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Managua en taxi: confidencias nocturnas sobre cuatro ruedas

Transporte

– Fíjese que yo no entiendo por qué unos tienen tanto, y otros tan poco…

Así comenzó, al menos para mí, una apasionante conversación entre un taxista y una señora anónima. Uno de esos momentos mágicos de Nicaragua, en los que uno aprende tanto de la gente más humilde.

Fue un miércoles de octubre. Me disponía a ir a pasar un rato en la casa del ‘obrero de la tecla’, mi compadre el periodista Sergio Cruz. Habíamos quedado en una gasolinera del Siete Sur, así que necesitaba encontrar un taxi. Me subí al primero que pasó, como casi siempre, desatendiendo una vez más las advertencias habituales de mis amigos, preocupados por mi seguridad.

No recuerdo la marca del automóvil, pero sí que estaba bien cuidado por dentro. No había piezas sueltas, habituales en los taxis nicaragüenses, y ni rastro de polvo. La puerta se abría y se cerraba suavemente. Desde dentro y desde fuera. Ni la del Mercedes de un banquero encajaría mejor. Todo un lujo. El ‘carro’ de una persona cuidadosa, sin duda alguna.

Al volante comandaba un hombre cuya edad calculé rondando los 55. Calvo y enjuto, con la mirada puesta en el parabrisas y una camiseta a rayas de tonos marrones apagados. A su lado, una señora de unos 40, de ojos bondadosos y un largo y bien peinado cabello rojo que caía sobre su cuerpo fornido. Detrás me acompañaba un chaval universitario. El automóvil se puso en marcha con un solo rugido, seco y poderoso, diferente al usual lamento ahogado y el sonido de lata vacía de los taxis capitalinos.

– Fíjese que nosotros hacemos sopa ahí en la casa – dijo la ‘doña’- y nos suelen sobrar tres o cuatro tacitas. Las dejamos para el día siguiente, y así nos ahorramos lo que podemos.

No fui capaz de discernir por qué había comenzado la conversación, pero aún así seguí escuchando.

– Un cliente me preguntó un día lo que pensaba del gobierno -se animó el taxista- Yo le dije que si quería mi opinión, ahí se la iba a dar. Le dije que a mí sólo me parecería bien un gobierno cuando acabaran con la pobreza en Nicaragua ¿Hay pobreza en Nicaragua? Pregunté yo. Cuando se bajó me dijo que ya no quería hablar más conmigo, que le iba a cruzar sus ideales.

– Así es. Hágase usted CPC, quizá así complemente algo -se atrevió la señora, sugiriendo que a lo mejor cerca del poder quizá conseguíría algún beneficio.

– Yo ya le dí a esta revolución todo lo que tenía que darle -respondió el taxista.

Su tono era un cóctel de seguridad, orgullo, resentimiento y resignación. Por su edad, bien podía haber participado de alguna manera en la Revolución Sandinista o en la posterior guerra frente a los Contrarrevolucionarios. Del lado sandinista, eso quedó meridianamente claro. La conversación versó durante unos minutos sobre los donativos que realiza el gobierno de Daniel Ortega a la población. De improvisto, como suele suceder en Nicaragua, se dio la siguiente revelación:

Fíjese que yo me libré de la guardia (el ejército del dictador Somoza) porque mi madre era panadera y le vendía el pan a uno de ellos. Yo vivía ahí, a tres cuadras -dijo, señalando los semáforos de El Zulmen- y un día vinieron a mi casa a por mi. El guardia le preguntó a mi mama de qué la conocía a ella. Ella le dijo que era panadera, y se fueron. Quizá la reconoció y por eso me libré. A pesar de todo nunca le he agarrado nada a este gobierno, ni una lámina de zinc, ni nada.

– Ajá-Respondió la señora, absorta ya en sus pensamientos, quién sabe si con las palabras del taxista en su cabeza.

Yo ahora no tengo nada. Ni casa tengo. Estuve ocho años fuera del país y se la ocuparon. Reclamé y llegué hasta el proceso de desalojo, pero al final no se hizo. Ando viviendo en un cuartito -se quejó el taxista.

Poco después se bajó la señora. Ya sólo quedaba yo en el taxi. No dije nada, pensando en lo que acababa de oír. Poco sé de ese hombre, ni de los avatares que haya podido tener su vida. Sí tengo medio claro algo: era pobre en los 70 y lo sigue siendo después de una revolución, en la que probablemente participó, una guerra de diez años, tres lustros de gobierno liberal, y casi dos mandatos más del Frente Sandinista.

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Aguas turbulentas corren en los confines

“Las fonteras son una tontería, las ha inventado el hombre para romper la naturaleza” me dijo el señor Johnson en su español criollo mirándome fíjamente a los ojos. En su pequeña casa azul se preparaban para pasar una tranquila noche caribeña cuando llegué a deshoras preguntando qué había de cena. Estaba en San Juan del Norte, Nicaragua, pero en su televisión,  como en el resto de las del pueblo, se emitía el noticiero de Costa Rica. La explicación a tan extraño suceso es sencilla: San Juan del Norte se encuentra a pocos kilómetros del pueblo costarricense más cercano y a centenares del nicaragüense más próximo.

Situado en la desembocadura del Río San Juan en el Caribe, en plena Reserva Natural Indio Maíz, a tan singular lugar sólo se puede llegar en las pequeñas embarcaciones a motor, llamadas pangas, que zarpan dos veces a la semana desde San Carlos, al inicio del Río, en un trayecto de 14 horas, o en otra larga travesía a través del mar.

Hasta no hace mucho, las relaciones diplomáticas con Costa Rica estaban tan normalizadas que el señor Johnson y su familia iban al médico e incluso al mercado al otro lado del Río. Sus hijos acudían a la escuela local. Con el comienzo de las hostilidades entre Nicaragua y el país vecino, la situación cambió: ya no habría más relación con el otro lado, salvo en ocasiones de urgencia. El viejo criollo, más negro que el tizón, de mirada y hablar animosos a pesar de su edad, lamentaba que sus hijos no vayan a tener las mismas oportunidades:

Yo sólo quiero que mis hijos vivan en paz y no estén separados por fronteras -comenzó a relatar cuando la complicidad le arrebató la timidez- Tengo familia en Costa Rica, un hijo estudiando allí, y ahora no puedo ir a verle cuando desee a pesar de tener la doble nacionalidad porque el transporte es más complicado.

En San Juan del Norte casi todo el mundo tiene la doble nacionalidad. Es más, la mayoría de familias decidieron tener sus hijos en la otra orilla, donde, además de mejores condiciones sanitarias existe el derecho de reclamar un pasaporte costarricense, muy preciado entre los ‘nicas’ por tratarse de un país con mayor poder económico. Ahora, las relaciones están rotas.

En la pequeña San Juan del Norte, donde el salitre y la humedad del cercano caribe penetran hasta las entrañas de los hombres y los mosquitos atacan en hordas incontrolables a quien se aventure a transitar las zonas menos concurridas, han construido una escuela para que los niños tengan donde estudiar porque ya no pueden cruzar el río. También un centro de salud propio.

Lo cierto es que, navegando por el Río San Juan, es difícil no compartir sensaciones con el señor Johnson. En este caso, la frontera entre Nicaragua y Costa Rica ha roto la armonía natural de la naturaleza y ha sido la causante de decenas de diferendos entre ambos países.

La última polémica surgida en octubre de 2010 se encuentra en su punto álgido: Costa Rica está finalizando la construcción de una carretera en la linde sur del Río provocando las protestas nicaragüenses por vertido de sedimentos en el cauce, perteneciente a su jurisdicción, así como la linde norte. El gobierno de Daniel Ortega ha reaccionado anunciando el retorno de los centenarios planes para construir un canal interoceánico usando el San Juan, respondido con iras desde el otro lado.

Sea como sea, en el pueblo del viejo cementerio inglés y la solitaria playa caribeña esperan ansiosos la finalización del diferendo. También el señor Johnson:

-“Mucho hablan y al final es siempre lo mismo” – me dijo el señor Johnson alzando la mirada.

El sonido del papel de aluminio decía que mi cena estaba casi lista: un sandwich de jamón york con algo de ensalada. Podía pagar, como no, con colones costarricenses o córdobas nicaragüenses. Al final fueron córdobas: 40, poco más de un euro en España, pero suficiente para tener un plato con arroz, frijoles y pollo en otras ciudades de Nicaragua. La escasez de suministros hace que cualquier cosa que no sea pescado  sea mucho más cara en San Juan del Norte que en el resto del país.


Historias pinoleras: la casa de Doña Vicky

Tenía mirada de sabia. Podría responder cualquier pregunta sobre el campo antes de haber finalizado siquiera la pregunta. Sus ojos negros, pequeñitos, se asomaban entre arrugas detrás de unos anteojos regulados para ver tanto de cerca como de lejos. Con una cuerdecita blanca impedía que se le fueran al suelo en un momento de despiste. Hablaba lento,  pero sin seleccionar las palabras. Simplemente no hallaba razón para hablar rápido, esa mala costumbre de la gente de ciudad.

Doña Vicky tenía la piel cuarteada producto de tantos años viviendo bajo el inclemente sol del Trópico. Ese sol de miserias pero también de optimismo y lucha. Su tez era tostada, pero no tanto como la de su marido, José. A él le recuerdo todavía fuerte para sus sesenta años, sentado sobre una mecedora, viendo televisión o simplemente pensando, en camisa interior blanca y cortos vaqueros. Ambos amables y cariñosos como sólo la gente de pueblo lo es.

Viven en una pequeña casa de madera con cuatro muebles. Aún así, más grande que la de varios vecinos. Ellos al menos tienen tres estancias, baño y una pequeña cocina. En El Castillo, no todos pueden decir lo mismo.

Llegué a esta localidad nicaragüense de la única forma posible: en panga. Esa suerte de navío bimotor, donde apenas caben 30 personas apretadas, es el único medio de transporte que llega al pueblo, profundo en el Río San Juan, inhóspita y disputada frontera entre Nicaragua y Costa Rica. El Castillo es la última localidad nicaragüense en la linde sur del río. Pocos kilómetros pasado este emplazamiento de casas de madera esa orilla pasa a formar parte de Costa Rica.

Allí no hay automóviles y el único ruido molesto para los pájaros es el de los grandes altavoces de algunos vecinos. Pero ¿Qué es un nicaragüense sin música? Vayas donde vayas, los acordes de la salsa, bachata, reguetón o la electrónica lo impregnan todo, incluso en los lugares más recónditos: la vida es más divertida con música.

Un amigo me había dado el contacto de Doña Vicky para pasar la noche en El Castillo. Como habíamos acordado por teléfono, me estaba esperando a las puertas de la fortaleza de la Inmaculada Concepción, la construcción española tricentenaria razón del nombre del poblado. Allí estaba, con su sonrisa de oreja a oreja, esperando mi llegada.

Enseguida me llevó a su casa. La madera tronaba a cada paso de mis pies. Me pareció que me había dado la mejor estancia de todo el lugar, no sólo por su situación, junto al salón, sino por la cama doble allí dispuesta. Me negué, pero con el dedo en sus labios en señal de silencio me hizo desistir. Es inútil discutir cuestiones de hospitalidad con alguien como Doña Vicky. Allí me dejó, arreglando mis cosas, mientras ella iba a la Iglesia, como todos los días.

La cena transcurrió entre charlas sobre nicaragua y España, como suele ocurrir con el extranjero. Otras dos chicas, biólogas pinoleras, se alojaban allí aquel día. Doña Vicky pasó toda la velada con nosotros, con los ojos bien abiertos escuchando historias de la ciudad y otros países. Don José, en su mecedora, seguía absorto en sus pensamientos mientras veía la televisión. De vez en cuando se introducía en la conversación. Es muy difícil prestar atención a uno mismo, a la televisión y a los demás a la vez, pero él estaba muy entrenado en la materia.

La mañana siguiente, tras despedirme de Doña Vicky, me disponía a ir al muelle, cuando ella me llamó. Estaba preparándome un desayuno humilde, tortillas con queso, pero suficiente para demostrar de nuevo una máxima universal: los que menos tienen son los que más dan. Pero también los que menos tienen son los más obligados a dar para los poderosos en este mezquino y desigual mundo donde vivimos.


A las tres en las Victorias

Miraba entre la multitud cuando me crucé con el cincuentenario rostro de Manuel Matus. Él también tenía sus oscuros y atentos ojos puestos sobre mí. Era alto, robusto y destacaba por su edad entre los miles de jóvenes congregados en la Plaza de las Victorias de Managua para celebrar el triunfo electoral del líder revolucionario Daniel Ortega. Le vi hacerse paso entre la muchedumbre: se estaba acercando hacia mi. Yo estaba en un lugar más alejado y no tan lleno de gente. Supuse que había descubierto mi profesión, algo no muy difícil habida cuenta de la cámara atada a mi espalda y la libreta de notas sostenida en mi mano. Cuando le tuve a pocos metros pude ver una cara desfigurada por varias quemaduras y su profunda mirada cada vez más próxima.

-“Me torturaron los somocistas”, dijo, sin yo haberle preguntado.

Me desveló entonces por qué estaba allí. Quería celebrar un nuevo triunfo de la Revolución. No era el primer baño de multitudes para Manuel Matus: fue uno de los guerrilleros presentes en el desfile del 19 de Julio de 1979, día del triunfo contra el dictador Anastasio Somoza Debayle. Tres décadas no habían mermado el entusiasmo de entonces. Había recorrido 200 kilómetros desde Juigalpa, en el interior del país, para celebrar una nueva victoria sandinista.

Hablaba tranquilo y despacio, procurando mi atención. Me dijo que fue un ‘cachorro’ de la revolución y sirvió tanto en la Insurrección como en la posterior Guerra Civil entre los sandinistas y la guerrilla contrarrevolucionaria financiada por el presidente norteamericano Ronald Reagan. Una década de guerra es mucho tiempo para este veterano:

-“Nos matamos entre nosotros”, lamentó, casi con los ojos bañados en lágrimas.

Tuvo tiempo, antes de volver junto a su sobrino, para confiarme una crítica hacia el Frente Sandinista. Aunque celebraba el triunfo de Ortega, no estaba totalmente de acuerdo con su gestión:

-“Yo quiero un socialismo auténtico, y no este capitalismo impuesto, pero tenemos que jugar con sus reglas. Incluso el comandante lo hace y eso es lo que yo le recrimino”, me confió.

Estuvimos hablando de las elecciones durante unos minutos. Después, se despidió de mí con un sincero apretón de manos. Pude sentir entonces las quemaduras en su palma: las secuelas de la guerra no se habían limitado a su rostro. Manuel Matus volvió entonces a confundirse entre la multitud y las sombras.

Había salido del Hotel Intercontinental sobre las tres de la mañana. Los escasos 100 metros de distancia entre ese lugar y la Plaza de las Victorias separaban la decepción y la rabia de la oposición, reunida en el lujoso hospedaje, y la algarabía de cientos de jóvenes todavía celebrando el triunfo del ‘compañero presidente’.

El olor a pólvora de los morteros se mezclaba con un fuerte aroma a cerveza y los acordes de las canciones revolucionarias provenientes de varios altavoces diseminados por el lugar. No sólo los oficiales: también había varias discotecas móviles improvisadas. Una simple camioneta sirve. Se le añaden cuatro parlantes, un reproductor en el interior y la fiesta puede comenzar.

Las banderas rojinegras regaban toda la plaza. Por cierto, esta tiene tres nombres, dependiendo de la ideología política de quien se refiera a ella: de las Victorias para los sandinistas, del Fraude para la oposición y del Hilton para quienes no quieren mojarse; De un lado a otro ondeaban los pendones, entre vítores y cánticos. En plena fiesta, decenas de niños se afanaban en recoger las miles de latas de cerveza vacías desperdigadas por el suelo. Al día siguiente las venderían en el mercado o la chatarrera para ganarse unos pesos. Es el drama de un país que ha visto desfilar a cuatro presidentes en 21 años de democracia y aún mantiene a la mitad de sus habitantes en situación de pobreza.

La mayoría de personas congregadas seguramente veían a Ortega como la solución a ese problema. Casi todos portaban la singular camiseta del Frente Sandinista, repartida a discreción durante los meses anteriores: blanca, con una enseña ‘hippie’ y la leyenda “Daniel 2011, Amor, Paz y Vida”. Hablé con ellos. Algunos llevaban alguna cerveza de más y querían hacer ellos las preguntas:

-¿Qué le parece el triunfo de Daniel, español?- me decían, haciendo el símbolo de la victoria con los dedos, tradicional saludo del sandinismo al coincidir con el número de casilla del Frente en las boletas electorales, el dos.

Al final de la plaza había un escenario, ya apagado. Una ligera lluvia se había hecho presente y se acabó el concierto. Pero la gente no se fue. Muchos reposaban sobre los bordillos de la carretera, cortada a marchas forzadas unas seis horas antes. Un acento europeo desveló a varios españoles unidos a la fiesta sandinista. Esa era sólo la primera jornada de celebración: la fiesta no pararía en los dos días siguientes.


Una larga noche en el Inter

La tensión cortaba el ambiente cuando entré en el hotel Intercontinental de Managua, la noche de las elecciones nicaragüenses. Era el lugar elegido como base por el Partido Liberal Independiente del derechista Fabio Gadea. Por el camino en automóvil había pasado incontables autobuses que transportaban los votos hacia el centro de cómputo del Estadio Nacional, lugar de mi partida. Muchos de ellos iban acompañados por camionetas repletas de seguidores del Frente Sandinista, el partido del revolucionario Daniel Ortega, rival de Gadea. Entre banderas rojinegras, cantos y vítores seguían a los vehículos, anticipando el resultado de las votaciones.

La noche era fresca, al contrario que en los días anteriores, perfecta para una gran celebración. Pero en el Inter no estaban para celebraciones. Como si ya se esperasen el resultado electoral,  me encontré con decenas de caras largas. Sentado en un sillón, al fondo de un pasillo, estaba Fabio Gadea, el octogenario candidato a la presidencia, precursor de la radio en Centroamérica con ‘su’ emisora Radio Corporación. Su rostro era de preocupación. Imposible ver sus ojos, siempre ocultos tras los cristales de unas gafas de aumento donde se reflejaban las luces de recinto. Buscaba refugio en sus nietas, sentadas a su regazo en una bonita estampa familiar. Su abuelo, sin embargo, estaba absorto en sus pensamientos. Luego me contarían que había pasado los minutos anteriores dando vueltas y repitiendo: “Nos han robado, nos han robado”.

Hacía frío. Alguien había subido el nivel del aire acondicionado más de la cuenta, quizá para aliviar el acaloramiento producido por la espera. En otra esquina estaba Edmundo Jarquín, disidente sandinista y candidato a la vicepresidencia por el partido de Gadea. El feo, como le apodan amistosamente, estaba manteniendo una conversación nerviosa con tres de sus colaboradores. Había otros corrillos en la sala, discutiendo aspectos de las elecciones. Decidí dirigirme hacia el salón de ceremonias, una gran estancia del Inter cubierto por una bonita alfombra de tonos rojos y amarillos. Un lujo visto en pocos lugares de Nicaragua. Unas 30 personas cenaban allí, con gesto también nervioso y preocupado. Reconocí algunas caras cercanas a las agrupaciones de la compleja alianza entre disidentes del sandinismo y los liberales del ex presidente Alemán, otrora caudillo de la derecha y ahora caído en desgracia por un supuesto pacto con Ortega.

En la sala de prensa, un cuarto con una mesa de madera alargada que debía ser utilizado como sala de convenciones, me encontré con algunos de mis compañeros. Allí revelé un secreto: me había enterado, por un susurro de la Jefa de Prensa del Estadio Nacional, del resultado de las elecciones. No les iba a gustar, no les gustó y no lo compraron: Ortega se iba imponiendo con un 66% en detrimento del 30% alcanzado por Gadea. “En Estelí me acaban de decir que vamos ganando”, dijo alguien. Poco tardó en demostrarse que Fabio tampoco ganaría allí: los resultados de esa ciudad fueron los primeros en aparecer y mostraban una clara derrota.

Una hora antes de que Roberto Rivas, el presidente del Consejo Supremo Electoral, diese los resultados preeliminares, la Plaza de las Victorias (o del Fraude, o del Hilton, según sea la ideología política de quien lo mente, pero Plaza de las Victorias aquella noche), situada a escasos 50 metros del Inter, ya estaba a reventar de gente celebrando el triunfo de Ortega. La tensa espera de los dirigentes de la oposición se recrudeció al escuchar los vítores sandinistas por la ventana.

Estábamos discutiendo sobre alguna trivialidad cuando sonó el himno de Nicaragua por televisión: se iban a anunciar los resultados. 66% a 29% con un 6% escrutado de los votos. El susurro que había captado se equivocó por una décima en el resultado de Gadea. Roberto Rivas seguía repasando los resultados departamento por departamento, en una alocución de unos 20 minutos. Nadie se movió de allí en ese tiempo. La mayoría miraban hacia el suelo, otros hacia el techo. No se escuchaba ni un susurro, al menos en el salón de ceremonias. Los brazos estaban bajos: el resultado era un varapalo tremendo. Ortega tendría mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. Podría gobernar sin contar con ellos. En el salón de las caras largas no estaba, sin embargo, ninguno de los altos cargos. Decidieron verlo en otra estancia, alejados de la militancia de su partido.

A los pocos minutos de la emisión, apareció Eliseo Núñez, el fornido portavoz de la Alianza Pli, para insuflar ánimos a sus correligionarios: “Nos han robado descaradamente y no vamos a aceptar los resultados hasta que no se cuente el último voto” dijo a una audiencia que transformó las caras de desilusión en gestoss de rabia. Muchos debieron acabar con los labios marcados por los dientes superiores. Los vítores retumbaban en toda la sala a cada palabra de Eliseo. “Contamos con un recuento paralelo de nuestros fiscales que nos da un empate técnico con Ortega”, dijo.

Habría que esperar dos horas más hasta el segundo informe de Rivas. La mayoría de cargos de la Alianza había abandonado el hotel. Sólo quedaba una decena de personas además de los medios. Seguía haciendo frío, mucho frío. Como muchos habían abandonado ya el lugar, la gélida sensación aumentó. Muchos de los periodistas estaban desparramados en los sillones del hotel, algunos profundamente dormidos, cuando volvió a escucharse el himno nacional. 65% a 30% con el 38% escrutado. Poco había cambiado el resultado. De nuevo las caras largas. De nuevo Eliseo a insuflar ánimos. Pero esta vez su discurso no fue tan convincente. Muchos echaron de menos entonces a los líderes de la alianza. No darían la cara hasta el día siguiente.

Dejé el Inter hacia las tres de la mañana. Allí no quedaba ni el apuntador. Los últimos cámaras recogían sus equipos. Decidí dirigirme entonces hacia la Plaza de las Victorias. Allí, por supuesto, no había caras largas.


La pantomima del Estadio

Pantomima2. f. Comedia, farsa, acción de fingir algo que no se siente.

Los resultados de las elecciones de Nicaragua llegaron a mis oídos hora y media antes de que el CSE emitiese su primer informe. Eran tan arrasadores que pocos me creyeron. Ni yo mismo lo hice. Escuché un susurro de la jefa de Prensa del Estadio Nacional, donde se realizaba el recuento: “vamos 66 a 30 y creemos que se mantendrá la tendencia”, dijo la pequeña y fornida señora a su interlocutor telefónico. En el twit que puse sobre las nueve de la noche no me atreví a escribir una cifra en aquellos momentos alejada de cualquier estimación previa. Creí haber oído mal y dejé 56. El otro dato lo mandé en varios SMS: amigos míos todavía lo conservan.

Mi hora y media de estancia en el Dennis Martínez fue una de las pantomimas más grandes a las que nunca he asistido. Había decidido ir por el antecedente de las elecciones municipales de 2008: el fraude denunciado por la oposición habría tenido su epicentro allí por el deficiente conteo de votos. Aquella calurosa noche de cielo despejado, una de esas con aroma histórico en el ambiente, tuve que pasar hasta ocho controles de Policía para darme cuenta de que no podría llegar hasta el parking del Estadio y me tocaba estacionar en una de las calles aledañas. Aunque en otro día hubiese tenido mis reticencias -el Bóer no es el barrio más seguro de Managua- el gran despliegue policial me convenció de que dejar el coche allí era seguro. Un joven agente con dientes de oro lo custodiaría.

Poco tardé, una vez entré al recinto, en tener la certeza de la recepción de periodistas era un ‘show’, un ‘Parque Jurásico’ donde no íbamos a tener acceso a nada. Primero, sentados en las vetustas gradas de color azul viendo como, de manera militarizada y a veces con muy malas formas, los organizadores del recuento llamaban a los miembros de las Juntas Receptoras de Votos. “Vamos, vamos, vamos, presidenta, presidenta, presidenta, apure, apure”: parecía más un alistamiento que un acto cívico. Eso sí, los periodistas tras una verja de malla. Pareciera como si en pocos segundos fuese a llegar el Tiranosaurio para acabar con todos.

Iluso de mí, esperaba poder entrar en alguna sala de recuento o hablar con los fiscales para preguntar cómo estaba funcionando el proceso: nada de ello ocurrió. De las gradas pasamos a una improvisada sala de prensa, en uno de los salones de la fama del Estadio Nacional. Las encargadas de nuestra custodia pusieron mucho celo en evitar perder de vista a alguno de nosotros. Desde la puerta de cristal podía ver una sala de resultados entrabierta donde decenas de personas movían papeles de un lado a otro. Poco más se podía sacar en claro.

Allí encerrado, entre los nombres de los mejores deportistas nicaragüenses de todos los tiempos, llegué a una rápida conclusión: debía abandonar el edificio lo antes posible. Pocas veces me habían hecho perder más el tiempo. Incluso nos habían preparado un piscolabis bastante digno. De algo había servido el viaje, al fin y al cabo: Comí un poco, anticipando la larga jornada todavía por delante. Entre el sandwich y la Coca Cola, pegando algo de oreja, escuché los susurros de la jefa de prensa.

No pude divulgarlos por twitter hasta salir del recinto: habían bloqueado internet mediante algún dispositivo de interferencias. Ni con Yota me pude conectar. Lo hice en cuanto llegué a mi coche, todavía custodiado por el joven agente de los dientes de oro. Puse la directa hacia el Inter Metrocentro, donde Fabio Gadea se estaba preparando para recibir la noticia de su derrota. Por el camino pude ver cómo los autobuses que transportaban a los miembros de las Juntas Receptoras de Voto eran acompañados por camionetas repletas de personas con banderas rojinegras, entre gritos y vítores, celebrando ya el seguro triunfo de Daniel Ortega.



Pocos mejor que ninguno

Contrariamente a lo que informaron las mayores agencias internacionales, en Nicaragua sí se dio una manifestación el sábado 15 de octubre, respondiendo al llamado indignado global. Fue pequeña, de unas treinta personas, sin grandes pretensiones, ninguna más de las que tiene el movimiento a nivel global. Se cantaron consignas como “El sistema no resuelve, el sistema no funciona” o “democracia real ¡Ya!”. Uno de los grupos más numerosos fue español.

La cita tuvo lugar en la Plaza del Hilton Princess, lugar tradicional de reunión del FSLN. Poco antes de finalizar la marcha apareció un grupo de la Juventud Sandinista 19 de Julio, para continuar la campaña por la reelección del presidente Daniel Ortega. A pesar de que se les ofreció participar en la protesta, no quisieron unirse a ella. Eso sí, su comportamiento fue correcto y no comenzaron su actividad hasta que los manifestantes por el cambio global se dispersaron.

Personalmente, fue un honor participar en la marcha para ejercer mi sagrado derecho a la indignación. Para decir bien alto que este sistema corrupto no funciona… salvo para los que mueven sus hilos.