Periodismo narrativo

Doscientos años de soledad

Un recodo en el Río San Juan desvía la pequeña embarcación que se dirige a Greytown. Zarpó de San Carlos, al otro extremo del caudal, 13 horas antes. A bordo tan sólo queda una decena de pasajeros de los 50 que comenzaron el trayecto. No muchos lo recorren completo. La mayoría queda desperdigada por las fincas de la ribera costarricense del río.

Este pueblo, también conocido como San Juan del Norte o San Juan de Nicaragua, bien podría ser el Macondo pinolero. Sus 1.500 habitantes conocen de primera mano el aislamiento. Se han mantenido excluidos del resto del país desde que sufrieron su primera destrucción en 1854. No sería la única: en 1983 la historia volvía a repetirse. Actualmente sólo se puede llegar en barco, a través del río o del mar. Las pangas de pasajeros se mueven tan sólo dos veces por semana.

En esta ciudad fronteriza entre Nicaragua y Costa Rica no hay carreteras. Tan sólo circulan dos motocicletas que llegaron por agua. De lado nicaragüense, el alquitranado más cercano se encuentra a cientos de kilómetros. La consecuencia más inmediata del aislamiento es una repetida hasta la saciedad: en San Juan todo vale el doble.

 El municipio fue fundado  en 1539. En sus inicios fue un gran puerto comercial. Allí iba a construirse el gran canal interoceánico. Los planes se torcieron en 1854. El ejército de Estados Unidos destruyó por completo la ciudad en represalia por acciones contra sus ciudadanos. Fue reconstruida, pero perdió el esplendor de antaño.

El canal no se construyó y varias guerras sumieron la zona en crisis. Más de cien años después, en 1983, Edén Pastora, al mando de las fuerzas contrarrevolucionarias que enfrentaban al Ejército Popular Sandinista, volvió a destruir la ciudad. La mayoría de sus habitantes emigraron a Costa Rica. Algunos volvieron en 1990 cuando Acnur decidió reubicar a la población.

Hasta hace poco tiempo, Greytown había sido un pueblo más tico que nica. Los niños iban a la escuela a Costa Rica. Para ello había que remar por el río. La travesía era peligrosa: hace pocos años, un pequeño murió a causa del ataque de un cocodrilo. Afortunadamente ahora tienen escuela.

La mayoría de estos niños tienen doble nacionalidad. Sus madres prefieren dar a luz en Costa Rica. Además de las humildes condiciones del centro de salud de Greytown, tener dos pasaportes es imperativo en una zona con tanta dependencia.

La lista de interconexiones es interminable: hasta hace poco sólo se podía ver la televisión costarricense. De hecho, en muchos hogares continúa siendo lo único que se mira. Sin embargo, otros han instalado ya las parabólicas nicaragüenses. La fuerza socializadora de la pequeña pantalla quiere hacer su entrada triunfal en esta localidad apátrida.

Algunos de sus ciudadanos se sienten costarricenses, otros nicaragüenses, otros costarricenses y nicaragüenses y otros de ninguno de ellos. Uno de los taberneros del pueblo asegura tener hijos en ambos países: “Las fronteras las pone el hombre, no la naturaleza. Lo último que quiero es que peleen por la política”, comenta consternado.

En Greytown se llegó a dar la ironía de que las llamadas a Nicaragua se considerasen internacionales. Costa Rica dispuso escuelas y centros de salud en lugares cercanos para que sus ciudadanos pudieran disfrutar de esos servicios. La mayoría trabajaba al otro lado de la frontera. En el lado nica no había empresas. Por supuesto, la moneda de curso común es el colón. Hasta hace poco no se normalizó el uso del  córdoba.

El reciente conflicto en La Haya ha acabado con gran parte de las interconexiones entre Greytown y Costa Rica, incidiendo en el comercio entre ambas riberas. Uno de los mayores contratiempos ha sido la cancelación indefinida de un acuerdo por el que el municipio habría comprado energía barata a sus vecinos. Su aprobación, a falta de firma, no pudo materializarse.

Por si los problemas con Costa Rica fueran pocos una parte de la ciudad es propiedad indígena reconocida legalmente. Allí se mezclan dos autoridades: la municipal, sin poder legal, y los consejos Rama. Todo un verdadero quebradero de cabeza para ambos. Incluso se denunciaron cobros de coimas por parte de los miembros de la tribu, apoyados por una facción de criollos. Todo un galimatías político.

Otro gran problema es el narcotráfico. Algunos de sus ciudadanos, aunque en principio lo nieguen, viven del contrabando. Greytown se encuentra en una de las zonas claves del corredor atlántico de los narcos. A los habitantes del Caribe nicaragüense se les llama tortugas: esperan los fardos de las embarcaciones con media cabeza dentro del agua.

Lo cierto, sin embargo, es que en sus calles se respira sosiego. Es un lugar seguro. Sus habitantes destacan la ausencia de ladrones. Si se produce algún hecho violento es “dentro de la propia familia”, como ellos mismos admiten, hecho, por otro lado, lamentablemente común en Nicaragua. La mayoría de hogares se cierran con un candado simple. Por fortuna las interminables verjas de Managua no han cruzado el Río.

La pobreza sí lo ha hecho. La plata escasea en el pueblo. Se puede comprobar a simple vista, en los hogares de madera desnuda o los niños descalzos de sus calles. Aunque la alcaldía ha conseguido donaciones para el sostenimiento de las familias, muchas de ellas ya no disfrutan de los ingresos que conseguían cuando laboraban en el país vecino. La tragedia se vuelve a repetir: la geopolítica arrasa sin pedir permiso. Los más perjudicados, ya se sabe, son siempre los mismos.

Publicado en Elmundo.es

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