Periodismo narrativo

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Una noche en el ‘infierno’ del Karaiskaris

Corriendo, como siempre, llegué a uno de los estadios más míticos de Europa. Era mi primera vez en el Georgios Karaiskaris, hogar del Olympiakos. Los de El Pireo se enfrentaban al Levante en un duelo por alcanzar los octavos de final de la Europa League. A pesar de haber perdido por tres goles a cero en la ida, los aficionados de los rojos todavía tenían la esperanza de levantar el partido.

Así era, a juzgar por el aspecto del campo: miles se habían dado cita en el coliseo griego una horas antes del comienzo del partido. En los prolegómenos no cabía ni un alfiler en las alrededor de 30.000 localidades del Karaiskaris. Quince minutos antes del inicio comenzó el ritual: todo el estadio comenzó a cantar de súbito, haciendo difícil la comunicación incluso con la persona más cercana.

Fondo norte y sur cantaban al unísono en unas ocasiones y en otras se turnaban en curiosas competiciones. Desde luego el “equipo de los pobres” (así me lo habían definido varios hinchas en los bares helenos desde mi llegada al país), saben cómo animar.

Varias bengalas (auténtica devoción de los griegos) se encendieron a uno y otro lado del campo aumentando la presión ambiental. No sirvió de mucho, porque a los 8 minutos el Levante ya se había adelantado, apaciguando algo los ánimos. Los de algunos, eso sí, porque unos minutos después se producía una invasión de campo por parte de un puñado de hinchas: un jugador granota había osado vacilar a uno de los suyos, algo prohibido en el Karaiskaris. El partido no tuvo mucha más historia, el espectáculo estuvo en las gradas. Los hinchas siguieron animando hasta el pitido final y después persiguieron a su presidente en busca de explicaciones.

Yo me fui satisfecho por haber pasado una velada europea en uno de los campos con más carácter del continente.

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El Clásico desata pasiones en Nicaragua

Cientos de personas se agolpan sudorosas tras la barandilla de bares y cantinas en una conocida zona recreativa de Managua. Es sábado y la ciudad está paralizada. El día es caluroso, de esos en los que arde la piel: un sol de justicia se empeña en demostrar su poder en el mediodía del trópico. La mayoría de locales llevan varias horas cerrados al público porque dentro no cabe un alfiler. El aforo está completo, pero desde el exterior es posible alcanzar a ver la televisión, venerada como un ídolo en el centro de la sala.

Las cabezas se mueven intentando captar una mejor perspectiva de la imagen. Un arrimón aquí, un pasito allá… la muchedumbre se organiza como las piezas de un puzle. Dentro del local corren la cerveza y el ron. Los amigos a la mesa, el ambiente es festivo. Hoy juegan los dos mejores equipos de fútbol del mundo: el Barcelona y el Real Madrid.

El Clásico se vive con extraordinaria expectación a 8.500 kilómetros de distancia de España. Dicen los treintañeros que es un fenómeno nuevo: el fútbol no despertaba pasiones en Nicaragua hace apenas diez años. Resulta difícil creerlo. Hoy en día copa la información deportiva en las cadenas de televisión pinoleras, propicia las grandes tertulias cerveceras y ha descargado todo su arsenal publicitario en las calles.

La dicotomía es total: el nicaragüense es del Madrid o del Barcelona, del Barcelona o del Madrid. Son escasos los neutrales o seguidores de otros equipos. Al haber coincidido el auge de popularidad del fútbol con la época dorada del conjunto de Pep Guardiola, hay mayoría de culés.

Miles de pegatinas de uno u otro escudo decoran los coches de los pinoleros. Las comercializan vendedores callejeros, pulperías, semaforistas y cientos de puestecitos en mercados como el Oriental. Allí también pueden encontrarse réplicas de las camisetas, que en muchas ocasiones no pasan de los 60 córdobas (tres dólares). Las zamarras más requeridas son las mismas que en casi todo el mundo: las de Messi y Cristiano Ronaldo.

Especial negocio hacen las compañías de telefonía móvil. Cuando un ‘nica’ descuelga su celular, no hay que extrañarse si en él aparece una imagen de Casillas o Villa. Es la tónica general en el país.

Como experiencia personal, contaré la historia de la compra de un ventilador. El que adquirí en el Oriental había salido ‘rana’ y no había manera de arreglarlo, así que me decidí a comprar uno nuevo en uno de los centros comerciales de la ciudad. El dueño de la tienda reparó enseguida en mi acento español. La primera pregunta, obligada: “¿Del Madrid o del Barcelona?” Debí responder correctamente, porque recibí un gran apretón de manos y un descuento del 30% en el aparato.

Ambos equipos gozan de gran cobertura mediática. Sus resultados suelen ocupar la primera página en los diarios de tirada nacional. Sólo los de Madrid y Barcelona. El resto lo tiene mucho más complicado. Otro medio, el Canal 4 propiedad del presidente Daniel Ortega, emite todos los partidos de Champions de ambos equipos que no puede programar la Fox.

Precisamente fueron las Juventudes del Frente Sandinista quienes intentaron, por primera vez en Nicaragua, ofrecer el Clásico a través de pantallas gigantes situadas en la Plaza del Hilton/Victorias/Fraude -denomínese de distinta manera según la opción política que usted abrace-.

Para fastidio de los hinchas, pagaron la novatada: Sky, plataforma que posee los derechos de emisión de los partidos de la Liga española en el país, paralizó la operación al no haber recibido pago alguno por ella. Distinta suerte corrieron los organizadores de un ‘estadio virtual’: congregaron a cientos de personas con un cóctel de barra libre y fútbol.

La pasión por el Clásico es desbordante: pocos quieren perderse el partido, aunque su horario  corte por la mitad la mayoría de jornadas laborales. Sorprendentemente, muchos enferman o encuentran un gran atasco por accidente ese día. Otros optan por pedir directamente permiso para ver el partido. La ocasión lo merece: es día de fiesta, juegan Barcelona y Real Madrid.

Publicado en Elmundo.es