Periodismo narrativo

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‘Valeverguistas’

Vale verga* Expresión nicaragüense cuyo significado es ‘no pasa nada’ o  ‘me da igual’, muy utilizada según en qué situaciones.

Eso es lo que debió pensar el guía que me asignaron en el volcán Masaya. Acabábamos de descender unos 20 metros de una pared casi vertical para meternos en el interior de uno de sus cráteres. Resbalé un par de veces pero por suerte, eso sí, la roca volcánica tenía buenas sujecciones naturales y me pude agarrar no sin alguna complicación.

Todo fuera por las mejores fotos y la experiencia más inmersiva posible en el volcán. Había ido allí a realizar sobre el terreno un reportaje acerca de la leyenda negra del volcán para la revista Año Cero (Ver aquí).

En Nicaragua, los ‘valeverguistas’ son mayoría. Es otra forma de ver la vida, menos pautada y cuadriculada que la de occidente. Más peligrosa, eso sí. En Europa nadie me hubiese dejado descender a un volcán por varias paredes verticales sin sujección o protección algunas. Lo que unos llaman temeridad es el día a día para otros. Como este ejemplo hay infinidad en Centroamérica.

El chele, la mochila y el bus

Una señora mayor me mira bastante perpleja tras subir los dos escalones que dan acceso al ‘bus’.

-¿Qué demonios hace este gringo aquí?- se preguntará seguramente.

No es normal ver a un blanquito ‘ojoazulado’ abordar un autobús de línea en el centro de San Salvador, la capital más peligrosa de América. Menos aún si está acompañado por otro blanquito y portando una gran mochila.

-¿Es que están locos?- parecen decir con la mirada el resto de pasajeros.

-No temen por nosotros- me dice Roberto Valencia, periodista vasco de ‘El Faro‘, mi acompañante -Sino por ellos.

Atraemos a los mareros y nunca se sabe dónde puede llegar una bala perdida: aquí los buses se atracan a punta de pistola. De varias pistolas.

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Si alguien quiere acercarse más a la realidad de las pandillas en El Salvador, le recomiendo el documental ‘La vida loca’, un trabajo de meses en el barrio de La Campanera, en Soyapango, El Salvador, plaza fuerte de la mara ‘Barrio 18’, que le costó la vida a su creador, Christian Poveda.

Esta versión de Youtube tiene mala calidad, pero vale como introducción:

¿Violencia heredada?

Una simpática muchacha de amplia sonrisa me sirve la mastodóntica hamburguesa casera que pedí hace cinco minutos. Estoy en centro de San Salvador, la capital de El Salvador, compartiendo unas cervezas con mi amigo Roberto Valencia, periodista vasco de la web ‘El Faro’. La ciudad de las maras es una de las capitales más violentas del mundo, con 95 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Su frenético centro es un enorme bazar mezclado con los monumentos históricos del país, compendio sofocante y colorido de edificios históricos, comercios modestos con las fachadas desbaratadas, grandes plazas y miles de toldos de plástico y puestos de madera que invaden la calzada, apenas distinguible entre los angostos pasadizos formados por los comercios ambulantes. Un gran bullicio y actividad tiene lugar estos laberínticos corredores.

Según dicen, es peligroso. Mi amigo me explica cómo los ricos rechazan venir al centro: además de temer asaltos, debe ser un orgullo no mezclarse con la chusma de estas calles. Las televisiones diseminadas por el aeropuerto de Comalapa emiten constantemente vídeos promocionales de la capital. La imagen corta el teatro nacional por la mitad superior de sus cuatro pisos. El cámara no quiere seguir bajando: en la base del edificio hay apostados decenas de puestecitos de madera. No debe dar buena imagen para el turista: es difícil, aún estando en plena calle, ver la puerta del auditorio.

Para llegar al puestecito de hamburguesas, el favorito de Roberto, profundo en el mercado, hemos tenido que zafarnos decenas de veces de los brazos de unas vendedoras deseosas de meterte en su tienda. Es la costumbre. Aquí no te invitan a entrar, te empujan al interior: “Seguramente hayas pasado ya a varios pandilleros, este es uno de sus lugares preferidos” advierte mi amigo, familiarizado con las calles de la capital.

El tema de la charla es obligado: El Salvador es el país más peligroso de América con 71 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Pandillas como la famosa Mara Salvatrucha son un poder de facto en las calles del país. Creadas por emigrantes centroamericanos en EEUU, volvieron a sus países de origen cuando fueron expulsados del rico norte ¿Por qué su violencia, muchas veces gratuita? Mi amigo tiene muchas explicaciones  -pobreza, exclusión social, fanatismo, narcotráfico- y una teoría: la herencia de la violencia.

Me explica como históricamente El Salvador no tuvo un periodo sin violencia hasta 1992: los mayas, pueblo idealizado por la cultura occidental, en realidad disputaron cruentas guerras civiles. La llegada de los españoles no detuvo esos conflictos: al contrario, los espolearon cuando varios líderes tribales vendieron sus ejércitos a los conquistadores para vencer a sus enemigos. Por supuesto, los únicos victoriosos fueron los extranjeros que acabaron sometiendo a los nativos y abocándoles a una vida de servidumbre. Tras la independencia comenzaron las guerras entre liberales y conservadores, decenas de alzamientos, golpes de Estado y el funesto intervencionismo ‘yankee’ que tantos muertos ha producido. Más tarde, la ‘Guerra del Fútbol’ con Honduras y los doce años de funesta guerra civil, concluidos en 1992.

Continuamos nuestro recorrido hacia la Catedral. En la puerta huele a mierda: un mendigo duerme bañado en sus heces. Nadie ha reparado en él y, si han olido el hedor, han mirado para otra parte. Antes de entrar nos sorprende otra persona, una muchacha: le baja los pantalones a su hijo de unos cuatro años y lo alza cual Rey León para que mee al aire.

Bajo el templo se encuentra el mausoleo de Monseñor Romero, arzobispo de San Salvador y defensor de los pobres, asesinado en 1980. Roberto continúa explicándome allí su teoría: cuando en 1992 acabó la lucha armada, algo debía llenar ese vacío de violencia. Siglos de masacres y asesinatos no podían evaporarse en un suspiro. El hueco que dejó el conflicto armado fue llenado por las maras y en pocos años El Salvador volvió a ser uno de los países más peligrosos del planeta.

Cuando vuelvo al hotel, rodeado de bares de alterne de madera desnuda, a pocas calles del centro, el encargado de las llaves tiene puesto el telediario. Una señora habla de la muerte de su marido. Le han asesinado a machetazos. La señora está escasamente alterada. Relata a las cámaras los detalles del crimen con frialdad ¿Está la violencia institucionalizada en este país? Abro ‘La Prensa Gráfica’ , el periódico de referencia en El Salvador. Por lo menos tres páginas están dedicadas a crímenes: decapitaciones, secuestros, tiroteos, violaciones… el pan de cada día en el país más violento de América.

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Dos apuntes para conocer más sobre El Salvador:

Elfaro.net, Sala Negra: probablemente la mejor web de reportajes íntegramente online en español de todo el mundo: http://www.salanegra.elfaro.net/

Aún con los errores típicos de toda película histórica, ‘Salvador’ de Oliver Stone posiblemente sea la película que más se ha acercado a la Guerra Civil salvadoreña (1980-1992). Su protagonista es un periodista venido a menos que quiere relanzar su carrera cubriendo la escalada de tensión en el país. Muy recomentable:

Lo peor es que era verdad

Nadie creía la historia de José Arcadio Segundo Buendía. La masacre bananera jamás existió. Eran meras habladurías, cuentos de locos. Nadie la había visto ¿Cómo iba a ser verdad?

Muchos años antes, un capitán había dado la orden de fuego para masacrar a miles de huelguistas de las bananeras, una “cuadrilla de malhechores” reunidos previamente en la estación de tren de Macondo.

Catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre la muchedumbre compacta que parecía petrificada por una invulnerabilidad instantánea.

De pronto, a un lado de la estación un grito de muerte desgarró el encantamiento: “Aaaay, mi madre.” Una fuerza sísmica, un aliento volcánico, un rugido de cataclismo, estallaron en el centro de la muchedumbre con una descomunal potencia expansiva.

– ¡Tírense al suelo! ¡Tírense al suelo!

Ya los de las primeras líneas lo habían hecho, barridos por las ráfagas de metralla.

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Lo peor de esta historia, palabras robadas al Maestro de su célebre ‘Cien años de soledad’, es que es verdad… ocurrió en Ciénaga, Colombia, en 1928.

Estoy investigando a las grandes bananeras para un artículo en una revista nacional. Cada obra, documento, telegrama o memorando que leo me llevan a la misma pregunta: ¿Cómo algo tan inocente como un plátano ha podido verter tanta sangre y causar tanta miseria?

Historias pinoleras: la casa de Doña Vicky

Tenía mirada de sabia. Podría responder cualquier pregunta sobre el campo antes de haber finalizado siquiera la pregunta. Sus ojos negros, pequeñitos, se asomaban entre arrugas detrás de unos anteojos regulados para ver tanto de cerca como de lejos. Con una cuerdecita blanca impedía que se le fueran al suelo en un momento de despiste. Hablaba lento,  pero sin seleccionar las palabras. Simplemente no hallaba razón para hablar rápido, esa mala costumbre de la gente de ciudad.

Doña Vicky tenía la piel cuarteada producto de tantos años viviendo bajo el inclemente sol del Trópico. Ese sol de miserias pero también de optimismo y lucha. Su tez era tostada, pero no tanto como la de su marido, José. A él le recuerdo todavía fuerte para sus sesenta años, sentado sobre una mecedora, viendo televisión o simplemente pensando, en camisa interior blanca y cortos vaqueros. Ambos amables y cariñosos como sólo la gente de pueblo lo es.

Viven en una pequeña casa de madera con cuatro muebles. Aún así, más grande que la de varios vecinos. Ellos al menos tienen tres estancias, baño y una pequeña cocina. En El Castillo, no todos pueden decir lo mismo.

Llegué a esta localidad nicaragüense de la única forma posible: en panga. Esa suerte de navío bimotor, donde apenas caben 30 personas apretadas, es el único medio de transporte que llega al pueblo, profundo en el Río San Juan, inhóspita y disputada frontera entre Nicaragua y Costa Rica. El Castillo es la última localidad nicaragüense en la linde sur del río. Pocos kilómetros pasado este emplazamiento de casas de madera esa orilla pasa a formar parte de Costa Rica.

Allí no hay automóviles y el único ruido molesto para los pájaros es el de los grandes altavoces de algunos vecinos. Pero ¿Qué es un nicaragüense sin música? Vayas donde vayas, los acordes de la salsa, bachata, reguetón o la electrónica lo impregnan todo, incluso en los lugares más recónditos: la vida es más divertida con música.

Un amigo me había dado el contacto de Doña Vicky para pasar la noche en El Castillo. Como habíamos acordado por teléfono, me estaba esperando a las puertas de la fortaleza de la Inmaculada Concepción, la construcción española tricentenaria razón del nombre del poblado. Allí estaba, con su sonrisa de oreja a oreja, esperando mi llegada.

Enseguida me llevó a su casa. La madera tronaba a cada paso de mis pies. Me pareció que me había dado la mejor estancia de todo el lugar, no sólo por su situación, junto al salón, sino por la cama doble allí dispuesta. Me negué, pero con el dedo en sus labios en señal de silencio me hizo desistir. Es inútil discutir cuestiones de hospitalidad con alguien como Doña Vicky. Allí me dejó, arreglando mis cosas, mientras ella iba a la Iglesia, como todos los días.

La cena transcurrió entre charlas sobre nicaragua y España, como suele ocurrir con el extranjero. Otras dos chicas, biólogas pinoleras, se alojaban allí aquel día. Doña Vicky pasó toda la velada con nosotros, con los ojos bien abiertos escuchando historias de la ciudad y otros países. Don José, en su mecedora, seguía absorto en sus pensamientos mientras veía la televisión. De vez en cuando se introducía en la conversación. Es muy difícil prestar atención a uno mismo, a la televisión y a los demás a la vez, pero él estaba muy entrenado en la materia.

La mañana siguiente, tras despedirme de Doña Vicky, me disponía a ir al muelle, cuando ella me llamó. Estaba preparándome un desayuno humilde, tortillas con queso, pero suficiente para demostrar de nuevo una máxima universal: los que menos tienen son los que más dan. Pero también los que menos tienen son los más obligados a dar para los poderosos en este mezquino y desigual mundo donde vivimos.

Los otros rostros del embargo

A Hamir, Hassán y Ahmad, por utilizar tres de los nombre iraníes más corrientes, seguramente les interesará poco el programa nuclear de su país. Quizá ni siquiera apoyen a Mahmud Ahmadineyad, su presidente. Lo seguro es que, tanto si viven en el campo como en la ciudad, habrán visto como su nivel de vida ha descendido drásticamente en los últimos meses. Los telediarios y la prensa  de medio mundo se han centrado en diseccionar las recientes sanciones económicas contra Irán olvidándose de las miles de personas abocadas a sufrir el desabastecimiento y el hambre que seguramente ya estén tocando a sus puertas.

Probablemente en este momento haya miles de familias preguntándose qué van a comer mañana por culpa de los diversos embargos unas potencias occidentales acostumbradas a mirar hacia otro lado. Su culpa: vivir en un país donde muy posiblemente se esté desarrollando la bomba atómica. ¿De qué servirá su sufrimiento? ¿Propiciará que Ahmadineyad desista? Los precedentes -con el caso cubano o el palestino como elocuentes ejemplos- deberían habernos demostrado que es un chantaje tan recurrido como poco eficaz. El único sufridor, en cualquier caso, es el pueblo.

Por el contrario, sí servirá para exacerbar el odio hacia occidente, una rabia esta vez sustentada en un hecho muy real y doloroso: por su culpa no tienen un plato para comer, nuestras sanciones son su miseria. A las familias iraníes les han embargado su alimento y sus ahorros por un conflicto que no es suyo, sino de las élites. Siendo como es el hambre, la ira se volverá contra quienes la han propiciado; contra el extranjero, antes que contra el patrio, por un corriente razonamiento nacionalista.

Además, parece difícil que un embargo haga cambiar los planes nucleares iraníes. Por el contrario, empieza a tomar fuerza un posible conflicto en el estrecho de Ormuz: si los persas cierran el paso, habrá conflicto. No puede ser de otra forma. Si se bloquea el lugar por donde pasa el 35% del petróleo del mundo, el preciado maná global, el extremo de las armas será difícilmente evitable. A esa situación se habrá llegado por una falta de entendimiento evidente entre las dos partes. Quizá ninguna de las dos  haya realizado un esfuerzo real por entenderse. Habría que preguntarse también quien tiene el derecho y la razón. A Hamir Hassán y Ahmad poco les debe importar que Irán esté desarollando la bomba atómica: ellos ya están sufriendo la de la miseria.

Zumbidos en la noche

Encontrar la manera de dormir cuando estás rodeado por decenas de mosquitos tropicales en una habitación sin ventilador -algo ahuyentan- es complicado. Una solución podría ser dejar la mente en blanco, intentar olvidar que estás siendo vampirizado y concentrarte en el sueño en vez de en las picaduras. Pero seamos realistas, para un occidental acostumbrado a insectos mucho menos insistentes es una tarea difícil. Más aún si el lugar donde estás durmiendo se encuentra junto a un río. Allí es donde ponen sus huevos. Como consecuencia, ni la violencia sirve: por cada mosquito muerto volverán dos más con ganas de guerra.

En esas me hallo, a orillas del pacífico, en la aislada localidad nicaragüense de El Ostional. Salvador, mi anfitrión, ha dispuesto muy amablemente su oficina como improvisada habitación para pasar la noche. Me avisa:

-¿Quieres una red para los mosquitos?

Rehuso la propuesta. Nunca he sido muy amigo de esos utensilios. Además, tampoco había dónde colgarlo. Craso error: a los treinta minutos, cuando él ya se había ido, acepto que no iba a dormir mucho esa noche. Llega un momento en que se pierde la noción del tiempo. No sabes si has estado tirado en el colchón durante una hora o tres. La melodía de la noche es constante: un remanso de paz adornado con la bella orquesta de las olas rompiendo contra la arena. Sería idílico de no ser por el otro sonido nocturno, un incesante ZZZZZZZ.

-ZZZZZZZZZZZZZZZZ                        ZZZZZZZZZZZZZZZZ

-ZZZZZZZZZZZZZZZ             ZZZZ    ZZZZZZZZZZZZZZZZ

-Todo tranquilo, ya se han id… ¡PERO NO! ZZZZZZZZZZZZZZZ        ZZZZZZ   ZZZZZZZZZ

El ruido de los zancudos, los enormes mosquitos de Nicaragua, pasa cada pocos segundos por los oídos. ZZZZZZZZ ZZZZZZ Algunas veces pasan más lejos, otras más cerca. Cuando eso sucede, se pueden incluso sentir las diminutas ondas de aire despedidas por sus alas.

De repente, empieza a picar la espalda. Mierda. Me había dado la vuelta unos segundos antes y la sábana había dejado al descubierto esa parte. Vuelvo a ponerla en su sitio. Sin embargo, ni eso funciona en muchas ocasiones: algunos mosquitos intrépidos pueden atravesar las sábanas y hacer un verdadero estropicio a través de ellas. Me pican las muñecas, algo muy desagradable, pero intento no pensar en el escozor.

Me levanto y me pongo la sudadera. Quizá sea lo mejor para que no me piquen en el brazo. No van a poder atravesar su grosura. Efectivamente, no pueden. Pero estoy durmiendo en el trópico y, aunque es bien conocida la capacidad del mar para suavizar las temperaturas, el sudor de mi frente y la sensación de ahogo me obligan a cambiar parte del plan: me quito la camiseta interior y dejo la sudadera puesta. El calor desciende, parece que las cosas mejoran.

Pienso en taparme mejor. Con mucho trabajo, consigo que sólo me quede al descubierto una pequeña parte de la cara, lo necesario para respirar y evitar una desgracia en mi afán por librarme de los zancudos. Pero mi plan tiene un fallo: ha quedado al descubierto una parte de la cara. Los mosquitos no son muy dados a picarte en el rostro, pero no les queda más remedio en esta ocasión. Y ejecutan a la perfección su plan. Un mosquito espía, silencioso, me pica en la cara a traición… incluso en el borde del labio. Cuando te muerden en esa lugar tan sensible, puedes sentir cómo crece el bulto alérgico poco a poco. Lo bueno es que no pueden picar más ahí. Lo malo es que tu cara parece un volcán en erupción.

Se hace de día y pienso que no he dormido más que una hora y media, como mucho, de manera intermitente. Eso sí, el espectáculo ante mis ojos, un precioso amanecer en primera línea de la playa de El Ostional, no tiene parangón. La noche ha merecido la pena con semejante alba. Eso sí, la próxima vez encontraré como sea la manera de colgar el mosquitero y, aunque se filtre menos brisa, recordaré que mis amigos los zancudos están esperando impacientes tras la red.