Periodismo narrativo

Archivo para marzo, 2012

El rey, el banquero y el farolero: el mundo del Principito no ha cambiado


Si en el mundo actual, a mil millas de cualquier lugar habitado, alguien se encontrase a un Principito que no pareciera muerto de cansancio, ni muerto de hambre, ni muerto de sed, ni muerto de miedo, que no tuviera para nada el aspecto de un niño perdido, seguramente ese pequeño le relatase una historia similar a la que el Principito del Siglo XX le contó a Antoine de Saint-Exupéry.

El muchachito de pelo dorado del mundo actual también habría salido de su planeta en busca de aventuras. También habría caído en el Planeta de un Rey, porque en el mundo actual siguen existiendo los reyes. El impoluto monarca, esta vez de un planeta arenoso y soleado, no sería tan comedido como el que conoció el Principito del Siglo XX.

Desconocería su consigna, tantas veces desoída por otros monarcas a lo largo de la Historia, una consigna tan sencilla que pareciese obvia de toda obviedad: “Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, hará la revolución. Yo tengo el derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables”. Este Rey no entendería que la autoridad se fundamenta en primer lugar en la razón.

En el mundo actual el Principito se daría de bruces con reyes cuyas órdenes no son razonables.

Abandonado el planeta arenoso y soleado, el Principito contemporáneo caería, como su antecesor, en el sobrio planeta de un hombre de negocios, solo que el hombre de negocios sería más avaricioso y tendría más estrellas brillantes que nunca.

Junto a sus amigos, el codicioso magnate habría creado un fondo de inversión o algún otro tipo de artilugio moderno, con el objetivo de poseer las estrellas sobre las que reinan inútilmente los reyes, porque en realidad no son suyas sino de los hombres de negocios. Por supuesto, habría asegurado a sus estrellas con derivados y CDS en el mercado secundario de estrellas.

– ¿Con qué intención?- Le preguntaría ignorantemente el Principito.

– Ninguna, poseerlas- respondería igualmente el hombre de negocios

– ¿Y para qué te sirve poseer las estrellas?- preguntaría atónito el Principito

– Para ser rico- respondería igualmente el hombre de negocios.

Desde luego, el Principito del Siglo XXI tampoco entendería el mundo de los mayores.

Su animoso camino volvería a llevarle al planeta de un farolero afanado en encender un farol durante todos los días de su vida.

– ¿Por qué?-  Preguntaría el Principito.

– Es la consigna – respondería igualmente el farolero – Buenos días.

– ¿Qué es la consigna?- Preguntaría el Principito-

– Apagar el farol – respondería igualmente el farolero- Buenas noches.

– No lo entiendo- volvería a inquirir el pequeño de pelo de oro.

– No hay nada que compender- diría igualmente el farolero- la consigna es la consigna.

Pero algo no iría bien desde tiempo atrás. El farolero habría trabajado cada vez más y más y más todavía cada vez, y recibiría menos dinero por su trabajo. Pero la consigna era que trabajase de esa manera para evitar la recesión de su planeta. Los políticos de su planeta también habían admitido esa ciega consigna como cierta. “La consigna es la consigna”: era una idea tan atractiva que el Principito no podía sacársela de la cabeza. Quizá tuviesen razón al fin y al cabo. Son mayoría los que piensan así y los faroleros les siguen convencidos y sin rechistar.

“Ése – se diría igualmente el Principito continuando su viaje- ése sería despreciado por todos los otros: por el rey y por el hombre de negocios. Sin embargo, es el único que no me parece ridículo. Es, quizá, porque se ocupa de algo más que de sí mismo.”

Suspiraría, como su predecesor del siglo anterior también había hecho, y se diría igualmente:  “Ése es el único que podría haber sido mi amigo”. Por fortuna, eso no se ha perdido en este mundo más avanzado. Seguimos teniendo quien nos domestique y disfrutamos siendo domesticados y teniendo grandes amigos. Con eso no podrán.

Anuncios

Aguas turbulentas corren en los confines

“Las fonteras son una tontería, las ha inventado el hombre para romper la naturaleza” me dijo el señor Johnson en su español criollo mirándome fíjamente a los ojos. En su pequeña casa azul se preparaban para pasar una tranquila noche caribeña cuando llegué a deshoras preguntando qué había de cena. Estaba en San Juan del Norte, Nicaragua, pero en su televisión,  como en el resto de las del pueblo, se emitía el noticiero de Costa Rica. La explicación a tan extraño suceso es sencilla: San Juan del Norte se encuentra a pocos kilómetros del pueblo costarricense más cercano y a centenares del nicaragüense más próximo.

Situado en la desembocadura del Río San Juan en el Caribe, en plena Reserva Natural Indio Maíz, a tan singular lugar sólo se puede llegar en las pequeñas embarcaciones a motor, llamadas pangas, que zarpan dos veces a la semana desde San Carlos, al inicio del Río, en un trayecto de 14 horas, o en otra larga travesía a través del mar.

Hasta no hace mucho, las relaciones diplomáticas con Costa Rica estaban tan normalizadas que el señor Johnson y su familia iban al médico e incluso al mercado al otro lado del Río. Sus hijos acudían a la escuela local. Con el comienzo de las hostilidades entre Nicaragua y el país vecino, la situación cambió: ya no habría más relación con el otro lado, salvo en ocasiones de urgencia. El viejo criollo, más negro que el tizón, de mirada y hablar animosos a pesar de su edad, lamentaba que sus hijos no vayan a tener las mismas oportunidades:

Yo sólo quiero que mis hijos vivan en paz y no estén separados por fronteras -comenzó a relatar cuando la complicidad le arrebató la timidez- Tengo familia en Costa Rica, un hijo estudiando allí, y ahora no puedo ir a verle cuando desee a pesar de tener la doble nacionalidad porque el transporte es más complicado.

En San Juan del Norte casi todo el mundo tiene la doble nacionalidad. Es más, la mayoría de familias decidieron tener sus hijos en la otra orilla, donde, además de mejores condiciones sanitarias existe el derecho de reclamar un pasaporte costarricense, muy preciado entre los ‘nicas’ por tratarse de un país con mayor poder económico. Ahora, las relaciones están rotas.

En la pequeña San Juan del Norte, donde el salitre y la humedad del cercano caribe penetran hasta las entrañas de los hombres y los mosquitos atacan en hordas incontrolables a quien se aventure a transitar las zonas menos concurridas, han construido una escuela para que los niños tengan donde estudiar porque ya no pueden cruzar el río. También un centro de salud propio.

Lo cierto es que, navegando por el Río San Juan, es difícil no compartir sensaciones con el señor Johnson. En este caso, la frontera entre Nicaragua y Costa Rica ha roto la armonía natural de la naturaleza y ha sido la causante de decenas de diferendos entre ambos países.

La última polémica surgida en octubre de 2010 se encuentra en su punto álgido: Costa Rica está finalizando la construcción de una carretera en la linde sur del Río provocando las protestas nicaragüenses por vertido de sedimentos en el cauce, perteneciente a su jurisdicción, así como la linde norte. El gobierno de Daniel Ortega ha reaccionado anunciando el retorno de los centenarios planes para construir un canal interoceánico usando el San Juan, respondido con iras desde el otro lado.

Sea como sea, en el pueblo del viejo cementerio inglés y la solitaria playa caribeña esperan ansiosos la finalización del diferendo. También el señor Johnson:

-“Mucho hablan y al final es siempre lo mismo” – me dijo el señor Johnson alzando la mirada.

El sonido del papel de aluminio decía que mi cena estaba casi lista: un sandwich de jamón york con algo de ensalada. Podía pagar, como no, con colones costarricenses o córdobas nicaragüenses. Al final fueron córdobas: 40, poco más de un euro en España, pero suficiente para tener un plato con arroz, frijoles y pollo en otras ciudades de Nicaragua. La escasez de suministros hace que cualquier cosa que no sea pescado  sea mucho más cara en San Juan del Norte que en el resto del país.


‘Valeverguistas’

Vale verga* Expresión nicaragüense cuyo significado es ‘no pasa nada’ o  ‘me da igual’, muy utilizada según en qué situaciones.

Eso es lo que debió pensar el guía que me asignaron en el volcán Masaya. Acabábamos de descender unos 20 metros de una pared casi vertical para meternos en el interior de uno de sus cráteres. Resbalé un par de veces pero por suerte, eso sí, la roca volcánica tenía buenas sujecciones naturales y me pude agarrar no sin alguna complicación.

Todo fuera por las mejores fotos y la experiencia más inmersiva posible en el volcán. Había ido allí a realizar sobre el terreno un reportaje acerca de la leyenda negra del volcán para la revista Año Cero (Ver aquí).

En Nicaragua, los ‘valeverguistas’ son mayoría. Es otra forma de ver la vida, menos pautada y cuadriculada que la de occidente. Más peligrosa, eso sí. En Europa nadie me hubiese dejado descender a un volcán por varias paredes verticales sin sujección o protección algunas. Lo que unos llaman temeridad es el día a día para otros. Como este ejemplo hay infinidad en Centroamérica.