Periodismo narrativo

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Recuerda, la esperanza es algo bueno

2013-03-30 07.28.40Saqué esta foto en Nicosia el pasado 30 de marzo. Chipre acababa de pasar las dos semanas más difíciles de su historia reciente. Miles de personas habían perdido la mayor parte de sus ahorros en los días anteriores. El primer ‘corralito’ de la historia del Euro se los había llevado por delante.

Era una mañana de sábado, fresca y soleada. Muy pronto, a las nueve de la mañana. No se escuchaba ruido alguno en la calle, salvo el de las fichas del juego de mesa de estos dos taxistas. Como si nada importase, como seguramente habrían hecho decenas de mañanas durante los últimos años, los dos conductores se habían sentado en frente de la plaza central de la ciudad para echar una partida mientras esperaban clientes.

“Eleftherias”, se llama el lugar; “libertad”, se traduce al español. Me quede mirándolos durante varios minutos. Después de todo lo que había pasado, ellos dos seguían allí, jugando a su juego. Con menos clientes, seguro, pero jugando a su juego. Todo continúa, parecían decir. Incluso en las peores.

Chipre demostró durante la crisis lo que es el coraje. Muchos critican a los isleños por no haber protestado lo suficiente contra la decisión firmada por su gobierno y la Troika para recortar sus depósitos bancarios. Ellos, sin embargo, van ya un paso por delante, pensando en cómo reconstruir el país.

Fue un señor, su nombre no importa, quien me dijo delante de un banco una frase que resume el sentimiento chipriota tras la explosión de su crisis: “Cuando era niño salí corriendo de mi casa con mis hermanos mientras los turcos nos disparaban. Estaba desnudo. Levantamos el país cuatro años después de aquello. Esto no es nada”. La sinceridad en sus ojos me convenció de que la mayoría de chipriotas quieren luchar, pero lo van a hacer a su manera.

El gobierno propuso en un momento dado que los isleños aportasen fondos de manera voluntaria a una bolsa para salvar el país. Todos los que entrevisté esos días estaban dispuestos a contribuir para salvar el país. Me queda la duda de si eso ocurriría en otros lugares de Europa.

En todo ello pensaba mientras sonaban las fichas del juego de los taxistas aquella tranquila mañana de marzo. La tranquilidad de la escena, después de jornadas de carreras en las calles, supuso poner de alguna forma un punto y seguido en la crisis del país. Mientras finalizo estas líneas, ya en Atenas y unas semanas después, mi televisión proyecta la célebre ‘Cadena Perpetua’. Al final de la película, Red encuentra una carta de Andy con una frase inscrita en ella: “recuerda Red, la esperanza es algo bueno”, lee el protagonista interpretado por Morgan Freeman en la misiva. Quizá aquellos taxistas piensen lo mismo.

Una noche en el ‘infierno’ del Karaiskaris

Corriendo, como siempre, llegué a uno de los estadios más míticos de Europa. Era mi primera vez en el Georgios Karaiskaris, hogar del Olympiakos. Los de El Pireo se enfrentaban al Levante en un duelo por alcanzar los octavos de final de la Europa League. A pesar de haber perdido por tres goles a cero en la ida, los aficionados de los rojos todavía tenían la esperanza de levantar el partido.

Así era, a juzgar por el aspecto del campo: miles se habían dado cita en el coliseo griego una horas antes del comienzo del partido. En los prolegómenos no cabía ni un alfiler en las alrededor de 30.000 localidades del Karaiskaris. Quince minutos antes del inicio comenzó el ritual: todo el estadio comenzó a cantar de súbito, haciendo difícil la comunicación incluso con la persona más cercana.

Fondo norte y sur cantaban al unísono en unas ocasiones y en otras se turnaban en curiosas competiciones. Desde luego el “equipo de los pobres” (así me lo habían definido varios hinchas en los bares helenos desde mi llegada al país), saben cómo animar.

Varias bengalas (auténtica devoción de los griegos) se encendieron a uno y otro lado del campo aumentando la presión ambiental. No sirvió de mucho, porque a los 8 minutos el Levante ya se había adelantado, apaciguando algo los ánimos. Los de algunos, eso sí, porque unos minutos después se producía una invasión de campo por parte de un puñado de hinchas: un jugador granota había osado vacilar a uno de los suyos, algo prohibido en el Karaiskaris. El partido no tuvo mucha más historia, el espectáculo estuvo en las gradas. Los hinchas siguieron animando hasta el pitido final y después persiguieron a su presidente en busca de explicaciones.

Yo me fui satisfecho por haber pasado una velada europea en uno de los campos con más carácter del continente.

Las torres más imponentes de Bosnia

Apuntan al cielo como monumentos del desastre. Monolitos de la ira, el odio, la guerra, la desesperanza… un museo perpetuo del horror. Las torres más imponentes de Bosnia no son los sempiternos campanarios católicos y cristianos. Tampoco los minaretes musulmanes. Son las miles de lápidas que apuntan al cielo en cada recodo, a la vuelta de cada esquina, levantadas en un puñado de tierra para recordar que de 1992 a 1995 el infierno se hizo realidad en la antigua república yugoslava.

Tan sólo en contados lugares hay enterramientos compartidos por las tres religiones beligerantes en el conflicto. La reconciliación bosnia no se ha dado, desde luego, en los cementerios. Tampoco  entre los vivos. Aún así, con un poco de suerte, se puede dar con algún camposanto compartido. A pocos metros del bulevar de Mostar, la carretera que todavía divide la ciudad entre católicos croatas y musulmanes, hay uno de ellos.

Las lápidas de las tres religiones se diferencian en su forma, pero tienen un funesto aspecto en común, la fecha de defunción señalada en ellas: 1992 en Sarajevo, 1993 en Mostar, 1995 en las 5000 de Srebrenica, los funestos años de la guerra, el terrible final del genocidio, tallado para siempre en madera o piedra como recuerdo de lo que nunca debió haber sucedido. Si de la historia se aprende, aprendamos de una vez y por todas. Lo que falló en Auswitz volvió a fallar en Srebrenica 50 años después. ¿Habrá sido suficiente?

El rey, el banquero y el farolero: el mundo del Principito no ha cambiado


Si en el mundo actual, a mil millas de cualquier lugar habitado, alguien se encontrase a un Principito que no pareciera muerto de cansancio, ni muerto de hambre, ni muerto de sed, ni muerto de miedo, que no tuviera para nada el aspecto de un niño perdido, seguramente ese pequeño le relatase una historia similar a la que el Principito del Siglo XX le contó a Antoine de Saint-Exupéry.

El muchachito de pelo dorado del mundo actual también habría salido de su planeta en busca de aventuras. También habría caído en el Planeta de un Rey, porque en el mundo actual siguen existiendo los reyes. El impoluto monarca, esta vez de un planeta arenoso y soleado, no sería tan comedido como el que conoció el Principito del Siglo XX.

Desconocería su consigna, tantas veces desoída por otros monarcas a lo largo de la Historia, una consigna tan sencilla que pareciese obvia de toda obviedad: “Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, hará la revolución. Yo tengo el derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables”. Este Rey no entendería que la autoridad se fundamenta en primer lugar en la razón.

En el mundo actual el Principito se daría de bruces con reyes cuyas órdenes no son razonables.

Abandonado el planeta arenoso y soleado, el Principito contemporáneo caería, como su antecesor, en el sobrio planeta de un hombre de negocios, solo que el hombre de negocios sería más avaricioso y tendría más estrellas brillantes que nunca.

Junto a sus amigos, el codicioso magnate habría creado un fondo de inversión o algún otro tipo de artilugio moderno, con el objetivo de poseer las estrellas sobre las que reinan inútilmente los reyes, porque en realidad no son suyas sino de los hombres de negocios. Por supuesto, habría asegurado a sus estrellas con derivados y CDS en el mercado secundario de estrellas.

- ¿Con qué intención?- Le preguntaría ignorantemente el Principito.

- Ninguna, poseerlas- respondería igualmente el hombre de negocios

- ¿Y para qué te sirve poseer las estrellas?- preguntaría atónito el Principito

- Para ser rico- respondería igualmente el hombre de negocios.

Desde luego, el Principito del Siglo XXI tampoco entendería el mundo de los mayores.

Su animoso camino volvería a llevarle al planeta de un farolero afanado en encender un farol durante todos los días de su vida.

- ¿Por qué?-  Preguntaría el Principito.

- Es la consigna – respondería igualmente el farolero – Buenos días.

- ¿Qué es la consigna?- Preguntaría el Principito-

- Apagar el farol – respondería igualmente el farolero- Buenas noches.

- No lo entiendo- volvería a inquirir el pequeño de pelo de oro.

- No hay nada que compender- diría igualmente el farolero- la consigna es la consigna.

Pero algo no iría bien desde tiempo atrás. El farolero habría trabajado cada vez más y más y más todavía cada vez, y recibiría menos dinero por su trabajo. Pero la consigna era que trabajase de esa manera para evitar la recesión de su planeta. Los políticos de su planeta también habían admitido esa ciega consigna como cierta. “La consigna es la consigna”: era una idea tan atractiva que el Principito no podía sacársela de la cabeza. Quizá tuviesen razón al fin y al cabo. Son mayoría los que piensan así y los faroleros les siguen convencidos y sin rechistar.

“Ése – se diría igualmente el Principito continuando su viaje- ése sería despreciado por todos los otros: por el rey y por el hombre de negocios. Sin embargo, es el único que no me parece ridículo. Es, quizá, porque se ocupa de algo más que de sí mismo.”

Suspiraría, como su predecesor del siglo anterior también había hecho, y se diría igualmente:  ”Ése es el único que podría haber sido mi amigo”. Por fortuna, eso no se ha perdido en este mundo más avanzado. Seguimos teniendo quien nos domestique y disfrutamos siendo domesticados y teniendo grandes amigos. Con eso no podrán.

Aguas turbulentas corren en los confines

“Las fonteras son una tontería, las ha inventado el hombre para romper la naturaleza” me dijo el señor Johnson en su español criollo mirándome fíjamente a los ojos. En su pequeña casa azul se preparaban para pasar una tranquila noche caribeña cuando llegué a deshoras preguntando qué había de cena. Estaba en San Juan del Norte, Nicaragua, pero en su televisión,  como en el resto de las del pueblo, se emitía el noticiero de Costa Rica. La explicación a tan extraño suceso es sencilla: San Juan del Norte se encuentra a pocos kilómetros del pueblo costarricense más cercano y a centenares del nicaragüense más próximo.

Situado en la desembocadura del Río San Juan en el Caribe, en plena Reserva Natural Indio Maíz, a tan singular lugar sólo se puede llegar en las pequeñas embarcaciones a motor, llamadas pangas, que zarpan dos veces a la semana desde San Carlos, al inicio del Río, en un trayecto de 14 horas, o en otra larga travesía a través del mar.

Hasta no hace mucho, las relaciones diplomáticas con Costa Rica estaban tan normalizadas que el señor Johnson y su familia iban al médico e incluso al mercado al otro lado del Río. Sus hijos acudían a la escuela local. Con el comienzo de las hostilidades entre Nicaragua y el país vecino, la situación cambió: ya no habría más relación con el otro lado, salvo en ocasiones de urgencia. El viejo criollo, más negro que el tizón, de mirada y hablar animosos a pesar de su edad, lamentaba que sus hijos no vayan a tener las mismas oportunidades:

-Yo sólo quiero que mis hijos vivan en paz y no estén separados por fronteras -comenzó a relatar cuando la complicidad le arrebató la timidez- Tengo familia en Costa Rica, un hijo estudiando allí, y ahora no puedo ir a verle cuando desee a pesar de tener la doble nacionalidad porque el transporte es más complicado.

En San Juan del Norte casi todo el mundo tiene la doble nacionalidad. Es más, la mayoría de familias decidieron tener sus hijos en la otra orilla, donde, además de mejores condiciones sanitarias existe el derecho de reclamar un pasaporte costarricense, muy preciado entre los ‘nicas’ por tratarse de un país con mayor poder económico. Ahora, las relaciones están rotas.

En la pequeña San Juan del Norte, donde el salitre y la humedad del cercano caribe penetran hasta las entrañas de los hombres y los mosquitos atacan en hordas incontrolables a quien se aventure a transitar las zonas menos concurridas, han construido una escuela para que los niños tengan donde estudiar porque ya no pueden cruzar el río. También un centro de salud propio.

Lo cierto es que, navegando por el Río San Juan, es difícil no compartir sensaciones con el señor Johnson. En este caso, la frontera entre Nicaragua y Costa Rica ha roto la armonía natural de la naturaleza y ha sido la causante de decenas de diferendos entre ambos países.

La última polémica surgida en octubre de 2010 se encuentra en su punto álgido: Costa Rica está finalizando la construcción de una carretera en la linde sur del Río provocando las protestas nicaragüenses por vertido de sedimentos en el cauce, perteneciente a su jurisdicción, así como la linde norte. El gobierno de Daniel Ortega ha reaccionado anunciando el retorno de los centenarios planes para construir un canal interoceánico usando el San Juan, respondido con iras desde el otro lado.

Sea como sea, en el pueblo del viejo cementerio inglés y la solitaria playa caribeña esperan ansiosos la finalización del diferendo. También el señor Johnson:

-”Mucho hablan y al final es siempre lo mismo” – me dijo el señor Johnson alzando la mirada.

El sonido del papel de aluminio decía que mi cena estaba casi lista: un sandwich de jamón york con algo de ensalada. Podía pagar, como no, con colones costarricenses o córdobas nicaragüenses. Al final fueron córdobas: 40, poco más de un euro en España, pero suficiente para tener un plato con arroz, frijoles y pollo en otras ciudades de Nicaragua. La escasez de suministros hace que cualquier cosa que no sea pescado  sea mucho más cara en San Juan del Norte que en el resto del país.

‘Valeverguistas’

Vale verga* Expresión nicaragüense cuyo significado es ‘no pasa nada’ o  ’me da igual’, muy utilizada según en qué situaciones.

Eso es lo que debió pensar el guía que me asignaron en el volcán Masaya. Acabábamos de descender unos 20 metros de una pared casi vertical para meternos en el interior de uno de sus cráteres. Resbalé un par de veces pero por suerte, eso sí, la roca volcánica tenía buenas sujecciones naturales y me pude agarrar no sin alguna complicación.

Todo fuera por las mejores fotos y la experiencia más inmersiva posible en el volcán. Había ido allí a realizar sobre el terreno un reportaje acerca de la leyenda negra del volcán para la revista Año Cero (Ver aquí).

En Nicaragua, los ‘valeverguistas’ son mayoría. Es otra forma de ver la vida, menos pautada y cuadriculada que la de occidente. Más peligrosa, eso sí. En Europa nadie me hubiese dejado descender a un volcán por varias paredes verticales sin sujección o protección algunas. Lo que unos llaman temeridad es el día a día para otros. Como este ejemplo hay infinidad en Centroamérica.

El chele, la mochila y el bus

Una señora mayor me mira bastante perpleja tras subir los dos escalones que dan acceso al ‘bus’.

-¿Qué demonios hace este gringo aquí?- se preguntará seguramente.

No es normal ver a un blanquito ‘ojoazulado’ abordar un autobús de línea en el centro de San Salvador, la capital más peligrosa de América. Menos aún si está acompañado por otro blanquito y portando una gran mochila.

-¿Es que están locos?- parecen decir con la mirada el resto de pasajeros.

-No temen por nosotros- me dice Roberto Valencia, periodista vasco de ‘El Faro‘, mi acompañante -Sino por ellos.

Atraemos a los mareros y nunca se sabe dónde puede llegar una bala perdida: aquí los buses se atracan a punta de pistola. De varias pistolas.

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Si alguien quiere acercarse más a la realidad de las pandillas en El Salvador, le recomiendo el documental ‘La vida loca’, un trabajo de meses en el barrio de La Campanera, en Soyapango, El Salvador, plaza fuerte de la mara ‘Barrio 18′, que le costó la vida a su creador, Christian Poveda.

Esta versión de Youtube tiene mala calidad, pero vale como introducción:

¿Violencia heredada?

Una simpática muchacha de amplia sonrisa me sirve la mastodóntica hamburguesa casera que pedí hace cinco minutos. Estoy en centro de San Salvador, la capital de El Salvador, compartiendo unas cervezas con mi amigo Roberto Valencia, periodista vasco de la web ‘El Faro’. La ciudad de las maras es una de las capitales más violentas del mundo, con 95 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Su frenético centro es un enorme bazar mezclado con los monumentos históricos del país, compendio sofocante y colorido de edificios históricos, comercios modestos con las fachadas desbaratadas, grandes plazas y miles de toldos de plástico y puestos de madera que invaden la calzada, apenas distinguible entre los angostos pasadizos formados por los comercios ambulantes. Un gran bullicio y actividad tiene lugar estos laberínticos corredores.

Según dicen, es peligroso. Mi amigo me explica cómo los ricos rechazan venir al centro: además de temer asaltos, debe ser un orgullo no mezclarse con la chusma de estas calles. Las televisiones diseminadas por el aeropuerto de Comalapa emiten constantemente vídeos promocionales de la capital. La imagen corta el teatro nacional por la mitad superior de sus cuatro pisos. El cámara no quiere seguir bajando: en la base del edificio hay apostados decenas de puestecitos de madera. No debe dar buena imagen para el turista: es difícil, aún estando en plena calle, ver la puerta del auditorio.

Para llegar al puestecito de hamburguesas, el favorito de Roberto, profundo en el mercado, hemos tenido que zafarnos decenas de veces de los brazos de unas vendedoras deseosas de meterte en su tienda. Es la costumbre. Aquí no te invitan a entrar, te empujan al interior: “Seguramente hayas pasado ya a varios pandilleros, este es uno de sus lugares preferidos” advierte mi amigo, familiarizado con las calles de la capital.

El tema de la charla es obligado: El Salvador es el país más peligroso de América con 71 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Pandillas como la famosa Mara Salvatrucha son un poder de facto en las calles del país. Creadas por emigrantes centroamericanos en EEUU, volvieron a sus países de origen cuando fueron expulsados del rico norte ¿Por qué su violencia, muchas veces gratuita? Mi amigo tiene muchas explicaciones  -pobreza, exclusión social, fanatismo, narcotráfico- y una teoría: la herencia de la violencia.

Me explica como históricamente El Salvador no tuvo un periodo sin violencia hasta 1992: los mayas, pueblo idealizado por la cultura occidental, en realidad disputaron cruentas guerras civiles. La llegada de los españoles no detuvo esos conflictos: al contrario, los espolearon cuando varios líderes tribales vendieron sus ejércitos a los conquistadores para vencer a sus enemigos. Por supuesto, los únicos victoriosos fueron los extranjeros que acabaron sometiendo a los nativos y abocándoles a una vida de servidumbre. Tras la independencia comenzaron las guerras entre liberales y conservadores, decenas de alzamientos, golpes de Estado y el funesto intervencionismo ‘yankee’ que tantos muertos ha producido. Más tarde, la ‘Guerra del Fútbol’ con Honduras y los doce años de funesta guerra civil, concluidos en 1992.

Continuamos nuestro recorrido hacia la Catedral. En la puerta huele a mierda: un mendigo duerme bañado en sus heces. Nadie ha reparado en él y, si han olido el hedor, han mirado para otra parte. Antes de entrar nos sorprende otra persona, una muchacha: le baja los pantalones a su hijo de unos cuatro años y lo alza cual Rey León para que mee al aire.

Bajo el templo se encuentra el mausoleo de Monseñor Romero, arzobispo de San Salvador y defensor de los pobres, asesinado en 1980. Roberto continúa explicándome allí su teoría: cuando en 1992 acabó la lucha armada, algo debía llenar ese vacío de violencia. Siglos de masacres y asesinatos no podían evaporarse en un suspiro. El hueco que dejó el conflicto armado fue llenado por las maras y en pocos años El Salvador volvió a ser uno de los países más peligrosos del planeta.

Cuando vuelvo al hotel, rodeado de bares de alterne de madera desnuda, a pocas calles del centro, el encargado de las llaves tiene puesto el telediario. Una señora habla de la muerte de su marido. Le han asesinado a machetazos. La señora está escasamente alterada. Relata a las cámaras los detalles del crimen con frialdad ¿Está la violencia institucionalizada en este país? Abro ‘La Prensa Gráfica’ , el periódico de referencia en El Salvador. Por lo menos tres páginas están dedicadas a crímenes: decapitaciones, secuestros, tiroteos, violaciones… el pan de cada día en el país más violento de América.

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Dos apuntes para conocer más sobre El Salvador:

Elfaro.net, Sala Negra: probablemente la mejor web de reportajes íntegramente online en español de todo el mundo: http://www.salanegra.elfaro.net/

Aún con los errores típicos de toda película histórica, ‘Salvador’ de Oliver Stone posiblemente sea la película que más se ha acercado a la Guerra Civil salvadoreña (1980-1992). Su protagonista es un periodista venido a menos que quiere relanzar su carrera cubriendo la escalada de tensión en el país. Muy recomentable:

Lo peor es que era verdad

Nadie creía la historia de José Arcadio Segundo Buendía. La masacre bananera jamás existió. Eran meras habladurías, cuentos de locos. Nadie la había visto ¿Cómo iba a ser verdad?

Muchos años antes, un capitán había dado la orden de fuego para masacrar a miles de huelguistas de las bananeras, una “cuadrilla de malhechores” reunidos previamente en la estación de tren de Macondo.

Catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre la muchedumbre compacta que parecía petrificada por una invulnerabilidad instantánea.

De pronto, a un lado de la estación un grito de muerte desgarró el encantamiento: “Aaaay, mi madre.” Una fuerza sísmica, un aliento volcánico, un rugido de cataclismo, estallaron en el centro de la muchedumbre con una descomunal potencia expansiva.

- ¡Tírense al suelo! ¡Tírense al suelo!

Ya los de las primeras líneas lo habían hecho, barridos por las ráfagas de metralla.

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Lo peor de esta historia, palabras robadas al Maestro de su célebre ‘Cien años de soledad’, es que es verdad… ocurrió en Ciénaga, Colombia, en 1928.

Estoy investigando a las grandes bananeras para un artículo en una revista nacional. Cada obra, documento, telegrama o memorando que leo me llevan a la misma pregunta: ¿Cómo algo tan inocente como un plátano ha podido verter tanta sangre y causar tanta miseria?

Historias pinoleras: la casa de Doña Vicky

Tenía mirada de sabia. Podría responder cualquier pregunta sobre el campo antes de haber finalizado siquiera la pregunta. Sus ojos negros, pequeñitos, se asomaban entre arrugas detrás de unos anteojos regulados para ver tanto de cerca como de lejos. Con una cuerdecita blanca impedía que se le fueran al suelo en un momento de despiste. Hablaba lento,  pero sin seleccionar las palabras. Simplemente no hallaba razón para hablar rápido, esa mala costumbre de la gente de ciudad.

Doña Vicky tenía la piel cuarteada producto de tantos años viviendo bajo el inclemente sol del Trópico. Ese sol de miserias pero también de optimismo y lucha. Su tez era tostada, pero no tanto como la de su marido, José. A él le recuerdo todavía fuerte para sus sesenta años, sentado sobre una mecedora, viendo televisión o simplemente pensando, en camisa interior blanca y cortos vaqueros. Ambos amables y cariñosos como sólo la gente de pueblo lo es.

Viven en una pequeña casa de madera con cuatro muebles. Aún así, más grande que la de varios vecinos. Ellos al menos tienen tres estancias, baño y una pequeña cocina. En El Castillo, no todos pueden decir lo mismo.

Llegué a esta localidad nicaragüense de la única forma posible: en panga. Esa suerte de navío bimotor, donde apenas caben 30 personas apretadas, es el único medio de transporte que llega al pueblo, profundo en el Río San Juan, inhóspita y disputada frontera entre Nicaragua y Costa Rica. El Castillo es la última localidad nicaragüense en la linde sur del río. Pocos kilómetros pasado este emplazamiento de casas de madera esa orilla pasa a formar parte de Costa Rica.

Allí no hay automóviles y el único ruido molesto para los pájaros es el de los grandes altavoces de algunos vecinos. Pero ¿Qué es un nicaragüense sin música? Vayas donde vayas, los acordes de la salsa, bachata, reguetón o la electrónica lo impregnan todo, incluso en los lugares más recónditos: la vida es más divertida con música.

Un amigo me había dado el contacto de Doña Vicky para pasar la noche en El Castillo. Como habíamos acordado por teléfono, me estaba esperando a las puertas de la fortaleza de la Inmaculada Concepción, la construcción española tricentenaria razón del nombre del poblado. Allí estaba, con su sonrisa de oreja a oreja, esperando mi llegada.

Enseguida me llevó a su casa. La madera tronaba a cada paso de mis pies. Me pareció que me había dado la mejor estancia de todo el lugar, no sólo por su situación, junto al salón, sino por la cama doble allí dispuesta. Me negué, pero con el dedo en sus labios en señal de silencio me hizo desistir. Es inútil discutir cuestiones de hospitalidad con alguien como Doña Vicky. Allí me dejó, arreglando mis cosas, mientras ella iba a la Iglesia, como todos los días.

La cena transcurrió entre charlas sobre nicaragua y España, como suele ocurrir con el extranjero. Otras dos chicas, biólogas pinoleras, se alojaban allí aquel día. Doña Vicky pasó toda la velada con nosotros, con los ojos bien abiertos escuchando historias de la ciudad y otros países. Don José, en su mecedora, seguía absorto en sus pensamientos mientras veía la televisión. De vez en cuando se introducía en la conversación. Es muy difícil prestar atención a uno mismo, a la televisión y a los demás a la vez, pero él estaba muy entrenado en la materia.

La mañana siguiente, tras despedirme de Doña Vicky, me disponía a ir al muelle, cuando ella me llamó. Estaba preparándome un desayuno humilde, tortillas con queso, pero suficiente para demostrar de nuevo una máxima universal: los que menos tienen son los que más dan. Pero también los que menos tienen son los más obligados a dar para los poderosos en este mezquino y desigual mundo donde vivimos.

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