Periodismo narrativo

Archivo para mayo, 2011

Doscientos años de soledad

Un recodo en el Río San Juan desvía la pequeña embarcación que se dirige a Greytown. Zarpó de San Carlos, al otro extremo del caudal, 13 horas antes. A bordo tan sólo queda una decena de pasajeros de los 50 que comenzaron el trayecto. No muchos lo recorren completo. La mayoría queda desperdigada por las fincas de la ribera costarricense del río.

Este pueblo, también conocido como San Juan del Norte o San Juan de Nicaragua, bien podría ser el Macondo pinolero. Sus 1.500 habitantes conocen de primera mano el aislamiento. Se han mantenido excluidos del resto del país desde que sufrieron su primera destrucción en 1854. No sería la única: en 1983 la historia volvía a repetirse. Actualmente sólo se puede llegar en barco, a través del río o del mar. Las pangas de pasajeros se mueven tan sólo dos veces por semana.

En esta ciudad fronteriza entre Nicaragua y Costa Rica no hay carreteras. Tan sólo circulan dos motocicletas que llegaron por agua. De lado nicaragüense, el alquitranado más cercano se encuentra a cientos de kilómetros. La consecuencia más inmediata del aislamiento es una repetida hasta la saciedad: en San Juan todo vale el doble.

 El municipio fue fundado  en 1539. En sus inicios fue un gran puerto comercial. Allí iba a construirse el gran canal interoceánico. Los planes se torcieron en 1854. El ejército de Estados Unidos destruyó por completo la ciudad en represalia por acciones contra sus ciudadanos. Fue reconstruida, pero perdió el esplendor de antaño.

El canal no se construyó y varias guerras sumieron la zona en crisis. Más de cien años después, en 1983, Edén Pastora, al mando de las fuerzas contrarrevolucionarias que enfrentaban al Ejército Popular Sandinista, volvió a destruir la ciudad. La mayoría de sus habitantes emigraron a Costa Rica. Algunos volvieron en 1990 cuando Acnur decidió reubicar a la población.

Hasta hace poco tiempo, Greytown había sido un pueblo más tico que nica. Los niños iban a la escuela a Costa Rica. Para ello había que remar por el río. La travesía era peligrosa: hace pocos años, un pequeño murió a causa del ataque de un cocodrilo. Afortunadamente ahora tienen escuela.

La mayoría de estos niños tienen doble nacionalidad. Sus madres prefieren dar a luz en Costa Rica. Además de las humildes condiciones del centro de salud de Greytown, tener dos pasaportes es imperativo en una zona con tanta dependencia.

La lista de interconexiones es interminable: hasta hace poco sólo se podía ver la televisión costarricense. De hecho, en muchos hogares continúa siendo lo único que se mira. Sin embargo, otros han instalado ya las parabólicas nicaragüenses. La fuerza socializadora de la pequeña pantalla quiere hacer su entrada triunfal en esta localidad apátrida.

Algunos de sus ciudadanos se sienten costarricenses, otros nicaragüenses, otros costarricenses y nicaragüenses y otros de ninguno de ellos. Uno de los taberneros del pueblo asegura tener hijos en ambos países: “Las fronteras las pone el hombre, no la naturaleza. Lo último que quiero es que peleen por la política”, comenta consternado.

En Greytown se llegó a dar la ironía de que las llamadas a Nicaragua se considerasen internacionales. Costa Rica dispuso escuelas y centros de salud en lugares cercanos para que sus ciudadanos pudieran disfrutar de esos servicios. La mayoría trabajaba al otro lado de la frontera. En el lado nica no había empresas. Por supuesto, la moneda de curso común es el colón. Hasta hace poco no se normalizó el uso del  córdoba.

El reciente conflicto en La Haya ha acabado con gran parte de las interconexiones entre Greytown y Costa Rica, incidiendo en el comercio entre ambas riberas. Uno de los mayores contratiempos ha sido la cancelación indefinida de un acuerdo por el que el municipio habría comprado energía barata a sus vecinos. Su aprobación, a falta de firma, no pudo materializarse.

Por si los problemas con Costa Rica fueran pocos una parte de la ciudad es propiedad indígena reconocida legalmente. Allí se mezclan dos autoridades: la municipal, sin poder legal, y los consejos Rama. Todo un verdadero quebradero de cabeza para ambos. Incluso se denunciaron cobros de coimas por parte de los miembros de la tribu, apoyados por una facción de criollos. Todo un galimatías político.

Otro gran problema es el narcotráfico. Algunos de sus ciudadanos, aunque en principio lo nieguen, viven del contrabando. Greytown se encuentra en una de las zonas claves del corredor atlántico de los narcos. A los habitantes del Caribe nicaragüense se les llama tortugas: esperan los fardos de las embarcaciones con media cabeza dentro del agua.

Lo cierto, sin embargo, es que en sus calles se respira sosiego. Es un lugar seguro. Sus habitantes destacan la ausencia de ladrones. Si se produce algún hecho violento es “dentro de la propia familia”, como ellos mismos admiten, hecho, por otro lado, lamentablemente común en Nicaragua. La mayoría de hogares se cierran con un candado simple. Por fortuna las interminables verjas de Managua no han cruzado el Río.

La pobreza sí lo ha hecho. La plata escasea en el pueblo. Se puede comprobar a simple vista, en los hogares de madera desnuda o los niños descalzos de sus calles. Aunque la alcaldía ha conseguido donaciones para el sostenimiento de las familias, muchas de ellas ya no disfrutan de los ingresos que conseguían cuando laboraban en el país vecino. La tragedia se vuelve a repetir: la geopolítica arrasa sin pedir permiso. Los más perjudicados, ya se sabe, son siempre los mismos.

Publicado en Elmundo.es


¿Asamblea de ‘losers’?

“Ente inoperante y costoso”. Al Parlamento Centroamericano (Parlacen) no le han dedicado palabras más dulces en los últimos años. “Cueva de inmunidades” lo denomina el presidente panameño, Ricardo Martinelli, el líder más crítico con su existencia, decidido a desvincular a su país del organismo regional. “Un lugar únicamente para una gran cantidad de gente ‘loser’, de perdedores que se quedan a parrandear y a beber con inmunidad”, lo califica.

No es una opinión aislada, sino cada vez más compartida por políticos y ciudadanos centroamericanos. El Parlacen fue creado en 1991 como medio para agilizar, fiscalizar y asegurar el éxito del Sica, como se conoce al Sistema de Integración Centroamericano. Casi 20 años después parece claro que el objetivo principal no se ha cumplido. La Unión Centroamericana no se ve más que como una utopía difícilmente realizable.

La creación de la cámara no pudo evaporar las fricciones entre sus miembros. Se han sucedido varios diferendos bilaterales que han terminado por minar sus ya de por sí frágiles estructuras internacionales. 2009 fue testigo de una dolorosa división debido al Golpe de Estado en Honduras. Nicaragua no reconoce aún a Porfirio Lobo como líder, aunque las posiciones se encuentran cada vez más cercanas gracias a la anulación de los juicios contra el ex presidente Zelaya.

La soberanía del Río San Juan es otro motivo de disputa. Costa Rica no pertenece al Parlacen, pero sus tensas relaciones con Nicaragua influyen de manera decisiva en la inestabilidad del territorio y, por ende, al fracaso del Sica. La última reunión bilateral entre ambos países se dio en Peñas Blancas, frontera común. Las mesas estaban dispuestas para que cada delegación se sentase en su territorio. Centroamérica se reflejaba así en la lejana Corea, pero esta vez los comensales hablaban español.

Por si las dificultades en la integración regional fuesen poco, la cámara se ha convertido en el paraíso de aquellos que gustan apropiarse de lo público para satisfacer sus insaciables apetitos de riqueza y poder. Hasta tres ex presidentes acusados de corrupción se han amparado en la inmunidad que garantiza la institución para evitar ser juzgados en sus países.

El nicaragüense Arnoldo Alemán, el guatemalteco Alfonso Portillo y la panameña Mireya Moscosa intentaron atenerse al derecho de antejuicio del Parlacén para evitar verse con los de toga y martillo. Los ex líderes de los países firmantes son miembros parlamentarios de todo derecho.

Lo cierto es que la mayoría de centroamericanos no sabe para qué sirve la cámara. Los diputados, 20 de cada país, se reúnen y cobran su salario, pero los frutos no son palpables. Quizá se trate de un problema de comunicación: su presencia mediática es nula. Sin embargo, en un itsmo tan ávido de buenas noticias, parece complicado.

Si el Parlacen es desconocido por los ciudadanos, para muchos políticos se trata de un retiro forzoso, una institución de segunda fila, “el lugar donde van las lacras de los partidos políticos”, según Martinelli. Existe un creciente rechazo a fungir como parlamentario centroamericano. Augusto Navarro, político nicaragüense, es uno de tantos que han renegado de una silla en esa institución: “no tengo ni el más mínimo deseo de estar en el Parlacen, porque a mí me da la impresión que es un desperdicio de recursos y no quisiera ser parte de ese desperdicio”, decía hace unas semanas.

Incluso pasa desapercibido para las instituciones internacionales. El presidente de la cámara, Dorindo Cortez, panameño, por cierto, no fue invitado al último congreso de la Unión Interparlamentaria, auspiciada por Naciones Unidas y celebrada en su país. Cuando arribó al edificio, la policía le sacó por la fuerza.

¿Cómo se podría transformar el Parlacen? Algunos abogan por la reducción del número de parlamentarios y la fiscalización de su ejecución presupuestaria para aumentar su productividad y, lo que no es menos importante, su credibilidad, pero otros abogan directamente por su disolución.

Tal es el caso del beligerante Martinelli. El líder sureño no ha dudado en utilizar todos los mecanismos legales a su alcance para desatar los lazos entre su país y el Parlacén. Una disposición de la Corte Centroamericana de Justicia declaró inaplicable la ley que desvinculaba a Panamá del organismo. La reacción del país canalero fue rechazar la jurisdicción de esta corte. Nunca había ratificado sus estatutos.

Martinelli ha encontrado apoyos entre votantes y detractores, así como entre una parte de centroamericanos que continuan considerando al Parlamento Centroamericano como una institución oscura e inoperante pero, eso sí, muy beneficiosa para los bolsillos de sus miembros.

Publicado en Elmundo.es