Periodismo narrativo

Camino a la perdición

En el pequeño San Carlos comienzan a tener miedo. Hasta hace pocos meses, llegar allí por carretera era un suplicio de medio día. Ya no. El gobierno está construyendo un moderno alquitranado que podría reducir hasta en cuatro horas el viaje desde Managua. ¿Qué temen, entonces, los sancarlinos? Su miedo es que la delincuencia capitalina se traslade al municipio. Es el precio del progreso.

Nicaragua es un país seguro o, al menos, el más seguro de los países del istmo, si se obvia Costa Rica. Los vecinos del norte, Honduras, Guatemala y El Salvador, registran un número mucho más elevado de asesinatos y robos. Managua, aún siendo la capital más tranquila de los cuatro países, es la ciudad más peligrosa de Nicaragua.

Se refleja en los datos objetivos pero también en el ambiente. El capitalino es reacio a dar paseos. La mayoría guarda el número de un taxista de confianza y cuenta historias de robo o agresión. Managua es un enjambre de hierro, de calles y calles con verjas y candados donde el vigilante de seguridad es sólo una parte más del paisaje.

En los departamentos no existe esa percepción. Las otras dos grandes ciudades, Granada y León, registran un número mucho más reducido de crímenes. Al atardecer, las calles se abarrotan de gente que saca sus sillas al fresco. Las terrazas se llenan y los niños juegan en la calle. Allí la gente sale a pasear por pasear, algo que en Managua sólo ocurre en los centros comerciales o mercados.

Estos privilegios son los que el pequeño San Carlos teme perder. En su malecón juegan despreocupados los niños a la pelota, los novios salen a pasear y los pequeños restaurantes abren sus puertas a la calle sin necesidad de ningún vigilante armado.

Ya se comenta, sin embargo, la posible consecuencia negativa de una carretera que consideran necesaria para el crecimiento económico del municipio. San Carlos se erige en un lugar privilegiado. Situado a orillas del lago Cocibolca, a lo largo de su emplazamiento nace el Río San Juan. El municipio es punto de operación de las autoridades migratorias y donde llegan tanto migrantes deportados como miles de costarricenses en calidad de turistas o trabajadores.

De allí zarpan los botes que recorren el Río San Juan hasta su desembocadura, así como arriban embarcaciones de carga procedentes de distintos puntos del país. Es la ciudad más grande de todo el departamento, el tercero más extenso de Nicaragua. Por eso, la construcción de un camino terrestre se hacía imperativo. Antes, la mayoría llegaba en los barcos que salen de Granada o Rivas. La tendencia ya se está invirtiendo.

En el autobús que viaja desde Managua, la gente se agolpa en las ventanas para darle un repaso a las obras de la carretera. Puentes casi finalizados, alquitranado de alta calidad y obstáculos naturales salvados con ingenio. Es algo nuevo y las caras expresan satisfacción. El progreso va a llegar a San Carlos. ¿Cuál va a ser el coste?

-Este pueblo va a cambiar mucho- comenta Arturo, un asesor legal que ayuda a los migrantes en tránsito a Costa Rica.

-Aquí nunca hemos sufrido la delincuencia, como mucho se te meten en tu casa a robar cuando no estás. Ahora habrá que andar con los ojos bien abiertos- dice, con aire preocupado.

Para estas poblaciones, el peso del progreso acelerado suele repercutir en un aumento de la delincuencia. Es algo palpable no sólo en Centroamérica, sino en todo el mundo. Las ciudades más conflictivasde la mayoría de los países suelen ser sus capitales o zonas fronterizas. Allí llegan contrabandistas y ladronzuelos dispuestos a hacer su agosto.

Una de las causas más recurridas para explicar el crimen es la desigualdad. En el pueblo, salvo contadas excepciones, todos son igual de pobres, situación radicalmente distinta a la de las grandes ciudades, donde los excrementos que produce el sistema son más evidentes y aparecen grandes grupos de excluidos sociales. La ostentación de unos barrios se mezcla con la miseria de otros. Donde unos andan descalzos otros viajan en Porsche.

San Carlos es un municipio humilde, como tantos otros del ámbito rural nicaragüense. Aunque es cabecera departamental, no deja de ser un pueblo grande. Sus 28.000 habitantes, profundamente esperanzados con la construcción de la carretera, saben que el lugar no será el mismo cuando finalicen las obras. Esperan, sin embargo, que el temido aumento de la delincuencia sólo sean malos augurios.

Publicado en Elmundo.es

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