Periodismo narrativo

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Las torres más imponentes de Bosnia

Apuntan al cielo como monumentos del desastre. Monolitos de la ira, el odio, la guerra, la desesperanza… un museo perpetuo del horror. Las torres más imponentes de Bosnia no son los sempiternos campanarios católicos y cristianos. Tampoco los minaretes musulmanes. Son las miles de lápidas que apuntan al cielo en cada recodo, a la vuelta de cada esquina, levantadas en un puñado de tierra para recordar que de 1992 a 1995 el infierno se hizo realidad en la antigua república yugoslava.

Tan sólo en contados lugares hay enterramientos compartidos por las tres religiones beligerantes en el conflicto. La reconciliación bosnia no se ha dado, desde luego, en los cementerios. Tampoco  entre los vivos. Aún así, con un poco de suerte, se puede dar con algún camposanto compartido. A pocos metros del bulevar de Mostar, la carretera que todavía divide la ciudad entre católicos croatas y musulmanes, hay uno de ellos.

Las lápidas de las tres religiones se diferencian en su forma, pero tienen un funesto aspecto en común, la fecha de defunción señalada en ellas: 1992 en Sarajevo, 1993 en Mostar, 1995 en las 5000 de Srebrenica, los funestos años de la guerra, el terrible final del genocidio, tallado para siempre en madera o piedra como recuerdo de lo que nunca debió haber sucedido. Si de la historia se aprende, aprendamos de una vez y por todas. Lo que falló en Auswitz volvió a fallar en Srebrenica 50 años después. ¿Habrá sido suficiente?


Así se sobrevive en el paisito

Aún no ha salido el sol en Managua, pero la pequeña Marcela ya está despierta. Los zancudos, esos grandes mosquitos de piernas largas, son implacables a esas horas. Ella ya está acostumbrada a zumbidos y picaduras, le preocupan más los ‘señores malos’. Se quita la modorra y desciende de la hamaca donde ha dormido, a plena intemperie. No ha podido pasar la noche en ninguna casa. No tiene casa.

Con suerte, la cuida algún mayor, su madre o abuela. La obligan a trabajar en el semáforo porque de otra forma no tendrían cómo comer. La mañana es fresca, pero sabe que conforme el sol ascienda el día se hará más caluroso. No es lo más agradable trabajar en esas condiciones pero, ‘ideay’, qué más puede hacer. Caería bien un caldito, pero hoy no hay desayuno. Habrá que trabajar para que mañana lo haya. Podría alistarse para ir a la escuela, pero no lo hace. No va a la escuela.

La mañana avanza y los carritos de los señores con reales, sus clientes, comienzan a poblar la carretera. Las niñas afortunadas que trabajan en la calle tienen pinturas para maquillarse la cara como la gente del circo. A ella se le gastaron, pero a veces le prestan. Tampoco tiene bolas para hacer malabares, tan sólo le quedan sus manos para pedir ‘un cordobita’.

-“¿Me da un cordobita señor?” será su trabajo durante toda la mañana.

Otros niños que piden en la calle esnifan pegamento. Ella todavía no lo ha probado, pero comienza a llamarle la atención. Si tiene suerte, sus mayores le disuadirán de ello. Si está sola, seguramente acabará cayendo. Puede que sean ‘tamales’, pero se pueden ayudar entre ellos.

En la otra punta de la ciudad, en la zona noble, despierta Fabián. Las sábanas se le han pegado más de lo normal, pero llegará a tiempo al trabajo. Hace un fugaz paso por la ducha y se embadurna de un perfume que le ha costado más de lo normal. No se lo rebajaron, pero tenía para comprarlo. Se mira al espejo y comprueba con cierto espanto que las entradas de su cabello no dejan de crecer. ‘Ideay’, es lo que tiene la edad.

El perfume no es regalado, pero la televisión que observa antes de bajar a apresurado hacia el garaje sí le salió gratis. Es el premio por mantener ciertas amistades. La camioneta en la que se sube la compró, pero no pagó impuestos. Eso sí, por muchos caballos que tenga, su percepción inicial cambia: va a ser dificil llegar a la hora. La carretera está atestada de vehículos, dicen que se ha roto una tubería.

En uno de los semáforos, una niña que no tiene la cara pintada llama a su ventana, pero decide no bajarla. No es que no quiera darle el ‘cordobita’ que sabe que le va a pedir, pero se va a escapar el fresco del aire acondicionado y, además, el semáforo ya se ha puesto en verde.

Ya en la alcaldía, ministerio o institución le esperan una montaña de papeles y tres reuniones. Una dura agenda del día. Eventualmente un cliente entrará en su despacho.

-“Ya sabés primo, esos papeles los tenés que meter en la caja B, descuida, vamos a iguales”, le dirá.

Sabe que es corrupto, sabe que es ilegal, le tiembla el pulso, pero en el futuro se calmará: “Así se sobrevive en el paisito”, piensa.

Es cierto, el paisito ha sufrido mucho. Desastres naturales y varios conflictos armados. Lo que no pasa por su cabeza es que la corrupción mata más que una guerra o un terremoto. Eso sí, es más elegante y menos escandalosa. No deja heridos de bala ni sepultados bajo escombros pero las tumbas son las mismas.

A los pobres se les caen los dientes por falta de uso mientras los corruptos utilizan sus colmillos para despedazar la caja pública. La pequeña Marcela volverá a dormir en su hamaquita esperando que no aparezcan los hombres malos mientras que Fabían lo hará, si la conciencia se lo permite, en la cama de su casa al otro lado de la capital, a mil kilómetros de distancia social.

Publicado en Elmundo.es


Por un puñado de reales

Oswaldo cuenta cerca de 60 años, pero aparenta algunos menos, como la mayoría de sus compatriotas. No peina cana alguna en su negro cabello de corte militar. Precisamente ese era su oficio. Sirvió a la Revolución durante casi dos décadas, primero como guerrillero y más tarde como integrante del Ejército Popular Sandinista que enfrentó a las fuerzas contrarrevolucionarias en los 80. La astucia se refleja en su cara, pero también la honradez. Es de rasgos fuertes y tez oscura. Recio, por supuesto. El porte militar nunca se pierde. Su camisa desabotonada deja entrever un crucifijo de plata en su pecho: es profundamente creyente. Uno necesita ayuda divina en las montañas. A Oswaldo no le dio la espalda: asegura haber sobrevivido a dieciocho impactos de bala. No tiene reparo alguno en enseñarlos. Habla tranquilo, con la experiencia que dan los años. Cuenta antiguas batallas de la Guerra. Penetró en Managua por Carretera Norte en plena Revolución. La calle estaba tomada por barricadas de la Guardia Nacional. No había muchos, la mayoría había desertado ya. Eran los últimos vestigios del cuerpo represor somocista. El Frente estaba a punto de triunfar, pero la guerra duraría diez años más para él. Después vendrían las guerrillas contrarrevolucionarias del norte y centenares batallas por librar.

Cuando se retiró del ejército, Oswaldo no pudo encontrar empleo, como tantos otros ex militares. Algunos, organizados en asociaciones, se tomaron hace poco la Catedral Metropolitana en reclamo por sus derechos. Él les apoya, pero no participa activamente. De lunes a viernes, viaja a las puertas de la Dirección de Tránsito. Allí se realizan las gestiones capitalinas de matriculación, cambio de dueño y revisión de vehículos. Su trabajo consiste en captar un cliente, y asesorarle en los trámites. Si el consumidor lo requiere, le acompañará personalmente.

Sin embargo, Oswaldo no tiene contrato con la Dirección de Tránsito, ni ninguna relación con la autoridad. De hecho, rara vez traspasa el umbral del edificio: la seguridad le conoce. Es un trabajador autónomo, que cobra lo que puede regatear con el cliente que requiere sus servicios. Forma parte de los cientos de miles de nicaragüenses que diariamente se ven avocados a agudizar su ingenio para poder llevar dinero a casa. Cacahueteros, vendedores de jocote, vigilantes de seguridad autónomos, semaforeros, chatarreros, componedores de basura, pescadores, lustrabotas… son sólo algunos ejemplos del subempleo que afecta a unos 885 mil nicaragüenses, el 38,8% de la población, según datos del Instituto Nacional de Información de Desarrollo. Sumados a los 186 mil que están completamente desempleados resultan más de un millón de personas con ocupaciones precarias en una población de unos seis millones de habitantes, pero con un millón viviendo en el exilio voluntario. Además, de las personas con empleo, el 64,9% se definen como trabajadores informales, situados fuera de los beneficios que ofrece la ley. Son pocos los que cuentan con un empleo formal en Nicaragua. La mayoría no sabe si podrán mantener su puesto de trabajo en un futuro. El subempleo está siempre sujeto a los caprichos del que paga. Para los autónomos humildes, sin acceso a prestación alguna, la situación se agrava si los clientes no tienen reales. La crisis. El billete manda, como bien sabe Oswaldo.

Publicado en Elmundo.es