Periodismo narrativo

Archivo para junio, 2011

Así se sobrevive en el paisito

Aún no ha salido el sol en Managua, pero la pequeña Marcela ya está despierta. Los zancudos, esos grandes mosquitos de piernas largas, son implacables a esas horas. Ella ya está acostumbrada a zumbidos y picaduras, le preocupan más los ‘señores malos’. Se quita la modorra y desciende de la hamaca donde ha dormido, a plena intemperie. No ha podido pasar la noche en ninguna casa. No tiene casa.

Con suerte, la cuida algún mayor, su madre o abuela. La obligan a trabajar en el semáforo porque de otra forma no tendrían cómo comer. La mañana es fresca, pero sabe que conforme el sol ascienda el día se hará más caluroso. No es lo más agradable trabajar en esas condiciones pero, ‘ideay’, qué más puede hacer. Caería bien un caldito, pero hoy no hay desayuno. Habrá que trabajar para que mañana lo haya. Podría alistarse para ir a la escuela, pero no lo hace. No va a la escuela.

La mañana avanza y los carritos de los señores con reales, sus clientes, comienzan a poblar la carretera. Las niñas afortunadas que trabajan en la calle tienen pinturas para maquillarse la cara como la gente del circo. A ella se le gastaron, pero a veces le prestan. Tampoco tiene bolas para hacer malabares, tan sólo le quedan sus manos para pedir ‘un cordobita’.

-“¿Me da un cordobita señor?” será su trabajo durante toda la mañana.

Otros niños que piden en la calle esnifan pegamento. Ella todavía no lo ha probado, pero comienza a llamarle la atención. Si tiene suerte, sus mayores le disuadirán de ello. Si está sola, seguramente acabará cayendo. Puede que sean ‘tamales’, pero se pueden ayudar entre ellos.

En la otra punta de la ciudad, en la zona noble, despierta Fabián. Las sábanas se le han pegado más de lo normal, pero llegará a tiempo al trabajo. Hace un fugaz paso por la ducha y se embadurna de un perfume que le ha costado más de lo normal. No se lo rebajaron, pero tenía para comprarlo. Se mira al espejo y comprueba con cierto espanto que las entradas de su cabello no dejan de crecer. ‘Ideay’, es lo que tiene la edad.

El perfume no es regalado, pero la televisión que observa antes de bajar a apresurado hacia el garaje sí le salió gratis. Es el premio por mantener ciertas amistades. La camioneta en la que se sube la compró, pero no pagó impuestos. Eso sí, por muchos caballos que tenga, su percepción inicial cambia: va a ser dificil llegar a la hora. La carretera está atestada de vehículos, dicen que se ha roto una tubería.

En uno de los semáforos, una niña que no tiene la cara pintada llama a su ventana, pero decide no bajarla. No es que no quiera darle el ‘cordobita’ que sabe que le va a pedir, pero se va a escapar el fresco del aire acondicionado y, además, el semáforo ya se ha puesto en verde.

Ya en la alcaldía, ministerio o institución le esperan una montaña de papeles y tres reuniones. Una dura agenda del día. Eventualmente un cliente entrará en su despacho.

-“Ya sabés primo, esos papeles los tenés que meter en la caja B, descuida, vamos a iguales”, le dirá.

Sabe que es corrupto, sabe que es ilegal, le tiembla el pulso, pero en el futuro se calmará: “Así se sobrevive en el paisito”, piensa.

Es cierto, el paisito ha sufrido mucho. Desastres naturales y varios conflictos armados. Lo que no pasa por su cabeza es que la corrupción mata más que una guerra o un terremoto. Eso sí, es más elegante y menos escandalosa. No deja heridos de bala ni sepultados bajo escombros pero las tumbas son las mismas.

A los pobres se les caen los dientes por falta de uso mientras los corruptos utilizan sus colmillos para despedazar la caja pública. La pequeña Marcela volverá a dormir en su hamaquita esperando que no aparezcan los hombres malos mientras que Fabían lo hará, si la conciencia se lo permite, en la cama de su casa al otro lado de la capital, a mil kilómetros de distancia social.

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Sueños de guerrillero

Decenas de muros en Managua están decorados con la imagen de un hombre enjuto, de cabello oscuro y rizado, gruesa perilla y mirada instruida bajo grandes anteojos. Pocos turistas conocen su nombre antes de visitar el país. Él es Carlos Fonseca Amador, uno de los fundadores y líder histórico del FSLN. Murió en 1976 durante una emboscada de la Guardia Nacional somocista. Tres años más tarde triunfaría la Revolución.

Los rostros que quedaron en la memoria del gran público internacional fueron los de Daniel OrtegaTomás Borge y otros dirigentes de menor rango como Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez. La figura de Fonseca se diluyó en la historia mundial como la de tantos otros defensores de una u otra causa que murieron antes de ver cumplido su objetivo. No así en la nicaragüense y menos aún en la sandinista: su recuerdo permanece hoy más vivo que nunca.

Estudiante modelo –se graduó como bachiller del año- fue autor de célebres manifiestos. Uno de los más recordados lo escribió, desde algún lugar de Nicaragua, el 1 de mayo de 1969. Lo tituló ‘Por un Primero de Mayo guerrillero y victorioso’. Concebido como una crítica a los principales problemas socioeconómicos de la República, bien podría tratarse de una reivindicación actual.

“Es necesario que obreros, campesinos, estudiantes y todo el pueblosean conscientes de las demandas que se deben alzar en este momento”, rezaba el manifiesto antes de repasar cada una de ellas. Echemos un vistazo.

Aumento de salarios a todos los trabajadores y empleados; disminución de los precios de los alimentos, medicinas y demás artículos de primera necesidad”, pedía Fonseca. 42 años después de la emisión del documento y 32 después de la Revolución, los nicaragüenses continúan enfrentando alzas descontroladas en los precios de sus alimentos.

La Canasta Básica Urbana, unidad de medida de las necesidades ciudadanas que incluye comida y gastos del hogar, superó los 9.300 córdobas (unos 430 dólares) en febrero de 2011, un 10% más que en el mismo mes del año pasado.

Sólo los víveres han sufrido una subida del 36% en relación a 2010. Como casi todo en política nicaragüense, hay dos prismas a la hora de analizar los datos. El presidente del Consejo Superior de la Empresa Privada, José Adán Aguerri, asegura que la Canasta Básica tan sólo se han elevado un 29% en tres años. Combinado con el 65% que según él han crecido los sueldos en Nicaragua, la población disfruta de mayor poder adquisitivo. Una visión muy similar mantiene el Frente Sandinista.

Otros sindicatos ofrecen datos encontrados: “los salarios se actualizan cada seis meses pero la canasta básica sube cada día”, denuncian. Son especialmente críticos con el incremento del 13% en el salario mínimo aprobado para 2011 tras la espectacular inflación de 2010. Argumentan, además, que los precios de los alimentos se encuentran desbocados tras el alza de los combustibles: el litro de súper se ha elevado un 20% en los últimos dos meses.

“No más despilfarro de dinero colectado en impuestos por el gobierno… disminución de los impuestos y de las tarifas por agua, luz y alcantarillado”, pedía también Fonseca. Desde luego, si algo no ha cambiado tras la Revolución ha sido el despilfarro de los bienes del Estado. Nicaragua se cuenta entre los países más corruptos de América Latina.

A ‘La Piñata’, la repartición en 1990 de tierras públicas entre la élite sandinista, antes de entregar el poder a Violeta Chamorro, le siguió la legislatura de Arnoldo Alemán. El líder liberal fue procesado por elexpolio de más de 100 millones de dólares durante los cinco años que fungió como presidente.  Tiene juicios pendientes en varios países. No en Nicaragua, aquí no se encarcelan corruptos.

Actualmente son investigados desfalcos millonarios en instituciones como la Dirección General de Ingresos, la empresa estatal de aeropuertos y la Alcaldía de Managua.

En lo que se refiere al cobro por el uso de la energía, los precios continúan al alza aunque el gobierno de Daniel Ortega invierte cantidades millonarias en subsidios. Recientemente ha asegurado que, aunque los precios suban, los ciudadanos pagarán lo mismo. La empresa distribuidora de energía eléctrica, Unión Fenosa, es una de las más criticadas del país. Mención aparte merece la situación de la empresa distribuidora de agua potable, Enacal, según varios medios de comunicación muy cercana a una posible privatización.

“Respeto al derecho de los trabajadores de la ciudad y el campo a organizar el movimiento sindical para reclamar sus derechos”, reclamaba el manifiesto de 1969. Los sindicatos nicaragüenses son conocidos por su beligerancia aunque se encuentran profundamente polarizados.

El Frente Nacional de los Trabajadores (FNT), aglutina las asociaciones sandinistas, mientras el resto integra el grupo de los autoproclamados “sindicatos democráticos”. Estos últimos denuncian que los trabajadores del Estado son obligados a pertenecer a la FNT bajo amenaza de despido.

Otra de las reivindicaciones de Fonseca fue “la duplicación del presupuesto que el gobierno dedica a la enseñanza primaria, media, técnica y universitaria”.  Durante la dictadura de Somoza el 50% de los nicaragüenses era analfabeto. Una de las grandes conquistas de la Revolución fue reducir esa tasa hasta el 13%. El presupuesto universitario también se ha incrementado aunque ha de competir con decenas de instituciones privadas.

No todo ha sido luz: el sistema educativo atraviesa una situación crítica 42 años después. Cerca de 500.000 niños han quedado sin matricular en el curso 2011, aproximadamente el 25% de los infantes en edad escolar. La mitad de las escuelas del país no tienen agua potable y se necesitan 20.000 pupitres. En Nicaragua es común ver como cinco niños comparten una sola mesa y otros tienen que escribir en el suelo. Los muros se caen a cascajos. Algunos padres no llevan a sus hijos a la escuela por temor a que se desplome.

A pesar de ello, el Ministerio de Educación ha visto disminuido su presupuesto a nivel porcentual tras la última reforma del Ejecutivo. Del 3,98% que recibía en 2009 y el 3,82% de 2010 se ha pasado a un 3,65%. Aún así es mayor que en varios años de gobierno liberal.

‘Por un primero de mayo guerrillero y victorioso’ también se refería a lalucha contra la desocupación. Esta es otra guerra en la que aún quedan muchas batallas por librar. Aunque el gobierno reconoce un desempleo del 8%, lo cierto es que sólo el 20% de los nicaragüenses disfruta de un empleo convencional y asegurado.

Más del 38,8% de la población nada en las miserias del subempleo. Un 64,9% define su ocupación como informal: no disfrutan de los beneficios que ofrece la ley: el cacahuetero del semáforo no sabe si mañana tendrá ‘reales’ para comprar más. El vigilante privado pone su vida en juego por un sueldo de hambre.

Otra de las aspiraciones de Fonseca era la salud. Pedía la “Instalación de nuevos hospitales y mejoramiento de servicios”. En Nicaragua se han construido tras la Revolución decenas de nuevos y flamantes hospitales, solo que la gran mayoría no puede afrontar coserse un solo punto en ellos: son de propiedad privada y mantienen precios prohibitivos para lustrabotas o jardineros.

Los hospitales públicos hacen lo que pueden con el presupuesto asignado. Cada cierto tiempo aparece en televisión o prensa alguien quejándose de que tardaron meses en atender su dolencia. Sin embargo, el valor porcentual del presupuesto del Ministerio de Salud también ha sido reducido tras la última reforma. Ha pasado del 4,09% de 2009 al 3,65% de 2011.

Fonseca se refirió también a la atención que requieren la costa atlántica y las zonas que sufren mayor abandono. Aún con los evidentes avances que se han producido en esta materia, la realidad es que en Nicaragua continúan existiendo dos países: la costa Pacífico, urbana y desarrollada en el contexto local, y la bañada por el mar Caribe, rural e indígena. Para llegar a Bluefields, capital de la Región Autónoma del Atlántico Sur, existen dos opciones: invertir cinco horas en una lancha neumática a través de un río o viajar en avión.

Estas eran las reivindicaciones de Fonseca. El guerrillero tenía un sueño: una Nicaragua libre y mejor. Esa batalla no concluyó con la Revolución, por cierto, por demérito de algunos de sus precursores; Continúa librándose en cada hogar nicaragüense, en las hoces de los campesinos, los picos de de los mineros y las sandalias de los pescadores, en las ilusiones de los que vierten su sudor ajenos a Managua y los entresijos de una clase política empeñada en enterrar sus esfuerzos expoliando el tesoro público.

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Por un puñado de reales

Oswaldo cuenta cerca de 60 años, pero aparenta algunos menos, como la mayoría de sus compatriotas. No peina cana alguna en su negro cabello de corte militar. Precisamente ese era su oficio. Sirvió a la Revolución durante casi dos décadas, primero como guerrillero y más tarde como integrante del Ejército Popular Sandinista que enfrentó a las fuerzas contrarrevolucionarias en los 80. La astucia se refleja en su cara, pero también la honradez. Es de rasgos fuertes y tez oscura. Recio, por supuesto. El porte militar nunca se pierde. Su camisa desabotonada deja entrever un crucifijo de plata en su pecho: es profundamente creyente. Uno necesita ayuda divina en las montañas. A Oswaldo no le dio la espalda: asegura haber sobrevivido a dieciocho impactos de bala. No tiene reparo alguno en enseñarlos. Habla tranquilo, con la experiencia que dan los años. Cuenta antiguas batallas de la Guerra. Penetró en Managua por Carretera Norte en plena Revolución. La calle estaba tomada por barricadas de la Guardia Nacional. No había muchos, la mayoría había desertado ya. Eran los últimos vestigios del cuerpo represor somocista. El Frente estaba a punto de triunfar, pero la guerra duraría diez años más para él. Después vendrían las guerrillas contrarrevolucionarias del norte y centenares batallas por librar.

Cuando se retiró del ejército, Oswaldo no pudo encontrar empleo, como tantos otros ex militares. Algunos, organizados en asociaciones, se tomaron hace poco la Catedral Metropolitana en reclamo por sus derechos. Él les apoya, pero no participa activamente. De lunes a viernes, viaja a las puertas de la Dirección de Tránsito. Allí se realizan las gestiones capitalinas de matriculación, cambio de dueño y revisión de vehículos. Su trabajo consiste en captar un cliente, y asesorarle en los trámites. Si el consumidor lo requiere, le acompañará personalmente.

Sin embargo, Oswaldo no tiene contrato con la Dirección de Tránsito, ni ninguna relación con la autoridad. De hecho, rara vez traspasa el umbral del edificio: la seguridad le conoce. Es un trabajador autónomo, que cobra lo que puede regatear con el cliente que requiere sus servicios. Forma parte de los cientos de miles de nicaragüenses que diariamente se ven avocados a agudizar su ingenio para poder llevar dinero a casa. Cacahueteros, vendedores de jocote, vigilantes de seguridad autónomos, semaforeros, chatarreros, componedores de basura, pescadores, lustrabotas… son sólo algunos ejemplos del subempleo que afecta a unos 885 mil nicaragüenses, el 38,8% de la población, según datos del Instituto Nacional de Información de Desarrollo. Sumados a los 186 mil que están completamente desempleados resultan más de un millón de personas con ocupaciones precarias en una población de unos seis millones de habitantes, pero con un millón viviendo en el exilio voluntario. Además, de las personas con empleo, el 64,9% se definen como trabajadores informales, situados fuera de los beneficios que ofrece la ley. Son pocos los que cuentan con un empleo formal en Nicaragua. La mayoría no sabe si podrán mantener su puesto de trabajo en un futuro. El subempleo está siempre sujeto a los caprichos del que paga. Para los autónomos humildes, sin acceso a prestación alguna, la situación se agrava si los clientes no tienen reales. La crisis. El billete manda, como bien sabe Oswaldo.

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Managua zona cero

Por cielo y tierra, Managua es una de las capitales latinoamericanas más amenazadas por desastres naturales. Terremotos, huracanes, deslizamientos, volcanes… apenas hay fenómeno que no intimide a su millón largo de habitantes. La respuesta de sus distintas administraciones ha sido cuanto menos discutible. ¿Tiene sentido convertir la capital en el centro económico y social del país cuando la mayoría de sus habitantes están convencidos de que será destruida a medio plazo?

Este es un debate que se ha dado antes. La urbe ha sido devastada y reconstruida en tres ocasiones: tras una gran avalancha en el Siglo XIX y después de los terremotos de 1931 y 1972. En todas ellas se discutió cambiarla de sitio; nunca se tomó la decisión. Por el contrario, son aún mayoría los edificios que no aguantarían un terremoto. Todavía hoy se construyen de manera discrecional.  Algunos de ellos están a orillas del lago Xolotlán, con el consiguiente peligro de inundación.

El mayor riesgo se encuentra en el subsuelo. Managua está situada sobre 30 fallas geológicas en movimiento desde hace 50.000 años. Los devastadores terremotos que ha sufrido no fueron en realidad tan grandes: 5.8 grados Richter en el 31 y 6.2 en el 72. Sin embargo, la superficialidad de los mismos unida a la deficiente cimentación provocó la ruina total de la ciudad. Tras el desastre se intentaron imponer unas reglas de obra básicas. La verdad es que pocos las cumplen.

Un silencio sísmico preocupa ahora a los científicos: hace varios años que Managua no registra temblores regulares. Según los expertos podría estar produciéndose un acumulamiento de energía preludio de un evento mucho mayor. El llamado es a la calma, pero se repiten constantemente las normas básicas de actuación en caso de gran terremoto.

El peligro en Managua no sólo emana del suelo: también cae del cielo.Las lluvias son otro de sus grandes problemas. Hasta 4.000 personas perdieron sus hogares el pasado invierno por la crecida del lago Xolotlán. Se hundieron barrios enteros, como los populosos Manchester y Las Torres.

Las aguas del lago también tienen historia. Uno de los episodios más surrealistas fue la construcción del puerto Salvador Allende en 2007, a plena orilla. El proyecto fue encargado a dos arquitectos cubanos con más de 40 años de experiencia. Desde luego, no previeron bien una posible crecida.

Las consecuencias sólo tardaron doce meses en llegar: gran parte del lugar se hundió bajo el lago tras las lluvias de 2008. Es fácil observar el punto donde la carretera se hunde en lo profundo de las contaminadas aguas del Xolotlán. Ni siquiera el precedente de 1999, cuando tras el huracán Mitch el lago llegó hasta el teatro Ruben Darío, influyó en el diseño.

La presente época lluviosa preocupa también a los expertos. Sólo con que se dé una temporada normal las aguas podrían alcanzar niveles históricos, tras las espectaculares lluvias de 2010. Una catástrofe para los barrios que se asientan a sus orillas. Aunque la zona está calificada como no habitable, son miles quienes deciden construir allí. Por el camino desoyen todo consejo. Nadie se lo impide. En algún sitio tienen que vivir.

Puerto Salvador Allende tras las lluvias de 2008 (Particular)

Las aguas del Xolotlán no son, además, lo único que agitan las lluvias del invierno. También afectan a las laderas de la ciudad creando peligro de aluvión. En 1876 se dio uno catastrófico: gran parte de la capital fue sepultada bajo escombros. La avalancha es hoy en día un peligro real y los expertos no se cansan de recordarselo a las constructoras. Prácticas azarosas como la deforestación de las colinas y la deficiente edificación podrían estar poniendo en riesgo cientos de vidas.

Otras teorías pueden parecer de ciencia ficción, pero no escapan al rigor científico. El subsuelo de Managua, cargado de lava, podría generar un volcán a medio plazo. ¿De verdad podría ocurrir? La misma historia de Nicaragua dice que sí. A pocos kilómetros de la capital se alza el volcán Cerro Negro, de sólo 150 años de edad. Nació de la nada un 13 de abril de 1850. El precedente indica que, por surrealista que parezca, no puede descartarse la posibilidad.

Distintas afecciones son, sin embargo, más mundanas: la preparación de la ciudad, aunque ha avanzado mucho, dista de ser la ideal para afrontar las condiciones del lugar. Los edificios no están dispuestos contra los terremotos, ni las calles contra las lluvias. Caen cuatro gotas y las zonas populares se convierten en un lodazal.

Las avenidas principales son a menudo seguras, pero los pasos secundarios se anegan en un santiamén. El pavimento de adoquines se levanta. El de alquitrán se hunde. Los autos conducen en un rally continuo. Serpentean por carreteras completamente rectas. Será por estos contínuos estragos que la ciudad parece en permanente reconstrucción.  El eterno pretexto del presupuesto no permite realizar obras más duraderas. La historia de Managua es, así, una de continua superación.

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Camino a la perdición

En el pequeño San Carlos comienzan a tener miedo. Hasta hace pocos meses, llegar allí por carretera era un suplicio de medio día. Ya no. El gobierno está construyendo un moderno alquitranado que podría reducir hasta en cuatro horas el viaje desde Managua. ¿Qué temen, entonces, los sancarlinos? Su miedo es que la delincuencia capitalina se traslade al municipio. Es el precio del progreso.

Nicaragua es un país seguro o, al menos, el más seguro de los países del istmo, si se obvia Costa Rica. Los vecinos del norte, Honduras, Guatemala y El Salvador, registran un número mucho más elevado de asesinatos y robos. Managua, aún siendo la capital más tranquila de los cuatro países, es la ciudad más peligrosa de Nicaragua.

Se refleja en los datos objetivos pero también en el ambiente. El capitalino es reacio a dar paseos. La mayoría guarda el número de un taxista de confianza y cuenta historias de robo o agresión. Managua es un enjambre de hierro, de calles y calles con verjas y candados donde el vigilante de seguridad es sólo una parte más del paisaje.

En los departamentos no existe esa percepción. Las otras dos grandes ciudades, Granada y León, registran un número mucho más reducido de crímenes. Al atardecer, las calles se abarrotan de gente que saca sus sillas al fresco. Las terrazas se llenan y los niños juegan en la calle. Allí la gente sale a pasear por pasear, algo que en Managua sólo ocurre en los centros comerciales o mercados.

Estos privilegios son los que el pequeño San Carlos teme perder. En su malecón juegan despreocupados los niños a la pelota, los novios salen a pasear y los pequeños restaurantes abren sus puertas a la calle sin necesidad de ningún vigilante armado.

Ya se comenta, sin embargo, la posible consecuencia negativa de una carretera que consideran necesaria para el crecimiento económico del municipio. San Carlos se erige en un lugar privilegiado. Situado a orillas del lago Cocibolca, a lo largo de su emplazamiento nace el Río San Juan. El municipio es punto de operación de las autoridades migratorias y donde llegan tanto migrantes deportados como miles de costarricenses en calidad de turistas o trabajadores.

De allí zarpan los botes que recorren el Río San Juan hasta su desembocadura, así como arriban embarcaciones de carga procedentes de distintos puntos del país. Es la ciudad más grande de todo el departamento, el tercero más extenso de Nicaragua. Por eso, la construcción de un camino terrestre se hacía imperativo. Antes, la mayoría llegaba en los barcos que salen de Granada o Rivas. La tendencia ya se está invirtiendo.

En el autobús que viaja desde Managua, la gente se agolpa en las ventanas para darle un repaso a las obras de la carretera. Puentes casi finalizados, alquitranado de alta calidad y obstáculos naturales salvados con ingenio. Es algo nuevo y las caras expresan satisfacción. El progreso va a llegar a San Carlos. ¿Cuál va a ser el coste?

-Este pueblo va a cambiar mucho- comenta Arturo, un asesor legal que ayuda a los migrantes en tránsito a Costa Rica.

-Aquí nunca hemos sufrido la delincuencia, como mucho se te meten en tu casa a robar cuando no estás. Ahora habrá que andar con los ojos bien abiertos- dice, con aire preocupado.

Para estas poblaciones, el peso del progreso acelerado suele repercutir en un aumento de la delincuencia. Es algo palpable no sólo en Centroamérica, sino en todo el mundo. Las ciudades más conflictivasde la mayoría de los países suelen ser sus capitales o zonas fronterizas. Allí llegan contrabandistas y ladronzuelos dispuestos a hacer su agosto.

Una de las causas más recurridas para explicar el crimen es la desigualdad. En el pueblo, salvo contadas excepciones, todos son igual de pobres, situación radicalmente distinta a la de las grandes ciudades, donde los excrementos que produce el sistema son más evidentes y aparecen grandes grupos de excluidos sociales. La ostentación de unos barrios se mezcla con la miseria de otros. Donde unos andan descalzos otros viajan en Porsche.

San Carlos es un municipio humilde, como tantos otros del ámbito rural nicaragüense. Aunque es cabecera departamental, no deja de ser un pueblo grande. Sus 28.000 habitantes, profundamente esperanzados con la construcción de la carretera, saben que el lugar no será el mismo cuando finalicen las obras. Esperan, sin embargo, que el temido aumento de la delincuencia sólo sean malos augurios.

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