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El chele, la mochila y el bus

Una señora mayor me mira bastante perpleja tras subir los dos escalones que dan acceso al ‘bus’.

-¿Qué demonios hace este gringo aquí?- se preguntará seguramente.

No es normal ver a un blanquito ‘ojoazulado’ abordar un autobús de línea en el centro de San Salvador, la capital más peligrosa de América. Menos aún si está acompañado por otro blanquito y portando una gran mochila.

-¿Es que están locos?- parecen decir con la mirada el resto de pasajeros.

-No temen por nosotros- me dice Roberto Valencia, periodista vasco de ‘El Faro‘, mi acompañante -Sino por ellos.

Atraemos a los mareros y nunca se sabe dónde puede llegar una bala perdida: aquí los buses se atracan a punta de pistola. De varias pistolas.

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Si alguien quiere acercarse más a la realidad de las pandillas en El Salvador, le recomiendo el documental ‘La vida loca’, un trabajo de meses en el barrio de La Campanera, en Soyapango, El Salvador, plaza fuerte de la mara ‘Barrio 18’, que le costó la vida a su creador, Christian Poveda.

Esta versión de Youtube tiene mala calidad, pero vale como introducción:


¿Violencia heredada?

Una simpática muchacha de amplia sonrisa me sirve la mastodóntica hamburguesa casera que pedí hace cinco minutos. Estoy en centro de San Salvador, la capital de El Salvador, compartiendo unas cervezas con mi amigo Roberto Valencia, periodista vasco de la web ‘El Faro’. La ciudad de las maras es una de las capitales más violentas del mundo, con 95 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Su frenético centro es un enorme bazar mezclado con los monumentos históricos del país, compendio sofocante y colorido de edificios históricos, comercios modestos con las fachadas desbaratadas, grandes plazas y miles de toldos de plástico y puestos de madera que invaden la calzada, apenas distinguible entre los angostos pasadizos formados por los comercios ambulantes. Un gran bullicio y actividad tiene lugar estos laberínticos corredores.

Según dicen, es peligroso. Mi amigo me explica cómo los ricos rechazan venir al centro: además de temer asaltos, debe ser un orgullo no mezclarse con la chusma de estas calles. Las televisiones diseminadas por el aeropuerto de Comalapa emiten constantemente vídeos promocionales de la capital. La imagen corta el teatro nacional por la mitad superior de sus cuatro pisos. El cámara no quiere seguir bajando: en la base del edificio hay apostados decenas de puestecitos de madera. No debe dar buena imagen para el turista: es difícil, aún estando en plena calle, ver la puerta del auditorio.

Para llegar al puestecito de hamburguesas, el favorito de Roberto, profundo en el mercado, hemos tenido que zafarnos decenas de veces de los brazos de unas vendedoras deseosas de meterte en su tienda. Es la costumbre. Aquí no te invitan a entrar, te empujan al interior: “Seguramente hayas pasado ya a varios pandilleros, este es uno de sus lugares preferidos” advierte mi amigo, familiarizado con las calles de la capital.

El tema de la charla es obligado: El Salvador es el país más peligroso de América con 71 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Pandillas como la famosa Mara Salvatrucha son un poder de facto en las calles del país. Creadas por emigrantes centroamericanos en EEUU, volvieron a sus países de origen cuando fueron expulsados del rico norte ¿Por qué su violencia, muchas veces gratuita? Mi amigo tiene muchas explicaciones  -pobreza, exclusión social, fanatismo, narcotráfico- y una teoría: la herencia de la violencia.

Me explica como históricamente El Salvador no tuvo un periodo sin violencia hasta 1992: los mayas, pueblo idealizado por la cultura occidental, en realidad disputaron cruentas guerras civiles. La llegada de los españoles no detuvo esos conflictos: al contrario, los espolearon cuando varios líderes tribales vendieron sus ejércitos a los conquistadores para vencer a sus enemigos. Por supuesto, los únicos victoriosos fueron los extranjeros que acabaron sometiendo a los nativos y abocándoles a una vida de servidumbre. Tras la independencia comenzaron las guerras entre liberales y conservadores, decenas de alzamientos, golpes de Estado y el funesto intervencionismo ‘yankee’ que tantos muertos ha producido. Más tarde, la ‘Guerra del Fútbol’ con Honduras y los doce años de funesta guerra civil, concluidos en 1992.

Continuamos nuestro recorrido hacia la Catedral. En la puerta huele a mierda: un mendigo duerme bañado en sus heces. Nadie ha reparado en él y, si han olido el hedor, han mirado para otra parte. Antes de entrar nos sorprende otra persona, una muchacha: le baja los pantalones a su hijo de unos cuatro años y lo alza cual Rey León para que mee al aire.

Bajo el templo se encuentra el mausoleo de Monseñor Romero, arzobispo de San Salvador y defensor de los pobres, asesinado en 1980. Roberto continúa explicándome allí su teoría: cuando en 1992 acabó la lucha armada, algo debía llenar ese vacío de violencia. Siglos de masacres y asesinatos no podían evaporarse en un suspiro. El hueco que dejó el conflicto armado fue llenado por las maras y en pocos años El Salvador volvió a ser uno de los países más peligrosos del planeta.

Cuando vuelvo al hotel, rodeado de bares de alterne de madera desnuda, a pocas calles del centro, el encargado de las llaves tiene puesto el telediario. Una señora habla de la muerte de su marido. Le han asesinado a machetazos. La señora está escasamente alterada. Relata a las cámaras los detalles del crimen con frialdad ¿Está la violencia institucionalizada en este país? Abro ‘La Prensa Gráfica’ , el periódico de referencia en El Salvador. Por lo menos tres páginas están dedicadas a crímenes: decapitaciones, secuestros, tiroteos, violaciones… el pan de cada día en el país más violento de América.

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Dos apuntes para conocer más sobre El Salvador:

Elfaro.net, Sala Negra: probablemente la mejor web de reportajes íntegramente online en español de todo el mundo: http://www.salanegra.elfaro.net/

Aún con los errores típicos de toda película histórica, ‘Salvador’ de Oliver Stone posiblemente sea la película que más se ha acercado a la Guerra Civil salvadoreña (1980-1992). Su protagonista es un periodista venido a menos que quiere relanzar su carrera cubriendo la escalada de tensión en el país. Muy recomentable:


¿Asamblea de ‘losers’?

“Ente inoperante y costoso”. Al Parlamento Centroamericano (Parlacen) no le han dedicado palabras más dulces en los últimos años. “Cueva de inmunidades” lo denomina el presidente panameño, Ricardo Martinelli, el líder más crítico con su existencia, decidido a desvincular a su país del organismo regional. “Un lugar únicamente para una gran cantidad de gente ‘loser’, de perdedores que se quedan a parrandear y a beber con inmunidad”, lo califica.

No es una opinión aislada, sino cada vez más compartida por políticos y ciudadanos centroamericanos. El Parlacen fue creado en 1991 como medio para agilizar, fiscalizar y asegurar el éxito del Sica, como se conoce al Sistema de Integración Centroamericano. Casi 20 años después parece claro que el objetivo principal no se ha cumplido. La Unión Centroamericana no se ve más que como una utopía difícilmente realizable.

La creación de la cámara no pudo evaporar las fricciones entre sus miembros. Se han sucedido varios diferendos bilaterales que han terminado por minar sus ya de por sí frágiles estructuras internacionales. 2009 fue testigo de una dolorosa división debido al Golpe de Estado en Honduras. Nicaragua no reconoce aún a Porfirio Lobo como líder, aunque las posiciones se encuentran cada vez más cercanas gracias a la anulación de los juicios contra el ex presidente Zelaya.

La soberanía del Río San Juan es otro motivo de disputa. Costa Rica no pertenece al Parlacen, pero sus tensas relaciones con Nicaragua influyen de manera decisiva en la inestabilidad del territorio y, por ende, al fracaso del Sica. La última reunión bilateral entre ambos países se dio en Peñas Blancas, frontera común. Las mesas estaban dispuestas para que cada delegación se sentase en su territorio. Centroamérica se reflejaba así en la lejana Corea, pero esta vez los comensales hablaban español.

Por si las dificultades en la integración regional fuesen poco, la cámara se ha convertido en el paraíso de aquellos que gustan apropiarse de lo público para satisfacer sus insaciables apetitos de riqueza y poder. Hasta tres ex presidentes acusados de corrupción se han amparado en la inmunidad que garantiza la institución para evitar ser juzgados en sus países.

El nicaragüense Arnoldo Alemán, el guatemalteco Alfonso Portillo y la panameña Mireya Moscosa intentaron atenerse al derecho de antejuicio del Parlacén para evitar verse con los de toga y martillo. Los ex líderes de los países firmantes son miembros parlamentarios de todo derecho.

Lo cierto es que la mayoría de centroamericanos no sabe para qué sirve la cámara. Los diputados, 20 de cada país, se reúnen y cobran su salario, pero los frutos no son palpables. Quizá se trate de un problema de comunicación: su presencia mediática es nula. Sin embargo, en un itsmo tan ávido de buenas noticias, parece complicado.

Si el Parlacen es desconocido por los ciudadanos, para muchos políticos se trata de un retiro forzoso, una institución de segunda fila, “el lugar donde van las lacras de los partidos políticos”, según Martinelli. Existe un creciente rechazo a fungir como parlamentario centroamericano. Augusto Navarro, político nicaragüense, es uno de tantos que han renegado de una silla en esa institución: “no tengo ni el más mínimo deseo de estar en el Parlacen, porque a mí me da la impresión que es un desperdicio de recursos y no quisiera ser parte de ese desperdicio”, decía hace unas semanas.

Incluso pasa desapercibido para las instituciones internacionales. El presidente de la cámara, Dorindo Cortez, panameño, por cierto, no fue invitado al último congreso de la Unión Interparlamentaria, auspiciada por Naciones Unidas y celebrada en su país. Cuando arribó al edificio, la policía le sacó por la fuerza.

¿Cómo se podría transformar el Parlacen? Algunos abogan por la reducción del número de parlamentarios y la fiscalización de su ejecución presupuestaria para aumentar su productividad y, lo que no es menos importante, su credibilidad, pero otros abogan directamente por su disolución.

Tal es el caso del beligerante Martinelli. El líder sureño no ha dudado en utilizar todos los mecanismos legales a su alcance para desatar los lazos entre su país y el Parlacén. Una disposición de la Corte Centroamericana de Justicia declaró inaplicable la ley que desvinculaba a Panamá del organismo. La reacción del país canalero fue rechazar la jurisdicción de esta corte. Nunca había ratificado sus estatutos.

Martinelli ha encontrado apoyos entre votantes y detractores, así como entre una parte de centroamericanos que continuan considerando al Parlamento Centroamericano como una institución oscura e inoperante pero, eso sí, muy beneficiosa para los bolsillos de sus miembros.

Publicado en Elmundo.es