Periodismo narrativo

Costa Rica

El rey, el banquero y el farolero: el mundo del Principito no ha cambiado


Si en el mundo actual, a mil millas de cualquier lugar habitado, alguien se encontrase a un Principito que no pareciera muerto de cansancio, ni muerto de hambre, ni muerto de sed, ni muerto de miedo, que no tuviera para nada el aspecto de un niño perdido, seguramente ese pequeño le relatase una historia similar a la que el Principito del Siglo XX le contó a Antoine de Saint-Exupéry.

El muchachito de pelo dorado del mundo actual también habría salido de su planeta en busca de aventuras. También habría caído en el Planeta de un Rey, porque en el mundo actual siguen existiendo los reyes. El impoluto monarca, esta vez de un planeta arenoso y soleado, no sería tan comedido como el que conoció el Principito del Siglo XX.

Desconocería su consigna, tantas veces desoída por otros monarcas a lo largo de la Historia, una consigna tan sencilla que pareciese obvia de toda obviedad: “Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, hará la revolución. Yo tengo el derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables”. Este Rey no entendería que la autoridad se fundamenta en primer lugar en la razón.

En el mundo actual el Principito se daría de bruces con reyes cuyas órdenes no son razonables.

Abandonado el planeta arenoso y soleado, el Principito contemporáneo caería, como su antecesor, en el sobrio planeta de un hombre de negocios, solo que el hombre de negocios sería más avaricioso y tendría más estrellas brillantes que nunca.

Junto a sus amigos, el codicioso magnate habría creado un fondo de inversión o algún otro tipo de artilugio moderno, con el objetivo de poseer las estrellas sobre las que reinan inútilmente los reyes, porque en realidad no son suyas sino de los hombres de negocios. Por supuesto, habría asegurado a sus estrellas con derivados y CDS en el mercado secundario de estrellas.

– ¿Con qué intención?- Le preguntaría ignorantemente el Principito.

– Ninguna, poseerlas- respondería igualmente el hombre de negocios

– ¿Y para qué te sirve poseer las estrellas?- preguntaría atónito el Principito

– Para ser rico- respondería igualmente el hombre de negocios.

Desde luego, el Principito del Siglo XXI tampoco entendería el mundo de los mayores.

Su animoso camino volvería a llevarle al planeta de un farolero afanado en encender un farol durante todos los días de su vida.

– ¿Por qué?-  Preguntaría el Principito.

– Es la consigna – respondería igualmente el farolero – Buenos días.

– ¿Qué es la consigna?- Preguntaría el Principito-

– Apagar el farol – respondería igualmente el farolero- Buenas noches.

– No lo entiendo- volvería a inquirir el pequeño de pelo de oro.

– No hay nada que compender- diría igualmente el farolero- la consigna es la consigna.

Pero algo no iría bien desde tiempo atrás. El farolero habría trabajado cada vez más y más y más todavía cada vez, y recibiría menos dinero por su trabajo. Pero la consigna era que trabajase de esa manera para evitar la recesión de su planeta. Los políticos de su planeta también habían admitido esa ciega consigna como cierta. “La consigna es la consigna”: era una idea tan atractiva que el Principito no podía sacársela de la cabeza. Quizá tuviesen razón al fin y al cabo. Son mayoría los que piensan así y los faroleros les siguen convencidos y sin rechistar.

“Ése – se diría igualmente el Principito continuando su viaje- ése sería despreciado por todos los otros: por el rey y por el hombre de negocios. Sin embargo, es el único que no me parece ridículo. Es, quizá, porque se ocupa de algo más que de sí mismo.”

Suspiraría, como su predecesor del siglo anterior también había hecho, y se diría igualmente:  “Ése es el único que podría haber sido mi amigo”. Por fortuna, eso no se ha perdido en este mundo más avanzado. Seguimos teniendo quien nos domestique y disfrutamos siendo domesticados y teniendo grandes amigos. Con eso no podrán.


Aguas turbulentas corren en los confines

“Las fonteras son una tontería, las ha inventado el hombre para romper la naturaleza” me dijo el señor Johnson en su español criollo mirándome fíjamente a los ojos. En su pequeña casa azul se preparaban para pasar una tranquila noche caribeña cuando llegué a deshoras preguntando qué había de cena. Estaba en San Juan del Norte, Nicaragua, pero en su televisión,  como en el resto de las del pueblo, se emitía el noticiero de Costa Rica. La explicación a tan extraño suceso es sencilla: San Juan del Norte se encuentra a pocos kilómetros del pueblo costarricense más cercano y a centenares del nicaragüense más próximo.

Situado en la desembocadura del Río San Juan en el Caribe, en plena Reserva Natural Indio Maíz, a tan singular lugar sólo se puede llegar en las pequeñas embarcaciones a motor, llamadas pangas, que zarpan dos veces a la semana desde San Carlos, al inicio del Río, en un trayecto de 14 horas, o en otra larga travesía a través del mar.

Hasta no hace mucho, las relaciones diplomáticas con Costa Rica estaban tan normalizadas que el señor Johnson y su familia iban al médico e incluso al mercado al otro lado del Río. Sus hijos acudían a la escuela local. Con el comienzo de las hostilidades entre Nicaragua y el país vecino, la situación cambió: ya no habría más relación con el otro lado, salvo en ocasiones de urgencia. El viejo criollo, más negro que el tizón, de mirada y hablar animosos a pesar de su edad, lamentaba que sus hijos no vayan a tener las mismas oportunidades:

Yo sólo quiero que mis hijos vivan en paz y no estén separados por fronteras -comenzó a relatar cuando la complicidad le arrebató la timidez- Tengo familia en Costa Rica, un hijo estudiando allí, y ahora no puedo ir a verle cuando desee a pesar de tener la doble nacionalidad porque el transporte es más complicado.

En San Juan del Norte casi todo el mundo tiene la doble nacionalidad. Es más, la mayoría de familias decidieron tener sus hijos en la otra orilla, donde, además de mejores condiciones sanitarias existe el derecho de reclamar un pasaporte costarricense, muy preciado entre los ‘nicas’ por tratarse de un país con mayor poder económico. Ahora, las relaciones están rotas.

En la pequeña San Juan del Norte, donde el salitre y la humedad del cercano caribe penetran hasta las entrañas de los hombres y los mosquitos atacan en hordas incontrolables a quien se aventure a transitar las zonas menos concurridas, han construido una escuela para que los niños tengan donde estudiar porque ya no pueden cruzar el río. También un centro de salud propio.

Lo cierto es que, navegando por el Río San Juan, es difícil no compartir sensaciones con el señor Johnson. En este caso, la frontera entre Nicaragua y Costa Rica ha roto la armonía natural de la naturaleza y ha sido la causante de decenas de diferendos entre ambos países.

La última polémica surgida en octubre de 2010 se encuentra en su punto álgido: Costa Rica está finalizando la construcción de una carretera en la linde sur del Río provocando las protestas nicaragüenses por vertido de sedimentos en el cauce, perteneciente a su jurisdicción, así como la linde norte. El gobierno de Daniel Ortega ha reaccionado anunciando el retorno de los centenarios planes para construir un canal interoceánico usando el San Juan, respondido con iras desde el otro lado.

Sea como sea, en el pueblo del viejo cementerio inglés y la solitaria playa caribeña esperan ansiosos la finalización del diferendo. También el señor Johnson:

-“Mucho hablan y al final es siempre lo mismo” – me dijo el señor Johnson alzando la mirada.

El sonido del papel de aluminio decía que mi cena estaba casi lista: un sandwich de jamón york con algo de ensalada. Podía pagar, como no, con colones costarricenses o córdobas nicaragüenses. Al final fueron córdobas: 40, poco más de un euro en España, pero suficiente para tener un plato con arroz, frijoles y pollo en otras ciudades de Nicaragua. La escasez de suministros hace que cualquier cosa que no sea pescado  sea mucho más cara en San Juan del Norte que en el resto del país.


Lo peor es que era verdad

Nadie creía la historia de José Arcadio Segundo Buendía. La masacre bananera jamás existió. Eran meras habladurías, cuentos de locos. Nadie la había visto ¿Cómo iba a ser verdad?

Muchos años antes, un capitán había dado la orden de fuego para masacrar a miles de huelguistas de las bananeras, una “cuadrilla de malhechores” reunidos previamente en la estación de tren de Macondo.

Catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre la muchedumbre compacta que parecía petrificada por una invulnerabilidad instantánea.

De pronto, a un lado de la estación un grito de muerte desgarró el encantamiento: “Aaaay, mi madre.” Una fuerza sísmica, un aliento volcánico, un rugido de cataclismo, estallaron en el centro de la muchedumbre con una descomunal potencia expansiva.

– ¡Tírense al suelo! ¡Tírense al suelo!

Ya los de las primeras líneas lo habían hecho, barridos por las ráfagas de metralla.

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Lo peor de esta historia, palabras robadas al Maestro de su célebre ‘Cien años de soledad’, es que es verdad… ocurrió en Ciénaga, Colombia, en 1928.

Estoy investigando a las grandes bananeras para un artículo en una revista nacional. Cada obra, documento, telegrama o memorando que leo me llevan a la misma pregunta: ¿Cómo algo tan inocente como un plátano ha podido verter tanta sangre y causar tanta miseria?


Talento de entrevistado

Tras dos meses de espera, varias demoras, una operación de vesícula y una agradable lluvia desprovisto de paraguas, tuve la oportunidad de entrevistar a Laura Chinchilla, la presidenta de Costa Rica. Me encontré a una mujer con las ideas muy claras y mucha habilidad para comunicarlas. Es lo que yo llamo talento de entrevistado. En mi todavía escasa experiencia, me he encontrado dos grandes tipos de políticos: los que dan veinte rodeos para contarte algo que podrían haber explicado en dos frases y aquellos que comunican sus ideas sin más disfraz. Laura Chinchilla es de los segundos.

Tuve unos escasos 30 minutos para realizar la entrevista. Había preparado, como suelo hacer, 15 preguntas inexcusables y otras 10 a cuestionar dependiendo el tiempo disponible. No sólo se las hice todas, sino que tuve que improvisar alguna más al sobrar un poco de tiempo. Sólo intervine un par de veces para cambiar la dirección de alguna respuesta que se estaba yendo demasiado de enfoque, y otras tantas para inquirir más sobre una pregunta en concreto. Por lo demás, la presidenta se ciñó a los enunciados y no vaciló en responder alguna  pregunta de cabroncete. Nunca se sale de una entrevista totalmente satisfecho. Uno piensa que podría haber indagado más. Esta vez no fue una excepción pero, dado el tiempo que tenía y su naturaleza, en clave de mujer, salí mucho más conforme que en otras ocasiones.

Tampoco tuvo problema en posar para la fotógrafa Camille Zurcher (excelente, por cierto) algo que sus secretarios no nos habían podido asegurar. Suele ocurrir: muchos de ellos temen incomodar al jefe pero, cuando uno se lo termina pidiendo en persona de forma educada, muy pocos se niegan.

Que su marido sea de Granada, España, contibuyó también a crear un buen ambiente. Como buen granaíno, me encanta comprobar la inmediata sonrisa reflejada en los rostros de quien ha estado en mi ciudad y evoca sus callejuelas y rincones. Suele ser un gesto sincero. También así me pareció ver reaccionar a Laura Chinchilla.

La entrevista será publicada próximamente en la revista Yo Dona, distribuida los sábados junto al diario El Mundo. Espero que os guste.


El vídeo que no pudo publicarse

Hace dos semanas me desplacé a Costa Rica para entrevistar a Chito, conocido como el ‘Tarzán Tico’, un peculiar personaje: tenía un cocodrilo como mejor amigo. Me llevé un grato recuerdo de él y su esposa Olga. Me atendieron en cuanto pudieron e intercambiamos buenas conversaciones.

El reportaje sobre los dos amigos iba a salir publicado en Crónica. No pudo ser: Pocho murió a los pocos días. Fui, junto al programa de Univisión ‘Primer Impacto’, el último en tener la oportunidad de entrevistar a Chito antes de la muerte de su compañero. Cuando yo llegué al lugar, el cocodrilo apenas se movía. Chito dijo que la razón era el periodo de celo, pero lamentablemente ignoraba que el cocodrilo estaba grave. Por lo que sé, no lo está pasando nada bien. En su memoria quedarán los grandes momentos pasados junto a su amigo lagarto.

Finalmente publiqué la historia en El Mundo América. Tuve, claro está, que cambiar el texto y el vídeo. En homenaje a Chito y a Pocho, he decidido publicar en el blog la idea inicial del vídeo. La historia de una bonita amistad.


La travesía del Río San Juan

El Río San Juan, frontera entre Nicaragua y Costa Rica, es uno de los lugares más apasionantes del país pinolero. Lugar predilecto para el paso de migrantes indocumentados, sus riberas son una muestra de los contrastes entre los dos países. El lugar se ha militarizado con la reciente disputa entre Nicaragua y Costa Rica en La Haya. No había publicado este vídeo reportaje que hice hace cuatro meses en América Indómita, así que ahí va:


Nadie dijo que el futuro fuese hoy

De Nicaragua a Costa Rica no sólo viajan migrantes en busca de un salario mejor u otras condiciones de vida. También hay quienes escapan por su opción sexual. Esa es la historia de Itzmin: Quiso ser enfermero, pero acabó sembrando palma por dos dólares diarios ¿Su delito? Le gustan los hombres.

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Conocí a Itzmin en el pequeño embarcadero de San Carlos, Nicaragua, donde comienza el Río San Juan, frontera natural con Costa Rica. Era un muchacho de unos 22 años, baja estatura y muy delgado. Al contrario que la mayoría de nicaragüenses, mantenía una larga cabellera negra deslizada sobre sus estrechos hombros. El aspecto de su pelo revelaba dónde había pasado los últimos días: el trabajo diario en el campo es exigente.

El chaval tenía un cierto aspecto rockero… cualquiera diría que acababa de salir de un concierto de heavy metal. Por cierto, la música que le gusta. Le había visto antes en la Casa del Migrante que Cáritas montó en la localidad, paso obligado para tantas almas que cruzarán la frontera ilegalmente en busca de un futuro mejor. Todo su equipaje era una pequeña mochila y unas grandes botas de plástico, indumentaria necesaria para cruzar con éxito los grandes lodazales que le llevarían a Costa Rica.

Le había oído pedir a la asistente del refugio que le llenase la botella de agua. Le dijo que esa misma noche intentaría cruzar, junto a otros compañeros, la frontera hacia el país vecino. La vez anterior le pillaron una vez cruzó los límites. Su error fue caminar por una carretera secundaria. Esta vez había decidido evitar todos los caminos. Tras llenar el recipiente de plástico, dio media vuelta y se fue. Me quedé con ganas de saber más de él, así que me dirigí también al puerto.

Allí lo encontré, junto a dos amigos, sentado en uno de los pequeños banquitos dispuestos ante la puerta del embarcadero. La pequeña habitación estaba dispuesta de tal manera que era difícil que entrase algo de aire. Aun así hacía más fresco que en el exterior, donde el sol quemaba el suelo en el mayo nicaragüense, uno de los meses más calurosos del trópico en esa latitud. En uno de los extremos trabajaban los expendedores de boletos y en el otro había un pequeño mostrador de cemento donde una señora vendía toda suerte de chucherías. En el centro, los asientos donde estaba Itzmin. No sé porqué, pero me dio la sensación de que ese muchacho necesitaba hablar con alguien. Parecía estar pidiendo a gritos que le escuchasen, aunque no fuese perceptible a simple vista.

Me senté a su lado, pero no dije una sola palabra. No me equivocaba. Fue él quien empezó la conversación:

– ¿De dónde sos?- me dijo.

Salta a la vista que no soy nicaragüense.

– Soy español, ¿y tú?- le respondí. En San Carlos, paso fronterizo, es prudente preguntar de dónde es cada quién antes de darlo por sentado.

– Soy nica, de Siuna- me contestó.

Estuvimos conversando sobre música, sobre Nicaragua y sobre el río. Tenía ganas de hablar. No dejó de hacerlo durante varios minutos. Fue al cabo de un rato cuando se decidió a contarme sus planes:

– Quiero cruzar el Río para trabajar en Costa Rica. Allí pagan mucho más que aquí. Esta semana nos han pagado 60 córdobas (2 euros) al día por trabajar en los campos de palma africana- me dijo.

– ¡Qué hijos de puta!- fue mi reacción.

Uno percibe cuando está hablando con una persona del campo nicaragüense, generalmente de escasos estudios, y cuando no. En el caso de Itzmin saltaba a la vista que su educación era algo más elevada que la básica.

– ¿Por qué estás trabajando en el campo?- pregunté inocentemente.

– Una buena pregunta- contestó- Yo estaba estudiando quinto curso de enfermería en una universidad, pero el dinero se acabó en casa y tuve que ponerme a trabajar. Me quedan sólo 6 meses para terminar, pero los cursos cuestan 50 dólares al mes y no los puedo pagar. Por eso quiero trabajar en el campo, para sacar lo suficiente y terminar los estudios.

Puede parecer estúpido, pero una universidad privada en Nicaragua, las que más abundan, es cara. Tanto o más que una pública en España. Itzmin no podía pagarse los 50 dólares al mes que costaba la suya. Una más de las contradicciones en un país donde son el pan de cada día. Sin embargo, todavía no me había dicho toda la verdad. Ya había insinuado algo antes, sobre su opción sexual, pero no fue hasta que habló de su inacabada carrera de enfermería cuando reveló la verdadera causa de todos sus problemas:

– En realidad, lo que pasa es que mi familia no aprueba mi opción sexual, porque a mí me gustan los hombres. Es por eso que dejaron de pagarme la carrera. En Costa Rica hay mucha más tolerancia, pero aquí en Nicaragua los homosexuales lo tenemos difícil. La mayoría de familias son “homofóbicas”- me confió un todavía animado Itzmin.

– Sin embargo, yo voy a demostrar que la opción sexual no significa nada- exclamó, con cuidado de que no le oyesen sus compañeros, entre los que se encontraba un familiar -la mayoría de mi familia no sabe nada todavía-

El caso de itzmin no es aislado. Cada año, cientos de nicaragüenses abandonan el país con motivo de su opción sexual, hacia lugares más tolerantes, como España o Costa Rica. Algunos, como él, porque la homosexualidad les cerró las puertas de su familia. Otros porque se cansaron de luchar en un país donde el “macho” sigue siendo la clase dominante y los “cochones” son muchas veces objeto de burlas y discriminaciones.

La llamada ‘migración rosa’ es un fenómeno que separa temporada tras temporada a miles de centroamericanos de su tierra y amigos. Estas personas anónimas sufren un destierro doloroso, forzado por aquellos que no se respetan ni a ellos mismos. Una tendencia que no tiene pinta de acabar pronto en un país donde aquellos que defienden los derechos de los homosexuales reman muchas veces contra corriente. La nicaragüense es una sociedad rural y conservadora donde la doctrina de la Iglesia está, para la gran mayoría, escrita en piedra. La tragedia de Itzmin se resume en una frase que el colectivo Movimiento Feminista de Nicaragua ha colgado, en forma de publicidad, de las farolas de Managua: “Mi amor no daña, tu rechazo sí”, rezan una decena de carteles repartidos por toda la ciudad.

Itzmin se marchó en uno de los pequeños barcos que recorren la ruta entre San Carlos y El Castillo. Desde allí le esperaba un largo viaje hasta el otro lado de la frontera. Hacia sus sueños. El futuro, uno en que no fuese discriminado por su opción sexual, no era hoy para él.

(Fotografía: Héctor Estepa)