Periodismo narrativo

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Sólo una cifra en un papel tirado en la mesa de algún despacho

GreciaPeristeri1

Peristeri es un barrio griego de clase media. Está situado al oeste de Atenas, allí donde no suelen llegar las cámaras de las televisiones internacionales. Para muchas la capital griega es un plató de 300 metros alrededor de la plaza Syntagma. El resto de la ciudad se sabe que está, pero no existe.

De allí provienen las duras estadísticas que inundan semanalmente los telediarios. Caminando por Peristeri la crisis económica del país materializa su cara más dura. Muchos de los comercios han cerrado y gran parte de quienes caminan por sus calles lo hacen porque no tienen nada mejor que hacer. El desempleo en muchos barrios del extrarradio ateniense supera ampliamente el 26,9% de desempleo registrado en el país. Hay quien no tiene trabajo desde hace un lustro.

Voy a Peristeri invitado por la familia de un psicólogo de la Universidad de Atenas. Él mismo me propuso el viaje. El objetivo es conocer los problemas de los jubilados de clase media en Grecia. Para muchos la pobreza es un martirio psicológico que afecta más a quien nunca se vio entre los desfavorecidos que para aquellos duramente acostumbrados a ella. Ese es el caso de la familia de mi guía psicólogo.

La casa de sus padres no es pequeña. Tendrá unos 100 metros cuadrados, un amplio salón, tres habitaciones y una cocina. Se trata del típico piso de clase media helena. No parece siquiera una casa afectada por la crisis en Grecia. Al llegar me encuentro con una estancia repleta. Ocho personas han decidido acudir a la cita para hablar de sus problemas. Esteli y María han comprado pastas y recibo todo tipo de agasajos. La proverbial hospitalidad griega, un lujo para quien visite el país, vuelve a materializarse de nuevo.

No es oro, sin embargo, todo lo que reluce. Suena un estruendo al poco de comenzar la charla. Es Elefthería, una gran mujer de armas tomar, voluminosa y resuelta como un terremoto, corriendo hacia mí.

– “Mira, ¿Lo ves?”, pregunta con insistencia señalando a su boca abierta

– “No, no veo nada”

– “¿Pero cómo que no? ¡Mira mejor!”, exhorta a gritos.

Una muela picada es el motivo de sus quejas.

– “No tengo derecho a dentista gratuito y no me puedo pagar uno privado, ni pagar al doctor de la sanidad pública”, lamenta ciertamente indignada. “Si me ves gorda… no es porque coma mucho… sino porque sólo me puedo permitir pan y pasta”, explica con cierta resignación.

También el resto tiene problemas. Las pensiones han sido recortadas un 35% desde que comenzó la crisis y muchos jubilados sobreviven con 350 euros al mes. En muchas ocasiones ese dinero debe ser compartido con el resto de la familia debido al desempleo. Esa tragedia es la de Panayiotis. Cobra una pensión de 500 euros y con ella se alimentan él, su mujer, sus dos hijos, la mujer de uno de ellos y un nieto. Su mirada denota tristeza, pero ganas de seguir adelante. Jamás pensó poder encontrarse en la situación en la que está después de haber trabajado toda su vida.

Quienes creen que son invulnerables a la crisis, que “eso no me va a pasar a mí”, deberían mirarse en espejos como el suyo.

Los recortes no entienden de trabajadores ni de buenas personas. Para quien mete el tijeretazo, sólo se trata de números.

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Recuerda, la esperanza es algo bueno

2013-03-30 07.28.40Saqué esta foto en Nicosia el pasado 30 de marzo. Chipre acababa de pasar las dos semanas más difíciles de su historia reciente. Miles de personas habían perdido la mayor parte de sus ahorros en los días anteriores. El primer ‘corralito’ de la historia del Euro se los había llevado por delante.

Era una mañana de sábado, fresca y soleada. Muy pronto, a las nueve de la mañana. No se escuchaba ruido alguno en la calle, salvo el de las fichas del juego de mesa de estos dos taxistas. Como si nada importase, como seguramente habrían hecho decenas de mañanas durante los últimos años, los dos conductores se habían sentado en frente de la plaza central de la ciudad para echar una partida mientras esperaban clientes.

“Eleftherias”, se llama el lugar; “libertad”, se traduce al español. Me quede mirándolos durante varios minutos. Después de todo lo que había pasado, ellos dos seguían allí, jugando a su juego. Con menos clientes, seguro, pero jugando a su juego. Todo continúa, parecían decir. Incluso en las peores.

Chipre demostró durante la crisis lo que es el coraje. Muchos critican a los isleños por no haber protestado lo suficiente contra la decisión firmada por su gobierno y la Troika para recortar sus depósitos bancarios. Ellos, sin embargo, van ya un paso por delante, pensando en cómo reconstruir el país.

Fue un señor, su nombre no importa, quien me dijo delante de un banco una frase que resume el sentimiento chipriota tras la explosión de su crisis: “Cuando era niño salí corriendo de mi casa con mis hermanos mientras los turcos nos disparaban. Estaba desnudo. Levantamos el país cuatro años después de aquello. Esto no es nada”. La sinceridad en sus ojos me convenció de que la mayoría de chipriotas quieren luchar, pero lo van a hacer a su manera.

El gobierno propuso en un momento dado que los isleños aportasen fondos de manera voluntaria a una bolsa para salvar el país. Todos los que entrevisté esos días estaban dispuestos a contribuir para salvar el país. Me queda la duda de si eso ocurriría en otros lugares de Europa.

En todo ello pensaba mientras sonaban las fichas del juego de los taxistas aquella tranquila mañana de marzo. La tranquilidad de la escena, después de jornadas de carreras en las calles, supuso poner de alguna forma un punto y seguido en la crisis del país. Mientras finalizo estas líneas, ya en Atenas y unas semanas después, mi televisión proyecta la célebre ‘Cadena Perpetua’. Al final de la película, Red encuentra una carta de Andy con una frase inscrita en ella: “recuerda Red, la esperanza es algo bueno”, lee el protagonista interpretado por Morgan Freeman en la misiva. Quizá aquellos taxistas piensen lo mismo.


El rey, el banquero y el farolero: el mundo del Principito no ha cambiado


Si en el mundo actual, a mil millas de cualquier lugar habitado, alguien se encontrase a un Principito que no pareciera muerto de cansancio, ni muerto de hambre, ni muerto de sed, ni muerto de miedo, que no tuviera para nada el aspecto de un niño perdido, seguramente ese pequeño le relatase una historia similar a la que el Principito del Siglo XX le contó a Antoine de Saint-Exupéry.

El muchachito de pelo dorado del mundo actual también habría salido de su planeta en busca de aventuras. También habría caído en el Planeta de un Rey, porque en el mundo actual siguen existiendo los reyes. El impoluto monarca, esta vez de un planeta arenoso y soleado, no sería tan comedido como el que conoció el Principito del Siglo XX.

Desconocería su consigna, tantas veces desoída por otros monarcas a lo largo de la Historia, una consigna tan sencilla que pareciese obvia de toda obviedad: “Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, hará la revolución. Yo tengo el derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables”. Este Rey no entendería que la autoridad se fundamenta en primer lugar en la razón.

En el mundo actual el Principito se daría de bruces con reyes cuyas órdenes no son razonables.

Abandonado el planeta arenoso y soleado, el Principito contemporáneo caería, como su antecesor, en el sobrio planeta de un hombre de negocios, solo que el hombre de negocios sería más avaricioso y tendría más estrellas brillantes que nunca.

Junto a sus amigos, el codicioso magnate habría creado un fondo de inversión o algún otro tipo de artilugio moderno, con el objetivo de poseer las estrellas sobre las que reinan inútilmente los reyes, porque en realidad no son suyas sino de los hombres de negocios. Por supuesto, habría asegurado a sus estrellas con derivados y CDS en el mercado secundario de estrellas.

– ¿Con qué intención?- Le preguntaría ignorantemente el Principito.

– Ninguna, poseerlas- respondería igualmente el hombre de negocios

– ¿Y para qué te sirve poseer las estrellas?- preguntaría atónito el Principito

– Para ser rico- respondería igualmente el hombre de negocios.

Desde luego, el Principito del Siglo XXI tampoco entendería el mundo de los mayores.

Su animoso camino volvería a llevarle al planeta de un farolero afanado en encender un farol durante todos los días de su vida.

– ¿Por qué?-  Preguntaría el Principito.

– Es la consigna – respondería igualmente el farolero – Buenos días.

– ¿Qué es la consigna?- Preguntaría el Principito-

– Apagar el farol – respondería igualmente el farolero- Buenas noches.

– No lo entiendo- volvería a inquirir el pequeño de pelo de oro.

– No hay nada que compender- diría igualmente el farolero- la consigna es la consigna.

Pero algo no iría bien desde tiempo atrás. El farolero habría trabajado cada vez más y más y más todavía cada vez, y recibiría menos dinero por su trabajo. Pero la consigna era que trabajase de esa manera para evitar la recesión de su planeta. Los políticos de su planeta también habían admitido esa ciega consigna como cierta. “La consigna es la consigna”: era una idea tan atractiva que el Principito no podía sacársela de la cabeza. Quizá tuviesen razón al fin y al cabo. Son mayoría los que piensan así y los faroleros les siguen convencidos y sin rechistar.

“Ése – se diría igualmente el Principito continuando su viaje- ése sería despreciado por todos los otros: por el rey y por el hombre de negocios. Sin embargo, es el único que no me parece ridículo. Es, quizá, porque se ocupa de algo más que de sí mismo.”

Suspiraría, como su predecesor del siglo anterior también había hecho, y se diría igualmente:  “Ése es el único que podría haber sido mi amigo”. Por fortuna, eso no se ha perdido en este mundo más avanzado. Seguimos teniendo quien nos domestique y disfrutamos siendo domesticados y teniendo grandes amigos. Con eso no podrán.