Periodismo narrativo

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¿Violencia heredada?

Una simpática muchacha de amplia sonrisa me sirve la mastodóntica hamburguesa casera que pedí hace cinco minutos. Estoy en centro de San Salvador, la capital de El Salvador, compartiendo unas cervezas con mi amigo Roberto Valencia, periodista vasco de la web ‘El Faro’. La ciudad de las maras es una de las capitales más violentas del mundo, con 95 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Su frenético centro es un enorme bazar mezclado con los monumentos históricos del país, compendio sofocante y colorido de edificios históricos, comercios modestos con las fachadas desbaratadas, grandes plazas y miles de toldos de plástico y puestos de madera que invaden la calzada, apenas distinguible entre los angostos pasadizos formados por los comercios ambulantes. Un gran bullicio y actividad tiene lugar estos laberínticos corredores.

Según dicen, es peligroso. Mi amigo me explica cómo los ricos rechazan venir al centro: además de temer asaltos, debe ser un orgullo no mezclarse con la chusma de estas calles. Las televisiones diseminadas por el aeropuerto de Comalapa emiten constantemente vídeos promocionales de la capital. La imagen corta el teatro nacional por la mitad superior de sus cuatro pisos. El cámara no quiere seguir bajando: en la base del edificio hay apostados decenas de puestecitos de madera. No debe dar buena imagen para el turista: es difícil, aún estando en plena calle, ver la puerta del auditorio.

Para llegar al puestecito de hamburguesas, el favorito de Roberto, profundo en el mercado, hemos tenido que zafarnos decenas de veces de los brazos de unas vendedoras deseosas de meterte en su tienda. Es la costumbre. Aquí no te invitan a entrar, te empujan al interior: “Seguramente hayas pasado ya a varios pandilleros, este es uno de sus lugares preferidos” advierte mi amigo, familiarizado con las calles de la capital.

El tema de la charla es obligado: El Salvador es el país más peligroso de América con 71 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Pandillas como la famosa Mara Salvatrucha son un poder de facto en las calles del país. Creadas por emigrantes centroamericanos en EEUU, volvieron a sus países de origen cuando fueron expulsados del rico norte ¿Por qué su violencia, muchas veces gratuita? Mi amigo tiene muchas explicaciones  -pobreza, exclusión social, fanatismo, narcotráfico- y una teoría: la herencia de la violencia.

Me explica como históricamente El Salvador no tuvo un periodo sin violencia hasta 1992: los mayas, pueblo idealizado por la cultura occidental, en realidad disputaron cruentas guerras civiles. La llegada de los españoles no detuvo esos conflictos: al contrario, los espolearon cuando varios líderes tribales vendieron sus ejércitos a los conquistadores para vencer a sus enemigos. Por supuesto, los únicos victoriosos fueron los extranjeros que acabaron sometiendo a los nativos y abocándoles a una vida de servidumbre. Tras la independencia comenzaron las guerras entre liberales y conservadores, decenas de alzamientos, golpes de Estado y el funesto intervencionismo ‘yankee’ que tantos muertos ha producido. Más tarde, la ‘Guerra del Fútbol’ con Honduras y los doce años de funesta guerra civil, concluidos en 1992.

Continuamos nuestro recorrido hacia la Catedral. En la puerta huele a mierda: un mendigo duerme bañado en sus heces. Nadie ha reparado en él y, si han olido el hedor, han mirado para otra parte. Antes de entrar nos sorprende otra persona, una muchacha: le baja los pantalones a su hijo de unos cuatro años y lo alza cual Rey León para que mee al aire.

Bajo el templo se encuentra el mausoleo de Monseñor Romero, arzobispo de San Salvador y defensor de los pobres, asesinado en 1980. Roberto continúa explicándome allí su teoría: cuando en 1992 acabó la lucha armada, algo debía llenar ese vacío de violencia. Siglos de masacres y asesinatos no podían evaporarse en un suspiro. El hueco que dejó el conflicto armado fue llenado por las maras y en pocos años El Salvador volvió a ser uno de los países más peligrosos del planeta.

Cuando vuelvo al hotel, rodeado de bares de alterne de madera desnuda, a pocas calles del centro, el encargado de las llaves tiene puesto el telediario. Una señora habla de la muerte de su marido. Le han asesinado a machetazos. La señora está escasamente alterada. Relata a las cámaras los detalles del crimen con frialdad ¿Está la violencia institucionalizada en este país? Abro ‘La Prensa Gráfica’ , el periódico de referencia en El Salvador. Por lo menos tres páginas están dedicadas a crímenes: decapitaciones, secuestros, tiroteos, violaciones… el pan de cada día en el país más violento de América.

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Dos apuntes para conocer más sobre El Salvador:

Elfaro.net, Sala Negra: probablemente la mejor web de reportajes íntegramente online en español de todo el mundo: http://www.salanegra.elfaro.net/

Aún con los errores típicos de toda película histórica, ‘Salvador’ de Oliver Stone posiblemente sea la película que más se ha acercado a la Guerra Civil salvadoreña (1980-1992). Su protagonista es un periodista venido a menos que quiere relanzar su carrera cubriendo la escalada de tensión en el país. Muy recomentable:


Lo peor es que era verdad

Nadie creía la historia de José Arcadio Segundo Buendía. La masacre bananera jamás existió. Eran meras habladurías, cuentos de locos. Nadie la había visto ¿Cómo iba a ser verdad?

Muchos años antes, un capitán había dado la orden de fuego para masacrar a miles de huelguistas de las bananeras, una “cuadrilla de malhechores” reunidos previamente en la estación de tren de Macondo.

Catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre la muchedumbre compacta que parecía petrificada por una invulnerabilidad instantánea.

De pronto, a un lado de la estación un grito de muerte desgarró el encantamiento: “Aaaay, mi madre.” Una fuerza sísmica, un aliento volcánico, un rugido de cataclismo, estallaron en el centro de la muchedumbre con una descomunal potencia expansiva.

– ¡Tírense al suelo! ¡Tírense al suelo!

Ya los de las primeras líneas lo habían hecho, barridos por las ráfagas de metralla.

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Lo peor de esta historia, palabras robadas al Maestro de su célebre ‘Cien años de soledad’, es que es verdad… ocurrió en Ciénaga, Colombia, en 1928.

Estoy investigando a las grandes bananeras para un artículo en una revista nacional. Cada obra, documento, telegrama o memorando que leo me llevan a la misma pregunta: ¿Cómo algo tan inocente como un plátano ha podido verter tanta sangre y causar tanta miseria?


Doscientos años de soledad

Un recodo en el Río San Juan desvía la pequeña embarcación que se dirige a Greytown. Zarpó de San Carlos, al otro extremo del caudal, 13 horas antes. A bordo tan sólo queda una decena de pasajeros de los 50 que comenzaron el trayecto. No muchos lo recorren completo. La mayoría queda desperdigada por las fincas de la ribera costarricense del río.

Este pueblo, también conocido como San Juan del Norte o San Juan de Nicaragua, bien podría ser el Macondo pinolero. Sus 1.500 habitantes conocen de primera mano el aislamiento. Se han mantenido excluidos del resto del país desde que sufrieron su primera destrucción en 1854. No sería la única: en 1983 la historia volvía a repetirse. Actualmente sólo se puede llegar en barco, a través del río o del mar. Las pangas de pasajeros se mueven tan sólo dos veces por semana.

En esta ciudad fronteriza entre Nicaragua y Costa Rica no hay carreteras. Tan sólo circulan dos motocicletas que llegaron por agua. De lado nicaragüense, el alquitranado más cercano se encuentra a cientos de kilómetros. La consecuencia más inmediata del aislamiento es una repetida hasta la saciedad: en San Juan todo vale el doble.

 El municipio fue fundado  en 1539. En sus inicios fue un gran puerto comercial. Allí iba a construirse el gran canal interoceánico. Los planes se torcieron en 1854. El ejército de Estados Unidos destruyó por completo la ciudad en represalia por acciones contra sus ciudadanos. Fue reconstruida, pero perdió el esplendor de antaño.

El canal no se construyó y varias guerras sumieron la zona en crisis. Más de cien años después, en 1983, Edén Pastora, al mando de las fuerzas contrarrevolucionarias que enfrentaban al Ejército Popular Sandinista, volvió a destruir la ciudad. La mayoría de sus habitantes emigraron a Costa Rica. Algunos volvieron en 1990 cuando Acnur decidió reubicar a la población.

Hasta hace poco tiempo, Greytown había sido un pueblo más tico que nica. Los niños iban a la escuela a Costa Rica. Para ello había que remar por el río. La travesía era peligrosa: hace pocos años, un pequeño murió a causa del ataque de un cocodrilo. Afortunadamente ahora tienen escuela.

La mayoría de estos niños tienen doble nacionalidad. Sus madres prefieren dar a luz en Costa Rica. Además de las humildes condiciones del centro de salud de Greytown, tener dos pasaportes es imperativo en una zona con tanta dependencia.

La lista de interconexiones es interminable: hasta hace poco sólo se podía ver la televisión costarricense. De hecho, en muchos hogares continúa siendo lo único que se mira. Sin embargo, otros han instalado ya las parabólicas nicaragüenses. La fuerza socializadora de la pequeña pantalla quiere hacer su entrada triunfal en esta localidad apátrida.

Algunos de sus ciudadanos se sienten costarricenses, otros nicaragüenses, otros costarricenses y nicaragüenses y otros de ninguno de ellos. Uno de los taberneros del pueblo asegura tener hijos en ambos países: “Las fronteras las pone el hombre, no la naturaleza. Lo último que quiero es que peleen por la política”, comenta consternado.

En Greytown se llegó a dar la ironía de que las llamadas a Nicaragua se considerasen internacionales. Costa Rica dispuso escuelas y centros de salud en lugares cercanos para que sus ciudadanos pudieran disfrutar de esos servicios. La mayoría trabajaba al otro lado de la frontera. En el lado nica no había empresas. Por supuesto, la moneda de curso común es el colón. Hasta hace poco no se normalizó el uso del  córdoba.

El reciente conflicto en La Haya ha acabado con gran parte de las interconexiones entre Greytown y Costa Rica, incidiendo en el comercio entre ambas riberas. Uno de los mayores contratiempos ha sido la cancelación indefinida de un acuerdo por el que el municipio habría comprado energía barata a sus vecinos. Su aprobación, a falta de firma, no pudo materializarse.

Por si los problemas con Costa Rica fueran pocos una parte de la ciudad es propiedad indígena reconocida legalmente. Allí se mezclan dos autoridades: la municipal, sin poder legal, y los consejos Rama. Todo un verdadero quebradero de cabeza para ambos. Incluso se denunciaron cobros de coimas por parte de los miembros de la tribu, apoyados por una facción de criollos. Todo un galimatías político.

Otro gran problema es el narcotráfico. Algunos de sus ciudadanos, aunque en principio lo nieguen, viven del contrabando. Greytown se encuentra en una de las zonas claves del corredor atlántico de los narcos. A los habitantes del Caribe nicaragüense se les llama tortugas: esperan los fardos de las embarcaciones con media cabeza dentro del agua.

Lo cierto, sin embargo, es que en sus calles se respira sosiego. Es un lugar seguro. Sus habitantes destacan la ausencia de ladrones. Si se produce algún hecho violento es “dentro de la propia familia”, como ellos mismos admiten, hecho, por otro lado, lamentablemente común en Nicaragua. La mayoría de hogares se cierran con un candado simple. Por fortuna las interminables verjas de Managua no han cruzado el Río.

La pobreza sí lo ha hecho. La plata escasea en el pueblo. Se puede comprobar a simple vista, en los hogares de madera desnuda o los niños descalzos de sus calles. Aunque la alcaldía ha conseguido donaciones para el sostenimiento de las familias, muchas de ellas ya no disfrutan de los ingresos que conseguían cuando laboraban en el país vecino. La tragedia se vuelve a repetir: la geopolítica arrasa sin pedir permiso. Los más perjudicados, ya se sabe, son siempre los mismos.

Publicado en Elmundo.es