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Historias de La Carpio

En San José hay una isla que se llama La Carpio.  Al recóndito barrio sólo se puede entrar mediante una angosta carretera de dos carriles. Cuando se toma la pista, pronto desaparece toda construcción. Se conduce por la cresta de una verde colina, cuyas pendientes descienden hacia lo que parece un riachuelo. Una caravana de autobuses recorre a diario el camino. Pasan uno detrás del otro, como si de una extraña romería se tratase. Unos minutos más tarde se comienza a sentir un peculiar resplandor: al frente, una marabunta de tejados de zinc, raídos por la humedad, enseñan su cara al sol. Anuncian que hemos llegado a destino.

San José, la capital de Costa Rica, quedó atrás. Casi se podría decir que también lo hizo el país. En tan sólo diez minutos el paisaje ha cambiado de forma radical,  evocando el cruce de alguna suerte de frontera invisible. Nada más rejos de la realidad. La asombrosa aglomeración de tejados de lata, en profundo contraste con los edificios del centro,  es parte del término municipal de San José. Los turistas no saben que está ahí. Muchos ticos tampoco. Es la puerta de atrás, el vertedero de un país que se considera exitoso. No lo es para todos. Miles de nicaragüenses tienen allí su residencia. Llegaron buscando un salario mejor, pero muchos no encontraron más que miserias en un país que no es el suyo, atrincherados contra el temido fantasma de la xenofobia.

La primera impresión que uno tiene cuando pone el pie en el barrio es haber vuelto a Nicaragua:

Las fritangas, furtivas en el centro de la ciudad, salen a la calle en La Carpio.

Cualquier lugar improvisado se convierte en pulpería.

El nacatamal pinolero se anuncia en las fachadas.

Un olor a carne asada llega de la vuelta de una esquina.

La piel de la gente es más oscura.

Su acento es diferente.

También sus expresiones.

La Managua chiquita es un calco de la verdadera.

El barrio fue creado en 1993 por tomatierras costarricenses llegados de zonas humildes del país. La finca donde se ubica pertenecía a la Caja Costarricense de Seguro Social. Se estima que su población supera las 25.000 personas, en su mayoría nicaragüenses y costarricenses. Ha incrementado su extensión hasta ocupar más de 23 kilómetros cuadrados, convirtiéndose en una de las comunidades más grandes de San José.

Desde sus inicios se le tiene por la zona más peligrosa de la capital. Existen varios grupos de crimen organizado, en forma de pandillas, dedicados a pequeños hurtos o menudeo de droga. Sus habitantes luchan, sin embargo, por un reconocimiento que vaya más allá del de barrio peligroso. Aunque admiten que lo es: “Lo normal es que se produzca un tiroteo a la semana“, dice Georgina, una empleada de la Iglesia Luterana que colabora en varios proyectos del barrio. Una rápida pasada con la cámara de fotos basta para darse cuenta de que hay gente en La Carpio que no quiere ser fotografiada.

Lucha contra la xenofobia

En La Carpio no hay nicaragüenses. Esa es la conclusión que podría alcanzar un voluntario extranjero preguntando a cada uno de sus habitantes. Los migrantes se niegan a decir de dónde proceden: ser pinolero es un estigma para muchos de ellos. Son las heridas sin cicatrizar de varias décadas de xenofobia. Una irracional, entre hermanos. El eterno miedo a la pobreza.

– Hola, ¿Cómo va la mañana? – pregunto a dos muchachas afanadas en subir los escalones que ascienden desde la parte baja del barrio.

– Dando un paseo, ¿Y vos?

– Lo mismo. Llegué hace poco, vengo de Managua. Me han dicho que aquí hay muchos nicas

– Sí, hay muchos.

– ¿Vosotras, por ejemplo?

– No, nosotros somos ticas

– Mucho gusto, entonces

Me dispongo a bajar por donde ellas subían, cuando me advierten:

– Tenga cuidado ahí abajo, pues, ahí hay muchos tamales (ladrones)

– Pero niñas… tamales y pues no es que sean dos expresiones muy ticas…

Las sonrisas que se dibujan en sus caras me da a entender que he dado en el blanco. Por vergüenza, miedo, o vete a saber qué otro motivo, habían querido ocultar su verdadera nacionalidad. Este es sólo un ejemplo, muy ilustrador, eso sí, del estigma que para muchos significa ser nica en Costa Rica. No les culpo. Georgina me cuenta que  el simple hecho de decir “pues” como coletilla al final de las frases puede ser motivo de insulto. “Bruto, aprende a hablar, te pueden decir“. Muchos ni siquiera conversan en el autobús u otros lugares públicos por miedo a ser insultados. “Unos compañeros de la universidad me escupieron por el simple hecho de ser nica”, confiesa la voluntaria luterana.

Un grupo de niños juega al fútbol en uno de los pocos espacios recreativos del complejo. Con cuidado de no tirar muy fuerte, o la pelota puede irse ladera abajo. Los pequeños, sin superar los 10 años, tienen la misma opinion: “es que los ticos son especiales“, dice uno de los pequeños. “Negro, bruto -tonto-, o mono” son algunos de los insultos más corrientes, asegura Georgina.

En el punto de mira

El barrio todavía no ha podido olvidar aquél mayo de 2004, cuando se produjo la gran redada que cambió su historia. Nunca antes se había montado un dispositivo de tal calibre. Decenas de personas fueron arrestadas, algunas sin motivo. Muchas fueron encañonadas. La policía penetró en las casas llevándoselo todo por delante. Los vecinos lo suelen recordar con un simple y directo adjetivo: humillante.

No fue el último: en junio de este año se repitió un operativo similar, con la excusa de detener la actuación de las pandillas. Acabó con 26 detenidos, cinco de ellos nicaragüenses. Fueron acusados de delitos de hurto, tentativas de homicidio, amenazas e incluso abusos sexuales. En el barrio que construyó una escuela con sus propias manos y unas cuantas láminas de zinc, la delincuencia ha acabado por campar a sus anchas. Aunque la mayoría de vecinos la rechaza, y le quita hierro, lo cierto es que La Carpio no es un lugar modelo en cuestiones de seguridad. Más cuando algunos de sus policías aceptan sobornos, como aseguran muchos de los moradores.

“A pesar de la delincuencia, tenemos que respetarnos como somos, no importa si somos negros, blancos o chinos” dice una vecina. La Carpio es, quizás, el lugar de Costa Rica donde menos se siente la xenofobia entre ambos países: “Aquí las chorreadas las acompañamos con cuajada, nuestro pan con agua dulce…” dice un tendero. Toda una paradoja en un barrio que ha aprendido de sí mismo para superar las adversidades que se le han ido presentando. Un ejemplo más de que La Carpio es una isla, no sólo de San José, sino de toda Costa Rica.

(Fotografías: Héctor Estepa)


Así se sobrevive en el paisito

Aún no ha salido el sol en Managua, pero la pequeña Marcela ya está despierta. Los zancudos, esos grandes mosquitos de piernas largas, son implacables a esas horas. Ella ya está acostumbrada a zumbidos y picaduras, le preocupan más los ‘señores malos’. Se quita la modorra y desciende de la hamaca donde ha dormido, a plena intemperie. No ha podido pasar la noche en ninguna casa. No tiene casa.

Con suerte, la cuida algún mayor, su madre o abuela. La obligan a trabajar en el semáforo porque de otra forma no tendrían cómo comer. La mañana es fresca, pero sabe que conforme el sol ascienda el día se hará más caluroso. No es lo más agradable trabajar en esas condiciones pero, ‘ideay’, qué más puede hacer. Caería bien un caldito, pero hoy no hay desayuno. Habrá que trabajar para que mañana lo haya. Podría alistarse para ir a la escuela, pero no lo hace. No va a la escuela.

La mañana avanza y los carritos de los señores con reales, sus clientes, comienzan a poblar la carretera. Las niñas afortunadas que trabajan en la calle tienen pinturas para maquillarse la cara como la gente del circo. A ella se le gastaron, pero a veces le prestan. Tampoco tiene bolas para hacer malabares, tan sólo le quedan sus manos para pedir ‘un cordobita’.

-“¿Me da un cordobita señor?” será su trabajo durante toda la mañana.

Otros niños que piden en la calle esnifan pegamento. Ella todavía no lo ha probado, pero comienza a llamarle la atención. Si tiene suerte, sus mayores le disuadirán de ello. Si está sola, seguramente acabará cayendo. Puede que sean ‘tamales’, pero se pueden ayudar entre ellos.

En la otra punta de la ciudad, en la zona noble, despierta Fabián. Las sábanas se le han pegado más de lo normal, pero llegará a tiempo al trabajo. Hace un fugaz paso por la ducha y se embadurna de un perfume que le ha costado más de lo normal. No se lo rebajaron, pero tenía para comprarlo. Se mira al espejo y comprueba con cierto espanto que las entradas de su cabello no dejan de crecer. ‘Ideay’, es lo que tiene la edad.

El perfume no es regalado, pero la televisión que observa antes de bajar a apresurado hacia el garaje sí le salió gratis. Es el premio por mantener ciertas amistades. La camioneta en la que se sube la compró, pero no pagó impuestos. Eso sí, por muchos caballos que tenga, su percepción inicial cambia: va a ser dificil llegar a la hora. La carretera está atestada de vehículos, dicen que se ha roto una tubería.

En uno de los semáforos, una niña que no tiene la cara pintada llama a su ventana, pero decide no bajarla. No es que no quiera darle el ‘cordobita’ que sabe que le va a pedir, pero se va a escapar el fresco del aire acondicionado y, además, el semáforo ya se ha puesto en verde.

Ya en la alcaldía, ministerio o institución le esperan una montaña de papeles y tres reuniones. Una dura agenda del día. Eventualmente un cliente entrará en su despacho.

-“Ya sabés primo, esos papeles los tenés que meter en la caja B, descuida, vamos a iguales”, le dirá.

Sabe que es corrupto, sabe que es ilegal, le tiembla el pulso, pero en el futuro se calmará: “Así se sobrevive en el paisito”, piensa.

Es cierto, el paisito ha sufrido mucho. Desastres naturales y varios conflictos armados. Lo que no pasa por su cabeza es que la corrupción mata más que una guerra o un terremoto. Eso sí, es más elegante y menos escandalosa. No deja heridos de bala ni sepultados bajo escombros pero las tumbas son las mismas.

A los pobres se les caen los dientes por falta de uso mientras los corruptos utilizan sus colmillos para despedazar la caja pública. La pequeña Marcela volverá a dormir en su hamaquita esperando que no aparezcan los hombres malos mientras que Fabían lo hará, si la conciencia se lo permite, en la cama de su casa al otro lado de la capital, a mil kilómetros de distancia social.

Publicado en Elmundo.es