

Puerto Salvador Allende tras las lluvias de 2008 (Particular)

Las aguas del Xolotlán no son, además, lo único que agitan las lluvias del invierno. También afectan a las laderas de la ciudad creando peligro de aluvión. En 1876 se dio uno catastrófico: gran parte de la capital fue sepultada bajo escombros. La avalancha es hoy en día un peligro real y los expertos no se cansan de recordarselo a las constructoras. Prácticas azarosas como la deforestación de las colinas y la deficiente edificación podrían estar poniendo en riesgo cientos de vidas.

Otras teorías pueden parecer de ciencia ficción, pero no escapan al rigor científico. El subsuelo de Managua, cargado de lava, podría generar un volcán a medio plazo. ¿De verdad podría ocurrir? La misma historia de Nicaragua dice que sí. A pocos kilómetros de la capital se alza el volcán Cerro Negro, de sólo 150 años de edad. Nació de la nada un 13 de abril de 1850. El precedente indica que, por surrealista que parezca, no puede descartarse la posibilidad.

Distintas afecciones son, sin embargo, más mundanas: la preparación de la ciudad, aunque ha avanzado mucho, dista de ser la ideal para afrontar las condiciones del lugar. Los edificios no están dispuestos contra los terremotos, ni las calles contra las lluvias. Caen cuatro gotas y las zonas populares se convierten en un lodazal.

Las avenidas principales son a menudo seguras, pero los pasos secundarios se anegan en un santiamén. El pavimento de adoquines se levanta. El de alquitrán se hunde. Los autos conducen en un rally continuo. Serpentean por carreteras completamente rectas. Será por estos contínuos estragos que la ciudad parece en permanente reconstrucción.  El eterno pretexto del presupuesto no permite realizar obras más duraderas. La historia de Managua es, así, una de continua superación.

Publicado en Elmundo.es